Vivir 100 años
2026-03-03 - 03:23
La canción “Pastillas para no soñar”, de Joaquín Sabina, fue lanzada en 1992. Irónicamente su letra dice: “Si lo que quieres es vivir 100 años / No pruebes los licores del placer / Haz músculos de cinco a seis / Evita el humo de los clubs / Vigila tu colesterol”. Las causas de la longevidad que Sabina postula en tono de humor fueron desafiadas hace pocos días por las dos revistas científicas más importantes. La revista Nature publicó, el 27 de enero, un comentario favorable sobre un estudio genómico sobre personas centenarias de Brasil publicado en la revista Genomic Psychiatry. Los supercentenarios brasileños no llevan (ni llevaron) una dieta saludable ni rutinas de ejercicios. Además, nunca tuvieron acceso a medicina de última generación. Según el artículo, el secreto de la longevidad está en sus genes. Un estudio publicado en la revista Science dos días después coincide en que, aunque ciertos hábitos pueden añadir o restar algunos años a la esperanza de vida, la longevidad está determinada principalmente por los genes. Si el potencial genético de una persona es vivir hasta los 80 años, es casi imposible que su modo de vida saludable le permita llegar a los 100 años. El estudio de Science se basó en datos de pares de gemelos suecos, incluido un par que fue criado por separado. Compararon sus resultados con datos sobre gemelos daneses. También se analizaron los datos de un estudio sobre los 2092 hermanos de 444 estadounidenses que vivieron más de 100 años. Esta postulada predominancia de los genes sobre lo ambiental constituye la reaparición de un debate que comenzó con el filósofo David Hume en el siglo XVIII y que tuvo su apogeo en la década de 1970. En esa década, brillantes biólogos, psicólogos y sociólogos discutían el tema con vehemencia y hasta –en algunos casos– con cierta violencia verbal. Discusiones que podemos llamar ideológicas entre quienes sostenían la predominancia de lo genético (innatistas) en todo lo humano. Para ellos los rasgos fundamentales del individuo –inteligencia, carácter, conducta, longevidad, agresividad– estaban predominantemente determinados por los genes. En el extremo opuesto, el empirismo defendió la primacía del entorno, concibiendo que la naturaleza humana está moldeada principalmente por la educación, la cultura y las experiencias. Estos últimos acusaban a los innatistas de deterministas biológicos que justificaban las injusticias sociales al sostener que el destino de un ser humano estaba escrito en los genes. Es muy probable que ninguno de los participantes del debate tuviera una posición extrema. Sin embargo, en el calor de la discusión todo se volvía extremo. Hoy somos testigos de una suerte de regreso al innatismo. Como sucedió en la década de 1970, ambas posturas resultan insuficientes para explicar la complejidad de la naturaleza humana. Los avances de la biología moderna muestran que la herencia genética establece posibilidades y límites, pero rara vez determina resultados de manera rígida. Los genes no operan en el vacío: su expresión depende de condiciones ambientales concretas. El lenguaje, por ejemplo, requiere una base biológica que lo haga posible, pero solo se desarrolla plenamente en un entorno comunicativo. Del mismo modo, capacidades como la empatía o la agresividad no pueden atribuirse exclusivamente a la naturaleza ni al ambiente: emergen del diálogo constante entre predisposiciones biológicas y contextos sociales específicos. Plantear la relación entre genes y ambiente como un enfrentamiento implica simplificar un fenómeno esencialmente relacional. El individuo no es el resultado mecánico de sus genes ni un producto pasivo de su entorno, sino el efecto de su interacción. En este sentido, la pregunta ya no es quién predomina y en qué porcentaje, sino cómo interactúan. Comprender esa interacción permite abandonar determinismos y empirismos y asumir una visión del ser humano que reconozca los condicionamientos genéticos modulados por la capacidad transformadora del ambiente. Ambiente que incluye la educación y la acción social. Tal vez la conclusión del debate nunca dejó de ser: “Sabina y los genes, inseparables”. Profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata, académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria .