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Vanidad, divino tesoro

2026-03-08 - 03:14

La vanidad inhibe el olfato y la orientación política. Y si afecta a quienes están atornillados en sus puestos hace años, la catástrofe institucional puede ser aún peor. ¿No me cree? Aquí van tres ejemplos para perder la poca inocencia que nos puede quedar frente a los mandamás de turno. Uno: Gildo Insfrán, el eterno gobernador de Formosa, quiso hacerse el moderno en una entrevista pública con alumnos de escuela primaria y confirmó el siempre vigente adoctrinamiento del peronismo en las aulas. Un grupo de estudiantes, que se permitieron llamarlo “tío Gildo”, le espetaron una pregunta muy jugada: “Señor gobernador, estamos muy ansiosos. ¿Este año recibiremos los útiles, guardapolvos y zapatillas como nos tiene acostumbrados a recibir?”. Si esos niños se dedicaran en la adultez al periodismo, la oposición los acusaría de “militantes” y los oficialistas, en cambio, de impecables. Fueron instantes que recordaron a la entrañable muchachada de 678, el mejor ejemplo de devoción al peronismo kirchnerista. Dos: “Estoy trabajando”, respondió varias veces, desde una mesa con apenas una notebook, el imperecedero intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, a su equipo de comunicadores que querían hacer un video para mostrarlo en acción. Solo y con cara de “qué bien me sale protagonizar el papel de intendente” en una comuna cruzada por la pobreza, la marginalidad y la inseguridad, ni él mismo podía mantener la supuesta compostura con la que anhelaban verlo triunfar en las redes sociales. ¿En qué trabajará el “tío Fernando”? Es una pregunta que su entorno no se atrevería a formular. Tres: Quizás nostálgico de sus días de protagonismo en el Congreso, pieza clave del menemismo, del duhaldismo, del nestorismo o del cristinismo, y tras casi una década desértica en la oposición, Miguel Ángel Pichetto dobló la garrocha casi en 360° para reencontrarse con Cristina Kirchner. Fue a visitarla a su morada carcelaria en San José 1111 e hizo empalidecer al inaugurador de saltos políticos ornamentales: Eduardo Lorenzo Borocotó, cuyo apodo se convirtió en la indubitable definición de mudanza estrepitosa de partido. Pichetto se “borocotizó” después de intentar sin suerte ofrecer su know how al macrismo en su ocaso. Menos mal que para salir de estos ejemplos de vanidad enceguecedora está el canciller Pablo Quirno, quien confesó que, “gracias a Dios”, se lesionó jugando al fútbol antes de la reforma laboral y no le descontaron el sueldo. Un sutil offside en el alineamiento libertario.

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