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Un Congreso lleno de ruido y de furia donde no se delibera

2026-03-07 - 03:13

En las vísperas de la evocación del fatídico 24 de marzo de 1976, cuando cincuenta años después se recuerde a las víctimas, me temo que volverán a reproducirse en el discurso público los enfrentamientos ideológicos que antecedieron al golpe. Sin que hayamos aprendido, de esa tragedia pasada, que el gran cadáver que dejan las dictaduras es la política, asesinada por el terror, la censura, la cancelación de las instituciones de la república y, por lo tanto, de los derechos ciudadanos. Si se acepta que la política es palabra y acción con los otros, las dictaduras amordazan y obligan a la disciplina del cuartel. Restaurada la república, y por lo tanto la libertad del decir, el Congreso de la Nación es la casa política por excelencia de la democracia. El lugar de la palabra y la deliberación, donde se toman decisiones que luego afectan nuestras vidas, desde el deber de pagar impuestos hasta ir a la guerra. Las buenas leyes, las que perduran en el tiempo, han sido el resultado de un arduo proceso de negociación para convertir los desacuerdos en las soluciones que necesita el país A pesar del cinismo de Bismark y su frase “no quieras saber de qué están hechas la leyes ni las salchichas”, legislar es arduo. No debería ser sencillo ni rápido. En un país como el nuestro, en el que las emergencias y las urgencias son la normalidad, los gobernantes han caído, siempre, en la tentación de acortar plazos y sacar las leyes sin escuchar las perspectivas de los que aportan su saber y experiencia, para llegar a dictámenes consensuados. Tienen razón los opositores de hoy cuando invocan los reglamentos y se quejan de la sanción de las leyes sin deliberación, casi a libro cerrado. Pero sucede que no tienen autoridad, porque cuando gobernaron hicieron lo mismo: manejaron el Congreso a control remoto, impusieron la mayoría y cambiaron votos por favores. Ese simulacro disfrazado de pragmatismo político distorsionó la naturaleza de la acción legislativa, cuya razón de ser es la deliberación. Lo mejor que le puede suceder a un país es la combinación de la inteligencia de los muchos que representan al “pueblo”, en diputados, y a las provincias en el senado, y no la decisión facciosa de una sola persona, por buenas que sean sus intenciones. Las buenas leyes, las que perduran en el tiempo, han sido el resultado de un arduo proceso de negociación para convertir los desacuerdos en las soluciones que necesita el país. Ninguna facción, por más nobles que sean las razones que invoca, debe imponerse sobre los otros. No ignoro lo que significa ser legislador de una gestión de gobierno, pero no se puede adaptar el cumplimiento de las normas que reglamentan la vida parlamentaria según se sea gobierno u oposición. La dignidad de una ley radica en que haya integrado las diferencias políticas y armonizado los distintos intereses. Esas leyes garantizan a los ciudadanos la tranquilidad de poder programar sus vidas sin que se cambien las reglas todo el tiempo. Nada mide mejor la calidad institucional que el Congreso de la Nación. Es lo que advirtió desde las primeras décadas de nuestra vida constitucional el genial Ramón Columba, caricaturista político que, como taquígrafo, a lo largo de cuarenta años de la mitad del siglo pasado, convirtió la oralidad de los legisladores en documentos públicos y nos dejó un testimonio imprescindible para conocer el mundo de las leyes. En su libro El Congreso que he visto, el mejor regalo que alguien pudo darme al ingresar como novel y emocionada diputada, se lee: “La historia de nuestro Congreso es la historia de nuestra Nación, y en sus bancas–bancas de nadie, pero que nos pertenecen a todos-encontramos los altibajos de nuestro destino”. En este tiempo, esos altibajos son más una cuesta abajo en la rodada económica que una elevación institucional de la casa política de la democracia. En el Congreso se escenifica, señala Columba en su libro, “uno de los espectáculos parlamentarios de los más atractivos, porque es a la vez academia, universidad, cátedra de controversias, seminario de investigaciones, tribunal de justicia y vehículo de información. Tiene por misión esclarecer la conciencia de los argentinos y hacer oír la voz del pueblo y de sus autoridades, el diapasón sensible de cada período”. Las democracias aparecen acosadas por líderes mesiánicos y la desafección de ciudadanos que no confían en sus instituciones y confunden la participación con los insultos en X Me temo que el ruido actual, poblado de gritos e insultos, con legisladores que cambian la fuerza del argumento por la prepotencia de los agravios, y alterados hasta los rituales del juramento, tiene mucho de triste espectáculo, nada de academia y menos de instrucción pedagógica. Lejos de esclarecer nuestra conciencia ciudadana, ha oscurecido la práctica política, devaluada por ese espectáculo por momentos bochornoso. Se ignora la partitura constitucional que, en su sabia armonía del equilibrio de poderes, encierra una verdad superior que hoy se nos escapa. La democracia no es solo ir a votar, ni alternarse en el poder. Pero, para que el poder no se identifique con los ocupantes del gobierno, periódicamente, con cada elección, ese poder se vacía y son los ciudadanos los que deben sentar en las bancas a aquellos que tomarán decisiones en nuestro nombre. A la par, deben controlar a los otros poderes para evitar los autoritarismos. Una responsabilidad, también, de la ciudadanía, que a la hora de elegir debería ponderar la idoneidad de los candidatos, ya que el sistema democrático es generoso y no exige otros requisitos fuera de la edad y haber nacido en el lugar al que se representa. Muchos, una vez en las bancas, desconocen la pluralidad que define al Parlamento y exhiben su desprecio, ya no solo al Congreso, sino a la democracia misma. Y esta es la muestra más incómoda de que, a cincuenta años del golpe militar que puso fin a un gobierno elegido en las urnas, no hemos sido capaces de rehabilitar totalmente la política, para que la democracia sea efectivamente el sistema de la igualdad ante la ley, que legitima los conflictos, cambia con el tiempo y garantiza la libertad. No solo la de las consignas, sino las del respeto a otras libertades, como la del decir sin la tutela de los comisarios del pensamiento. En el mundo democrático ya no se temen las asonadas militares. Las democracias aparecen acosadas por líderes mesiánicos y la desafección de ciudadanos que no confían en sus instituciones y confunden la participación con los insultos en X. Todo en procesos graduales que, entre nosotros, se comieron el medio siglo que nos separa de aquel fatídico 24 de marzo. La fecha vale para recordar de dónde venimos y en que nos convertimos. Las responsabilidades compartidas deberían llamarnos a la humildad del silencio, para recordar a los que murieron y reconocer lo que perdimos: la palabra del decir democrático y, por eso, respetuoso. Periodista; diputada y senadora mandato cumplido

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