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Un cinéfilo voraz y crítico prestigioso que ejerció la censura con absurda pasión

2026-03-22 - 03:10

Cuando se habla de la última dictadura en la Argentina, la cantidad y crueldad de los crímenes muchas veces tapa -y con razón- que fue un desastre en casi todos los aspectos. Y es cierto que, al lado de las torturas, robos y asesinatos al margen de cualquier ley y justicia, hablar de la censura cinematográfica en esos años parece casi como relatar una anécdota jocosa. Pero allí, y en las prohibiciones generales y ataques a todo campo cultural, la dictadura presentaba batalla al “enemigo ideológico”, que en realidad no era otra cosa que implantar un control absoluto. Hay dos elementos totalmente errados que sostienen a los regímenes autoritarios de cualquier color. El primero, que sólo una élite de iluminados sabe qué es lo mejor para toda la población; que un país es una colonia de hormigas donde la que piensa es la reina y los demás, obedecen. El segundo, que una idea, cualquiera fuere, puede alterar ese órden y destruirlo, disgregando el hormiguero. Tanto la censura como el crimen dictatorial están basados en estos dos postulados. Lo primero es falso e inútil; lo segundo es inevitable con el paso del tiempo porque las ideas nacen de la diferencia -insalvable y rica- que cada individuo tiene respecto de los demás. La censura, ese dique de contención que nunca alcanza, es la herramienta para evitarlo. En nuestro país, tuvo un representante con nombre y apellido: Miguel Paulino Tato. No es que la haya inventado; tampoco fue el único. Pero tuvo al menos la dignidad de ejercerla con pasión y en público. Gracias a eso, tenemos los anticuerpos necesarios para verla venir y aniquilarla antes de que entre al cuerpo. Tato no fue un invento de la dictadura, tampoco un improvisado. Era periodista, conocía a todo el mundo del cine nacional, ejercía la crítica y llegó a dirigir una película, Facundo, el Tigre de los llanos, en 1952. Su amistad con el joven Leopoldo Torre Nilsson le permitió animarse a hacerla, pero la verdad es que la autoría quedó compartida con Carlos Borcosque (veterano artesano con mucha experiencia) y así figura en las fichas técnicas. Básicamente la terminó Borcosque. Aún así, tuvo críticas buenas. No volvió a dirigir: era un cinéfilo voraz y se dedicó a escribir sobre cine habitualmente con el seudónimo “Néstor”. Sin embargo, si bien había calificación por edades en el cine, no había una “policía moral”. La instaló Juan Carlos Onganía al fundar el INC en 1968, medida -no hay que olvidar- aplaudida por el tout cinéma de aquellos años, porque implicaba financiación estatal para las películas. La contracara era la fundación dentro del organismo del Ente de Calificación Cinematográfica, guillotina burocrática que con el tiempo sería bautizado como “Anastasia” por el medio. “Anastasia” prohibió o destazó (el verbo “cortar” a veces es leve) casi 800 películas. Tato, que trabajaba como crítico y periodista, y era gracioso escucharlo en las mañanas de Silvio Soldán a principios de los 70 por la manera que tenía de destrozar lo que no le gustaba. El problema es que no era “sólo un personaje”: en 1974, bajo el gobierno -hay que recordarlo, constitucional- de María Estela Martínez de Perón, transformó esa máquina de destrozar retórica del crítico en una máquina concreta de destrozar films. Y aunque renunció tras el golpe del ’76, volvió inmediatamente con nuevos fueros y poder hasta 1978. Hay algo -digamos- noble en el trabajo de Tato: lo hizo a cara descubierta y sin disimular, y no se reporta que haya sido corrupto. Para él, cortar y destrozar películas era una tarea profiláctica. Creía que la mayoría de la población era un grupo de nenes de jardín de infantes que no podían comprender las sutilezas del gran arte del cine, a los que había que proteger de la inmoralidad (lo que él creía que era la inmoralidad) y la vulgaridad (lo que él consideraba que era la vulgaridad). Se sabe que toda dictadura es profundamente moralista -porque se siente superior y capaz de dictar qué es bueno y qué no- y paranoica -porque es ilegítima. La combinación tuvo su personificación concreta en Tato, que en su primer año como Catón oficial, reventó más de 130 películas. Su idea era duplicar la producción al año siguiente. Hay quienes hablan de él incluso con cariño. Algunos cineclubes lo conocían y a ellos, Tato les permitía (con la condición de no publicitarlo) proyectar films “prohibidos” o cortados en versión completa. Su salida del Ente tenía que ver con el acercamiento que, en el año del Mundial, la dictadura intentó con el gobierno de los EE.UU., entonces encabezado por Jimmy Carter, que presionaba por las violaciones a los derechos humanos. Hay que recordar, también, que la censura viola los derechos humanos. Por cierto, Anastasia no arrió banderas cuando Tato dejó su puesto, pero ciertamente bajó la cantidad de prohibiciones (aunque hubo casos absurdos) y hubo casos en los que se superó su poder. Tato se describía como “nazi”, pero esta declaración, seguida por el “nadie se ha reído de sí mismo como yo”, es una evidente ironía, un rasgo pintoresco más que una realidad. Pero sí creía en que una película con tetas o sangre corrompía la mente débil del hombre común. La censura de esos años tuvo momentos de un absurdo imposible. Uno de los primeros fue que la película Mi novia el travesti (gran comedia con Susana Giménez y Alberto Olmedo, disponible en YouTube) eliminara la palabra “travesti” y se estrenara finalmente con el nombre de “Mi novia el...”, una idiotez absoluta. Pero hubo más idioteces: Las angustias del doctor Mel Brooks (High Anxiety), donde el realizador parodiaba las películas de Alfred Hitchcock, tuvo tantos cortes (alrededor de doce minutos) que parecía una especie de psicodrama surrealista sin continuidad. A Tato no le gustaban las películas de artes marciales. Por eso obras maestras como La cámara 36 de Shaolín (se puede ver en Mubi, es una de las joyas de la productora Shaw Brothers) estaban especialmente recortadas. A Tato le alegraba, además, cuando la policía irrumpía en algún lugar “no autorizado” a parar una proyección y secuestrar una película. Incluso felicitaba a las tropas “por la labor moralizadora”. No había ningún género inmune al poder del Ente. En la película infantil Tobi, el niño con alas, faltaba algo en los títulos: el nombre de Norma Aleandro, entonces exiliada en España, que hace un pequeño papel. Entre las prohibidas, hubo casos célebres como el de La naranja mecánica, cuyo retraso en llegar a los cines fue de nueve años. Ya sin Tato, Stanley Kubrick padeció otro atropello por parte de Anastasia: cuando no quiso que la célebre toma de El Resplandor de la mujer desnuda que envejece instantáneamente fuese cortada para que no se vieran los pezones de la actriz, se pintaron con marcador verde justamente esas “partes pudendas” del desnudo frontal en cada copia. Todavía queda alguna copia verdosa por ahí. Más idioteces (la censura es básicamente imbécil): en 1982, la película de Blake Edwards Se acabó el mundo (S.O.B.) padeció un recorte de 20′. Los 20′ finales, nada menos. Aquí terminaba distinto. Lo más extraño es que el film, que fue un fracaso comercial, pasó por la TV argentina en 1983 -antes de las elecciones, aclaremos- y se vio completa, porque la copia de video no estaba cortada. Eso sí, en los barrios seguía girando la copia “intervenida”. La mayoría de la crítica y la prensa de esos años no dijo nada, o dijo poco. Pero había una excepción: Aníbal M. Vinelli. Gran parte de lo que dice esta nota respecto de Anastasia proviene de sus valientes, cómicas páginas de la revista Humor, la sección Cortes y confesión, dos páginas en las que no sólo narraba estupideces de la censura en todo el mundo, sino sobre todo en la Argentina, y pasaba revista a cuántos minutos -y qué cosas- se les había cortado a las películas (la anécdota de S.O.B. Se puede encontrar en el número 76, de junio de 1982, por ejemplo). Si Tato ejercía la represión del pensamiento con humor (oscuro), Vinelli decidió enfrentarlo con las mismas armas. Cuando hoy recordamos aquellos tiempos, tendemos a olvidar todo esto. Y para los más jóvenes, parece ciencia ficción que una oficina del Estado cortara incluso películas para chicos. Miguel Paulino Tato fue la encarnación de tal absurdo y, sí, tal estupidez. Y como siempre hay gente -incluso académicos con muchos títulos y mucha moralina- que quiere eliminar la diversión, el erotismo, la violencia catártica y el cuestionamiento político del gran arte popular moderno, hay que recordarlo. Tato ya sería imposible, pero su espíritu, con otros colores, sigue vivo. También el de Vinelli, por suerte.

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