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Un alegato a favor del Estado social y la democracia

2026-03-26 - 03:11

Es una vieja historia que está de vuelta, justamente ahora. Habla de menos Estado y de más mercado, de menos regulación y de más competencia, menos del “nosotros” y más del “yo”. Tanto en la Argentina como en Alemania, una y otra vez se afirma que el auge económico se produce, ante todo, si el Estado se retira de escena. En la misma lógica, las garantías sociales se presentan como un palo en la rueda. Es más, esta vieja historia no solo se cuenta recortada, sino que es peligrosa. Porque soslaya la verdadera base en el que apoyan las sociedades estables y prósperas: en un Estado capaz de actuar, en una democracia real, vivida, y en principios solidarios organizados. Es justamente en tiempos de cambio que calan profundo en términos tecnológicos, ecológicos y geopolíticos, que no se necesita menos Estado, sino uno mejor. Un Estado que protege, invierte y construye creativamente. La política no debe restringirse a instituir condiciones que sirvan de marco, sino que debe señalar una dirección y garantizar que el progreso llegue a las personas. Libertad, seguridad y emancipación no son el resultado que surge automáticamente de los procesos de mercado, sino que son fruto de luchas políticas y contención institucional. Por eso, la democracia es más que un procedimiento. Garantiza las libertades democráticas fundamentales y es el requisito para que las personas puedan representar, organizar y reivindicar sus intereses. Sin estas posibilidades, la libertad no sale de la abstracción. Y aún más, la democracia necesita una base social: la solidaridad. Economía, sociedad y Estado no son una contradicción en sí misma, sino que encastran unas con otras como los engranajes de un mecanismo de relojería. Solo si este mecanismo marcha acompasadamente se presentan el bienestar, la estabilidad y la inclusión. El que rompe en pedazos este entramado, destruye la confianza y, por consiguiente, la base del éxito económico. En este contexto, el Estado social no es un factor de costos, sino un requisito central de la estabilidad. Fortalece la demanda interior, amortigua las situaciones de crisis y genera la seguridad que necesitan las personas para encarar el cambio. La transformación solo funciona si goza de garantías sociales. No obstante, la solidaridad no cae del cielo, sino que necesita organización. Los sindicatos son la organización central de los trabajadores. Velan por salarios justos, buenas condiciones laborales y coparticipación en la gestión. Pero ante todo contribuyen a que el éxito económico tenga una oportunidad. Donde los trabajadores tienen participación, se incrementan la productividad y la calidad. Donde rige la coparticipación con gestión, surgen modelos de negocios sostenibles a largo plazo, en lugar de la maximización de ganancias a corto plazo. En el nuevo “tecnocapitalismo”, este rol, justamente, debe enfrentar un gran desafío. Las empresas de plataformas suelen desentenderse de sus responsabilidades, ya sea por medio del control algorítmico, aduciendo pseudoautonomía laboral o eludiendo las condiciones laborales clásicas y, mayormente, valiéndose de campañas de desinformación acordes a su orientación política. En cambio, se necesitan respuestas políticas claras: regulación estatal, derecho de competencia acorde a la época, un concepto ampliado de asalariado y derechos sólidos para los sindicatos, incluyendo el espacio digital. Porque algo queda demostrado una y otra vez: el mercado por sí mismo no regula. Por eso se necesita un Estado que cumpla una función configuradora activa, una política industrial y de servicios que invierta en forma puntual, que fortalezca los sectores clave y que haga avanzar la transformación ecológica y también la digital. Las empresas necesitan seguridad para planificar, en tanto que las sociedades necesitan la certeza de que el desarrollo económico sirve para el bien común. Es más que cuestionable que las más recientes reformas del mercado laboral en la Argentina contribuyan a un modelo económico sustentable a la vez que sostenible. De la experiencia alemana se desprende que talas que cortan de cuajo como estas solo impulsan la redistribución de abajo hacia arriba y el avance de la marginación en desmedro de los que apenas ganan para subsistir, las minorías y los más desfavorecidos, en tanto que el beneficio económico no aparece. Para los procesos de cambio se necesita un diálogo activo con la sociedad civil en toda su amplitud, que trascienda las centrales políticas partidarias y, no por último, incluya a críticos y escépticos. Organizarlo requiere valentía, actitud, capacidad de cooperación y perseverancia. Solo de este modo es posible que surja un compromiso sostenible que beneficie a todos. Por eso, una sociedad que quiere mantenerse unida necesita más mecanismos de mercado. Necesita una democracia que haga posible la participación. Necesita un Estado que asuma responsabilidad. Y necesita sindicatos fuertes que organicen y efectivicen la solidaridad. Por lo tanto, la pregunta determinante no es si nos podemos dar el lujo de tener un Estado y una democracia, sino si nos podemos dar el lujo de prescindir de ambos. Presidenta de la Central Alemana de Sindicatos desde mayo de 2022; fue secretaria del Partido Socialdemócrata (SPD) entre 2014 y 2015 y diputada del Parlamento Federal de Alemania (Bundestag) entre 2017 y 2022

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