Se acabaron los tiempos de la motosierra: ahora hace falta el bisturí
2026-03-15 - 03:13
A poco más de dos años de que asumió Javier Milei queda claro que la motosierra y la licuación fueron muy efectivos para evitar caer al abismo. El ajuste inicial, contra lo que muchos pensaban, fue un gran activo político que a pesar de los costos tuvo mucho apoyo popular. Pesó mucho más en la balanza la baja en la inflación que la caída en los ingresos y en la actividad económica. El gran mérito de esta primera etapa fue dejar atrás una economía disfuncional plagada de controles para pasar a una economía de mercado en la que además se sentaron las bases de la estabilidad macro, bajando la inflación, la brecha cambiaria y normalizando el comercio exterior. Fue muy impresionante la reducción del déficit fiscal que pasó de seis puntos del PBI al déficit cero en sólo un mes, y que se viene manteniendo a rajatabla. Esta política, además, fue central para que el programa económico ganara credibilidad con los inversores y con organismos internacionales como el FMI. Con el correr del tiempo, los desafíos fueron cambiando: se pasó de estar al borde del colapso a una economía que se iba normalizando, en la que las políticas que se necesitan no son las mismas y en la que no debemos esperar resultados espectaculares. Se acabaron los tiempos de la motosierra; no son tiempos de shock sino de gradualismo, no de motosierra sino de bisturí. Los debates sobre política económica son diferentes. Lejos del abismo ahora se habla sobre si estamos en estanflación, sobre cómo enfrentar la inercia inflacionaria, sobre tasas de interés volátiles, sobre las dificultades para crear empleo, sobre industrias que cierran al tiempo que otras están en boom. La gran pregunta es cómo sigue la economía en esta segunda etapa. La respuesta no es fácil. Algunos dicen que llegó la hora de las políticas micro. Puede ser, pero lo cierto es que todavía no se terminó de arreglar la macro. La inflación bajó, pero sigue siendo alta y llevamos ocho meses de suba. Las reservas, a pesar de las compras del Banco Central, siguen flacas; las tasas de interés suben y bajan en forma difícil de predecir; y el riesgo país está por encima de los 500 puntos, muy por encima de países con calificaciones crediticias similares. El Banco Central no levanta el cepo por el temor a que el tipo de cambio se dispare, el crédito al sector privado está estancado y la morosidad en el sistema financiero crece. Estamos muy lejos del abismo, pero esta no es la macro de una economía estabilizada. La lucha contra la inflación sigue siendo el eje central, pero es una tarea aún no completada. La estrategia inicial —equilibrio fiscal y tipo de cambio como ancla— funcionó muy bien. Pero la inercia inflacionaria, alimentada por el reacomodamiento de precios y la indexación a la inflación pasada, hace que bajarla ya no sea tan fácil. No es solo un problema monetario; es mucho más complejo. Además, el Gobierno enfrenta el dilema clásico de los programas antiinflacionarios: la disyuntiva entre inflación y actividad. Para bajar la inflación se requiere política monetaria dura; para reactivar, expansión del crédito. Este dilema no existió en la primera etapa porque una inflación del 200% era en sí misma recesiva, bajarla fue un estímulo. Ahora es diferente: las encuestas muestran que la preocupación principal es el empleo y el ingreso, lo que implica que estimular la economía seguramente ralentizará la baja de la inflación. De hecho, muchos hablan de que la economía está en estanflación, una combinación de estancamiento e inflación elevada. Técnicamente no estamos ahí, porque la economía creció el año pasado 4,4%. Sin embargo, ese crecimiento se concentró en pocos sectores mientras que se estancaron o cayeron el empleo, el consumo masivo, la industria y la construcción entre otros. Es una economía que va a dos velocidades donde gran parte de la población no percibe la mejora. ¿Qué se puede hacer? No hay espacio por el lado fiscal para estimular la economía y las inversiones tardan en llegar y en generar empleo. En la expansión de 2024 el crédito jugó un rol central; pero la economía se frenó después del apretón monetario previo a las elecciones, cuando las altísimas tasas de interés golpearon fuerte la actividad. Tal vez llegó el momento de volver a estimular el crédito y darle previsibilidad a la tasa de interés. Nadie habla de volver a tasas reales negativas, pero sí de evitar los niveles extremos de los últimos meses. El otro paso es seguir bajando el riesgo país para acceder al crédito externo. Si miramos los fundamentals, especialmente el equilibrio fiscal, debería ser más bajo, pero algo está fallando. La palabra mágica pareciera que es reservas, que siguen siendo negativas en términos netos. El año que viene vencen unos US$20.000 millones de capital más US$8000 millones de intereses, montos exigentes en un año electoral. El Banco Central compra dólares a buen ritmo, pero no alcanza. Seguramente hará falta acceder al mercado internacional para darle tranquilidad a los inversores de que no va a haber problemas para refinanciar la deuda, algo que el Gobierno hasta ahora se muestra renuente a hacer. Un elemento central y altamente positivo han sido la desregulación y las reformas estructurales, que destrabaron la economía disfuncional heredada. Dentro de estas medidas, la apertura económica ha sido la medida que más controversias genera, aunque es necesaria para para lograr una economía más moderna y eficiente. El problema es que todo fue muy rápido, ocurrió en un contexto recesivo que no permitió aprovechar economías de escala, con una presión impositiva muy alta que prácticamente no se redujo y con un tipo de cambio pensado para anclar la inflación antes que para facilitar la reconversión productiva. El balance de estos dos años es claramente positivo: estamos mucho mejor que en diciembre de 2023 y el rumbo es el correcto. La primera etapa fue exitosa en evitar el abismo y dejar atrás una economía disfuncional. Estamos ahora en una segunda etapa con desafíos diferentes. Hay que acumular reservas, el cepo que no termina de levantarse, la inflación muestra mucha inercia y una parte importante de la economía —el consumo, la industria, el empleo, la construcción— que todavía no sienten los beneficios del cambio. Hace dos años, el objetivo era no caer al abismo; hoy es completar la estabilización y lograr una fuerte reactivación seguida por un crecimiento sostenido que lo perciba la gente y beneficie a la mayor parte de la sociedad.