Roberto Mario Gómez, un “embajador” en el fútbol de Bangladesh, el país que celebra los títulos de Argentina como si fuesen propios
2026-01-29 - 19:41
Las fotos y los videos no dejaban lugar para el engaño. Decenas de miles de personas colmaban calles y plazas mostrando un estado de euforia en principio difícil de explicar. El celeste y el blanco se reproducía en camisetas, banderas, vinchas y hasta pintados en rostros y brazos. Era 18 de diciembre de 2022, la selección liderada por Lionel Messi acababa de ganarle la final del Mundial de Qatar a Francia y a 17.000 kilómetros de distancia de la Argentina, el pueblo de Bangladesh festejaba el triunfo como si fuese propio, sellando una relación amistosa sorprendente e impensada. Cabía pensar en aquel momento que la pasión de los bengalíes por el fútbol que se practica en este lado del mundo podía abrir un nuevo mercado de trabajo para aquellos jugadores y técnicos argentinos que encuentran lugares poco convencionales para ejercer sus profesiones y vivir haciendo lo que más les gusta. Pero el modesto fútbol del país -ocupa el 36o puesto del ranking asiático y el 180o del mundo, según el último ranking FIFA- no fue el imán esperado y ningún futbolista se atrevió a dar el salto para seguir los pasos de Hernán Barcos, el último compatriota que anduvo por aquellas tierras, en 2020, aunque la pandemia apenas si le dejó jugar. Hasta que en septiembre de 2025 y a los 67 años, Roberto Carlos Mario Gómez dio el primer paso para establecer lazos concretos entre la patria de Maradona y Messi y los hinchas que les profesan adoración en la otra punta del planeta. El que fue marcador de punta derecho del Ferro campeón de 1982 y 1984 (la defensa que conformó con Héctor Cúper, Juan Domingo Rocchia y Oscar Garré todavía sale de memoria entre quienes fueron testigos de ese tiempo) aceptó una oferta del Bashundhara Kings, el mismo club que había contratado a Barcos, y se hizo cargo del equipo que, cumplida la primera parte del campeonato de Primera División, encabeza la tabla de posiciones. -Es un buen club. Tiene un lindo estadio, un centro de entrenamiento con todo lo que se necesita para trabajar bien, hasta un hotel con gimnasio para los jugadores que no son de la ciudad (el Bashundhara tiene su sede en Daca, la capital). Más de la mitad de la selección, 13 o 14 jugadores, son de mi equipo. -En principio, parece una ventaja considerable. -Sí, aunque de entrada tuvo su parte complicada. Nos tocaba ir a Kuwait a jugar la fase de grupos de la Liga Challenge (el equivalente a la Conference League europea) y no tenía a los de la selección porque debían jugar las eliminatorias para la Copa de Asia 2027. Viajamos casi sin poder trabajar y nos fue mal, claro. A la vuelta, ya con más tiempo juntos, las cosas mejoraron y ahora estamos bien, preparándonos para cuando termine el receso. -¿Cómo se llega a un país que está completamente fuera de los circuitos habituales? -En este caso, por un mensaje de Instagram. Estaba paseando por Jujuy, más concretamente por Purmamarca, se me ocurrió mirar el celular y me había escrito un agente de Bangladesh mostrando interés por contactarse conmigo. Pregunté algunas cosas, investigué un poco cómo era el lugar, arreglamos todo más o menos en una semana y me vine. -Supongo que ya sabrías que los bengalíes eran fanáticos de la selección argentina. -Sí, claro. Un 60%, o quizá más, son hinchas nuestros y el resto, de Brasil. Igual te digo que el deporte nacional es el cricket. La gente va a las canchas a ver fútbol, pero los estadios que de verdad se llenan son los de cricket. El Sudeste de Asia, un hogar inesperado Desde ya, nada es casual. Tampoco lo fue que el agente de Bangladesh haya buscado a Mario Gómez en las redes sociales. El marplatense que comenzó su carrera futbolística en Kimberley (Carlos Timoteo Griguol lo dirigió en el torneo Nacional de 1979 y se lo llevaría con él a Ferro al año siguiente) ya era un entrenador conocido y consagrado en varios países asiáticos mucho antes de llegar a Daca. Su foja de servicios incluía seis meses en Hong Kong, dos años en Malasia y cuatro en tres clubes diferentes de Indonesia, además de cinco títulos obtenidos, todos con el Johor Darul Taksim malayo. El representante del Bashundhara Kings sabía perfectamente a quién estaba llamando. La carrera de Gómez como director técnico, en todo caso, había comenzado mucho antes. “Un día, allá por el 82 u 83, estábamos en el gimnasio Etchart de Ferro y el Viejo Griguol nos llama a seis o siete compañeros: Cúper, Garré, Cacho Saccardi, Palito Brandoni, a mí y a alguno más, y nos pregunta a cada uno si íbamos a ser entrenadores. Yo le contesté que no. Ni pensaba en eso. Bueno, todos los que nos juntó en esa charla terminamos siendo técnicos”, recuerda. Gómez arrancó siendo asistente de su maestro en Ferro y Gimnasia, y más tarde hizo dupla junto a Cúper. Primero en Lanús, para después subirse a un avión e iniciar un periplo por medio planeta que ya no se detendría más para ninguno de los dos. Trabajaron juntos en Mallorca, Valencia y el Inter de Milán y luego continuaron sus trayectorias por separado. -¿Ya pensabas en conocer países exóticos cuando estabas con Cúper en España o Italia? -La verdad que no. En ese momento me imaginaba en Europa un tiempo largo, o en volver a la Argentina o a Sudamérica. Pero a veces las cosas se dan de manera extraña. Por una cuestión de papeles no pude quedarme como primer entrenador del Mallorca [al haber estado en dupla con Cúper, la Federación Española consideró que no cumplía el mínimo de tiempo como técnico de Primera que se exigía a los extranjeros para dirigir en el país], estuve en varios clubes argentinos, tuve un paso por el Asteras de Grecia y en 2014 me fui al Deportivo Cuenca de Ecuador. Al club le ofrecen ir a Hong Kong con medio plantel y unirse con un equipo de allá para participar en la Copa del Nuevo Año Lunar. Fuimos, ganamos el torneo, trabé una buena relación con el presidente del South China FC y casi un año después me llamó para decirme si quería ser el nuevo técnico. Ni lo pensé, me gustó la idea y me fui. -Pero esa primera experiencia duró poco. -Porque me llamaron del Johor de Malasia, y eso en el sudeste asiático son palabras mayores. Si no hubiera sido así, me hubiese quedado en Hong Kong porque me gustó la forma y el nivel de vida, y el club es muy bueno. Pero claro, el Johor ya era otra cosa. -Es el equipo del príncipe Tunku Ismail Idris, un poco el “caballo del comisario”. -Estuve en 2015 y 2016, poco después de que el príncipe se hiciera cargo y ya era un muy buen club. Ganamos esos dos campeonatos, una copa y la supercopa del país, y en 2015 fuimos el primer equipo del sudeste asiático en ganar la Copa de la AFC, algo así como la Europa League o la Sudamericana. Hoy el Johor está todavía mejor. Sale campeón y juega la Champions League asiática todos los años, una máquina de ganar. -Y después Indonesia... -Sí, cuatro años. Me fue muy bien. Dirigí al Persib Bandung, al Borneo y al Arema. -¿No es agotador pasar tanto tiempo lejos de casa? -Tuve la suerte de que mi familia, y sobre todo mis hijos, me acompañaron en estas aventuras. Viajaban cuando podían, igual que la que por entonces era mi esposa. En Malasia y en Indonesia por lo menos había jugadores argentinos en el plantel, y ahí lo pasaba mejor, pero sí, hay muchos momentos en que uno se siente solo. -Menos Hong Kong, los otros tres países son musulmanes, ¿hay mucha diferencia entre ellos? Desde acá solemos ver a Bangladesh como más pobre que Malasia o Indonesia. -Todos tienen sus zonas humildes y sus barrios residenciales. A mí en Daca me dieron un departamento en el área donde están todas las embajadas y es muy lindo. La mayor diferencia que noto está en el tráfico, que acá es caótico. Este es un país relativamente chico donde viven casi 180 millones de personas, y en la capital me dijeron que son unos 60 millones [las cifras oficiales hablan de 37 millones, sin sumar la periferia], así que entre los rickshaws, las motitos y los autos, andar por las calles es muy complicado. Por suerte, el club me puso un chofer, pero te digo que el que maneja en Daca ya puede hacerlo en cualquier lugar del mundo. -Seguramente no hay muchos técnicos en el fútbol argentino que te superen en conocimiento sobre culturas de distintos lugares del mundo. -Me puse a hacer cuentas y estuve en 31 países, más del 90% por trabajo, ya sea entrenando o porque fui a jugar. Y sí, una de las cosas que más me han quedado después de todos estos años es aprender a respetar las tradiciones y el estilo de vida del lugar donde estás. Me ha pasado de tener que parar entrenamientos para que los jugadores recen, o empezar a trabajar a las once de la noche en el mes del Ramadán. Si uno está en un país que le da la posibilidad de trabajar tiene que estar agradecido, hacer las cosas lo mejor posible para que el equipo y los jugadores crezcan, y darles el mismo tratamiento que les daba a los de Ferro, Lanús, Belgrano y todos los clubes donde estuve, pero teniendo en cuenta su manera de ser y de hacer las cosas. Eso me dio muchas satisfacciones. Hoy me siguen llamando para saludarme desde jugadores del Inter, como Toldo o Materazzi, hasta los que tuve en Malasia e Indonesia. -¿Y si no fuese en Argentina, elegirías alguno para vivir? -El primero sería Italia, pero te voy a decir otro lugar que me encantó: Bali. No dirigí al club de la isla, el Bali United, pero fui varias veces, a jugar o de vacaciones cuando tenía tiempo libre en Indonesia. Es un destino en el que hay de todo. Mucha gente budista, muchos europeos, ingleses, franceses, alemanes; también australianos. Es un lugar donde se respira tranquilidad. Aunque te aclaro que yo quiero vivir en la Argentina, con mis cuatro hijos y mi nieta Delfina. Fútbol todavía en pañales -Volvamos al fútbol. ¿Cuántos clubes juegan la liga de Bangladesh? -Diez. Son dos ruedas todos contra todos, sólo 18 partidos. Al final de la primera vuelta vamos punteros junto con otro equipo que se llama Fortis. -¿Y el nivel es tan bajo como lo que indica el ranking FIFA? -Técnicamente, los futbolistas son bastante buenos, fuertes, corredores, pero les falta estructura en casi todo lo demás. Por ejemplo, el Bashundhara tiene el mejor estadio del país con un campo de juego de primera y canchas aparte para los entrenamientos. ¿Qué hacen nuestros rivales en la liga? Para tratar de emparejar las chances usan canchas muy malas, casi sin pasto, donde la pelota pica para cualquier lado. Pero además entrenan ahí mismo, y a la larga eso frena mucho la posibilidad de crecer. Me parece una visión algo chata. -¿Cómo es la formación de los jugadores? ¿Los clubes tienen divisiones inferiores? -Hay dos o tres, uno es en el que estoy, que tienen o están armando academias. También existen algunas particulares, pero ni se aproximan a lo que conocemos como divisiones inferiores en la Argentina. El crecimiento futbolístico y competitivo de un chico es muy distinto si llega a Primera después de un proceso por inferiores o no. View this post on Instagram -¿Es un problema exclusivo de Bangladesh? -Ocurre en todos los países asiáticos en los que estuve y en otros de la región. A veces, para identificar un error conceptual de un jugador nosotros decimos que se trata de “un error de cuarta división”. Bueno, un chico de un equipo de Primera en las ligas de Malasia, Indonesia, Bangladesh o Tailandia, que es muy fuerte, comete ese tipo de errores, que se notan sobre todo de mitad de cancha para atrás. En todos esos países pueden surgir buenos delanteros, buenos wines o volantes por afuera, pero es raro que salgan buenos centrales. ¿Por qué? Porque cuestiones como mantener la línea, retroceder, saber cuándo salir o quedarte las tenés que aprender. Sin el trabajo de años en la cantera eso les falta y el déficit lo pagan en los partidos contra otras selecciones o en las copas continentales. -También habrá un componente de transmisión genética, tanto en los que salen a la cancha como en los que enseñan. -En cuanto a entrenadores y por lo que me tocó ver no hay ese traslado generacional de conocimientos. Y respecto a los jugadores, no sé, el fútbol argentino, el brasileño o el uruguayo tienen algo que les permite sacar permanentemente buenos valores y eso en el fútbol de acá no existe. Quizá sí para el cricket. En todos estos países tratan de compensarlo trayendo extranjeros y es cierto que jugando al lado de ellos los locales mejoran un poco, pero no es lo mismo que si tuvieran buenas academias para los chicos. -¿Creés que siguen saliendo buenos jugadores en nuestro fútbol? -Técnicamente sí, siempre. Argentina produce mucho, el problema es que no los podés retener, se van y los tenés que reemplazar con chicos de buen nivel pero muchas veces no tan alto como el que tenían los que se fueron. Me acuerdo que cuando jugaba en Ferro surgió una posibilidad para Carlitos Arregui y para mí de ir a un club español y el dinero que nos ofrecían no era mucho más que el que cobrábamos en Argentina. Los dirigentes nos preguntaban para qué nos queríamos ir, y tenían razón. Nos quedamos. Porque además el nivel del fútbol argentino en esos tiempos era muy alto. Hoy las cosas son distintas, no podés competir económicamente. -¿Creés que aquel nivel se igualó para abajo? -Un poco sí, pero es lógico. Que haya tantos equipos en Primera y Primera Nacional tampoco ayuda, aunque si volvieran al país todos los jugadores argentinos de jerarquía que andan por el mundo podría haber 40 equipos en Primera con un nivel bárbaro. Igual, el campeonato argentino siempre es de los mejores, se ve en todas partes del mundo y nuestros jugadores son muy queridos, por el carácter, por la técnica y por todo lo que representan. View this post on Instagram Cuando la memoria se tiñe de verde Para los que conocen la trayectoria de Mario Gómez como futbolista, la sola mención de su nombre implica teñir la memoria de color verde, viajar a la década del 80 y recordar al Ferro Carril Oeste más importante y grande de la historia. Aquel que le peleó palmo a palmo hasta la última fecha el título del Metropolitano 81 al Boca de Diego Maradona; el que cayó ajustadamente en la final del Nacional de ese mismo año frente al River de Mario Kempes; y el que saboreó el merecido gusto de dar dos vueltas olímpicas en los Nacionales del 82 y el 84. Un equipo que fue la obra suprema de Carlos Timoteo Griguol, un entrenador que supo distinguirse de la grieta Menotti-Bilardo que por entonces fracturaba el fútbol argentino mezclando lo mejor de cada uno, y de ese modo enfrentar de igual a igual el mayor poderío económico de los grandes, con armas limpias y en muchos casos innovadoras. -El Viejo [cariñoso apodo con el que Gómez nombra al técnico cordobés] nos convenció de dos cosas. Cuando perdimos los dos torneos del 81, nos dijo que seríamos campeones al año siguiente, y fue así nomás. Y en la cancha, a que todos teníamos que defender. Eso que hace hoy cualquier equipo del mundo nosotros lo hacíamos hace 45 años. Después, vos elegís el lugar dónde hacerlo. El Manchester City pierde la pelota a 90 metros de su arco y van todos como locos a presionar, pero todos, no hay ninguno que se quede mirando o lo haga al trote. Y si no la recuperan ahí, no tienen problemas en bajar los once a defender a ocho o diez metros de su área. Bueno, Griguol nos enseñó eso, pero después, cuando atacábamos, íbamos con seis o siete jugadores, los tres delanteros, los mediocampistas, uno de los marcadores de punta. Y teníamos mucha calidad: el Beto Márcico, el paraguayo Cañete, Julio César Jiménez, Carlitos Arregui... -Además de los títulos, ¿qué viene a tu cabeza cuando recordás aquel tiempo? -Lo bien que lo pasábamos y cómo nos divertíamos en los entrenamientos y en el vestuario. Era un grupo bárbaro. Y las enseñanzas del Viejo, claro, que era un verdadero adelantado. -¿Cuáles son los rivales y los jugadores que tuviste que marcar que más te quedaron en la memoria? -A nosotros nos gustaba jugar contra Independiente y San Lorenzo, porque salían unos partidos muy buenos. Contra River y Boca también, obvio. Y de los wines que tuve enfrente el más difícil fue el Negro [Oscar] Ortiz. Me acuerdo de un baile que me pegó en cancha de River, creo que en el torneo del 80. Y eso que me ayudaba Arregui, pero ni entre los dos lo podíamos parar. Carlos Ereros y Jorge Comas también eran complicados de marcar. -¿Seguís todavía la actualidad de Ferro? -Por supuesto. Tres de mis cuatro hijos viven en Caballito, así que cuando estoy en Argentina, si bien tengo una casa en el Gran Buenos Aires, paso bastante tiempo en las casas de ellos. El club está muy bien, solo le falta volver a Primera, pero la cuestión es que el actual torneo de la B es muy duro. Vos podés invertir muy bien, comprar buenos jugadores, traer a préstamo, lo que quieras, pero es un campeonato muy difícil: son 36 equipos, de los que asciende uno directo y otro por promoción. A mí me tocó subir con Gimnasia de Jujuy en 2025 jugando muchos menos partidos que ahora. Hoy, además, todas las provincias tienen buenos equipos. -La sensación es que los clubes tradicionales de barrio de CABA o del AMBA en general están en desventaja económica. -Es así. A los clubes del Interior los apoya una ciudad o una provincia. Por eso pagan bien y pueden llevar futbolistas de nivel. Antes, muchos no querían ir al Interior, eso cambió hace tiempo. -¿Te queda hilo en el carretel o Bangladesh es la última etapa? -Hoy te digo que todavía tengo ganas de seguir trabajando. Pero quiero hacerlo adonde esté mi familia. He estado demasiado tiempo afuera: ocho años en Asia, cuatro en Europa, en Grecia, en Ecuador, y después cuatro veces en Jujuy, en Córdoba y en Tucumán, que quieras o no, estás lejos de Buenos Aires. En el Bashundhara tengo contrato hasta junio y después veré. Pero si puedo, lo ideal sería volver y ahí sí terminar la carrera cerca de casa.