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Quién es Marina Simian: la científica argentina que trabaja para detectar el cáncer de mama con un simple análisis de sangre

2026-03-08 - 10:23

“Tuve mucha suerte”, dice Marina Simian (54) cuando se refiere a su carrera como investigadora. Pero más que suerte, lo suyo puede llamarse mérito. Mérito a su esfuerzo, dedicación y tenacidad para perseguir sus sueños. Desde chica se interesó por las ciencias y se destacó entre sus pares. En 4o año del colegio Northlands, se ganó una beca para estudiar biología marina durante un semestre en los Estados Unidos, algo poco habitual en esa época. Cuando cursaba la licenciatura en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, el reconocido biólogo Alberto Kornblihtt le despertó una profunda vocación por la biología molecular y celular. “Dictaba la materia Introducción a la Biología Celular y Molecular en el primer año de la carrera y era un genio como docente. Me atrapó mal”, recuerda Simian con entusiasmo. Aquella fascinación inicial marcó el rumbo de su carrera. Realizó el doctorado en el Lawrence Berkeley National Laboratory, de la Universidad de California, y posteriormente completó un posdoctorado en el Instituto de Oncología Ángel H. Roffo, en Buenos Aires. Como tantos científicos argentinos, regresó al país, donde trabajó como investigadora del Conicet durante más de 20 años y se especializó en la biología del cáncer y el microambiente tumoral. En 2021 decidió dar un paso más: dejó el laboratorio para emprender. Junto a su socia, la investigadora Adriana de Servi, fundó su propia empresa enfocada en la detección temprana del cáncer de mama. Hoy reparte sus días entre Buenos Aires; La Pedrera, en Uruguay, donde, después de trabajar, aprovecha para hacer kitesurf y pasar tiempo con su marido y sus tres hijos; y Estados Unidos, donde viaja unos dos meses al año para recaudar fondos. En el Día de la Mujer, en una charla con LA NACION, repasa su trayectoria y los desafíos que atraviesan las mujeres que dedican su vida a la ciencia. –¿Cómo es la vida de una investigadora? –El trayecto para convertirse en investigadora es largo, algo que mucha gente no imagina: es casi comparable con la formación de un médico. Primero la carrera de grado, que dura seis años y medio, haciéndola toda como un relojito. Después viene el doctorado, que son cinco años más, y luego el posdoctorado, de unos dos años, instancia en la que recién te dan la posibilidad de testearte a vos mismo. Es un camino tedioso, sacrificado y muy frustrante en el sentido de que los experimentos, la mayoría de las veces, no dan como pensás que tendrían que dar. –¿Qué habilidades se necesitan para ser investigador? –Se necesita una motivación muy especial para investigar: estar todo el tiempo leyendo, asociando ideas y sacando conclusiones. Es una habilidad que no se aprende del todo; una parte te la transmiten tus mentores, pero hay otra que depende de cada uno: el interés genuino por hacerlo, porque es una actividad que requiere muchísima energía. Además, si bien con la robotización esto puede cambiar, hay todo un componente manual muy importante en el trabajo de laboratorio. El manejo de los materiales y la reproducibilidad de los experimentos dependen mucho de tu mano. Es como cocinar: hay personas que hacen tortas excelentes y otras que nunca logran que les salgan bien. Una neurocientífica canadiense explica qué ocurre en el cerebro cuando el estrés se vuelve crónico También es clave la tolerancia a la frustración. Desde 2006 hasta ahora, noto que los jóvenes vienen con menos tolerancia a la frustración y con menor habilidad para escribir y estructurar bien los textos. –¿Cuál es el rol de los mentores en la investigación? –La manera en que atravesás esos años de formación depende en gran medida de tus mentores. Por eso, es clave un buen mentor. Yo tuve mucha suerte: realmente conté con excelentes referentes a lo largo de mi carrera. Mi mentora de doctorado, Mina J. Bissell (Ph.D.), fue fantástica y, sin duda, tuvo mucho que ver con el entusiasmo que sentí para seguir investigando y desarrollando mi camino profesional. De aspirar a poder tener mi propio laboratorio, a conseguir mis subsidios y a formar un equipo de trabajo. –Cuando arrancaste como investigadora, ganaste un subsidio internacional de la fundación norteamericana Susan G. Komen, dedicada a la lucha contra el cáncer de mama... –Fui la primera investigadora latinoamericana en recibirlo. En 2006, con 34 años, obtuve un subsidio de 250.000 dólares y le toqué la puerta al presidente del Instituto de Oncología Angel H. Roffo para que me ayudara con la administración de los fondos. Me fue muy bien con mi investigación y empecé a tomar becarios del Conicet, y así fui progresando en la carrera de investigadora. Publiqué más de 40 papers y empecé a formar gente, que para mí es la parte más linda de todo esto. Como había tenido una experiencia tan positiva en Estados Unidos, quería generar esa misma experiencia en los chicos que se formaran conmigo. –¿Cómo hacías para compatibilizar tu vida personal con la laboral? –Siempre vivía a las corridas. Tuve a mis dos primeros hijos mientras hacía el doctorado en Estados Unidos. En esa etapa, mi jefa –que es un amor– fue fundamental. En el laboratorio, muy pocas mujeres en el grupo eran madres. Cuando nació Santi, mi jefa me dijo: “Vos organizate como quieras. No voy a estar controlando a qué hora entrás o salís. Sé que vas a hacer lo que tengas que hacer. No me importa si trabajás un sábado, un domingo o de noche; confío en que vas a cumplir”. Para mí, esa confianza fue clave. Durante muchos años mantuve horarios bastante atípicos. En esa época, cuando nació Santiago y después Catalina, trabajaba en el laboratorio tres días por semana, pero jornadas muy largas: martes, jueves y sábados. Los sábados mi marido se quedaba con los chicos, y los martes y jueves contaba con ayuda para cuidarlos. Así lograba sostener tres días intensos en el laboratorio y, al mismo tiempo, estar presente en casa. Cuando volví de Estados Unidos, durante los primeros años –cuando los chicos todavía eran pequeños– me organizaba así: me iba a trabajar al instituto a las seis de la mañana, mi marido los llevaba al jardín y yo los buscaba a la una. Siempre fue un poco eso: ir buscando la vuelta, acomodando horarios, ajustando todo para que funcionara. Así fue hasta que los tres estuvieron en el colegio doble turno. Ahí empezó a ser un poco más fácil. La etapa más complicada es, sin duda, cuando son chiquitos. –¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo como investigadora? –Lo que más me gusta es escribir los proyectos. Todo lo que implica ese proceso, desde imaginar una idea, planificarla hasta decir: “Vamos por acá, esto es lo que queremos investigar”. Leer todo lo necesario, entender y formular una hipótesis novedosa. Para mí, esa es la parte más divertida de todas. Lo interesante es que de esas propuestas surgían luego los trabajos de mis estudiantes. Los doctorados se basaban en las ideas que yo desarrollaba para pedir financiamiento, ya fuera en la Argentina o en Estados Unidos. Es decir, lo que empezaba como una propuesta para conseguir fondos terminaba convirtiéndose en el motor de las investigaciones del laboratorio. –Y cuando hablás de los proyectos, ¿tenías un tema en particular? –Sí. Trabajé durante muchos años en un mismo eje de investigación: el microambiente tumoral. Es decir, todo lo que rodea a la célula tumoral y que influye en su comportamiento. En particular, estudiaba cómo ese entorno impacta en la respuesta al tamoxifeno, un fármaco antiestrógeno, que es la principal terapia para las mujeres con cáncer de mama. Aproximadamente el 70 % de las pacientes, después de la cirugía y, según el caso, de la quimioterapia o radioterapia, hacen este tratamiento durante diez años. El problema es que alrededor de un 30% puede tener una recidiva. O sea, le vuelve el cáncer original. Por eso, estudiábamos por qué sucede esto y qué mecanismos permiten que algunas células tumorales sobrevivan al tratamiento y, tiempo después, vuelvan a crecer. Nos enfocábamos especialmente en los factores externos a la célula tumoral, es decir, en todo lo que la rodea y puede favorecer su supervivencia, más allá de sus propios mecanismos endógenos. No trabajábamos con la hipótesis de que se tratara de una mutación dentro de la célula. No, lo que nos interesaba era el entorno: cómo las señales del microambiente permitían que la célula resistiera el tratamiento. Para estudiar esto, utilizamos modelos en ratones y también modelos tridimensionales de células. –¿Por qué tu interés en el cáncer de mama? –Creo que no fue tanto una elección del tema en sí, sino más bien la elección de la gente con la que me formé. Mi jefa en Estados Unidos fue candidata varias veces al Premio Nobel por su trabajo sobre la hipótesis de que se puede controlar el destino o el comportamiento de las células modulando el andamiaje externo que las rodea. Ella trabajó muchos años en este enfoque aplicado al cáncer en general, y cuando yo llegué pensé: “Voy a aplicar esta idea específicamente al cáncer de mama”. –Y el lado B de ser investigadora... –Bueno... el sacrificio que implica. Después, cuando tenés tus becarios, aparece todo el tema de la responsabilidad: uno se siente muy responsable de que los chicos completen su doctorado. Para que eso suceda, necesitás contar con los recursos necesarios: la plata para comprar reactivos y todo lo que requieren. Aunque el doctorado también es de ellos, vos sos, de alguna manera, el proveedor que les permite avanzar. Cada vez que empieza un estudiante, es como ponerse una mochila encima: ellos tienen un sueldo o fellowship por cinco años, y en ese tiempo tenés que generar resultados que sean publicables y defendibles. Es un proceso que hay que ir llevando paso a paso. Con una enfermedad poco frecuente, se enfrentó a un laberinto difícil de salir –Después de más de 20 años de trabajar en el Conicet, decidiste armar tu propia empresa. ¿Cómo fue dar ese paso y qué te motivó a hacerlo? –En ese momento tenía dos becarios doctorales, y con la pandemia no podíamos ir al laboratorio. No quería empezar nuevos doctorados sabiendo que no podían trabajar presencialmente; era mortal tener que pasarse uno o dos años así sin poder avanzar. Personalmente, ya estaba un poco cansada del rol de mentora. Sentía que los estudiantes venían cada vez menos preparados y yo tenía que compensar eso y es un esfuerzo enorme. Además, percibía que las últimas generaciones parecen menos motivadas y curiosas que las anteriores. No sé si tiene que ver con las pantallas o con otra cosa, pero la atención y el entusiasmo eran distintos. A medida que pasaba el doctorado, yo debía involucrarme más: supervisar la tesis, los experimentos, escribir los papers, conseguir los fondos... y eso iba erosionando la independencia que uno espera que los estudiantes desarrollen. Ver que el estudiante despega y logra sorprenderte con sus ideas es lo más lindo de todo, pero esa dinámica ya no se daba como antes. Entonces, cuando surgió la oportunidad de armar una empresa con mi socia, lo tomé como un nuevo desafío. Y creo que también pesó cumplir 50. –¿Qué problema concreto busca resolver Oncoliq en la detección temprana del cáncer? –El problema que busca resolver es la muerte como consecuencia de la detección tardía del cáncer. Hoy sabemos que aproximadamente el 50 % de los adultos va a desarrollar cáncer en algún momento de su vida. Con las tecnologías actuales, cerca de la mitad de esos casos se detectan en etapas tardías. Y de quienes reciben un diagnóstico tardío, alrededor del 80 % fallece dentro de los cinco años. Es un panorama durísimo. Además, hay otro fenómeno preocupante: el cáncer está aumentando en jóvenes. El objetivo de Oncoliq es desarrollar una herramienta confiable y accesible para el tamizaje masivo de cáncer, con potencial impacto en el sistema de salud a gran escala. –¿En qué productos están avanzando y para cuándo prevén los lanzamientos? –Por un lado, estamos desarrollando nuestra propia tecnología, enfocada en cáncer de mama, que esperamos poder lanzar a mediados de este año. Por otro, avanzando con nuestro laboratorio de servicios. Allí vamos a procesar las muestras, porque por ahora la tecnología no está lista para transferirse a terceros: el procedimiento es complejo y requiere un manejo muy específico. El análisis se realiza a partir de sangre. Lo que medimos son unas moléculas llamadas microARNs, que actualmente no se evalúan en los laboratorios clínicos convencionales. El proceso implica técnicas de PCR y una metodología bastante particular, que no forma parte de las plataformas estándar disponibles hoy en la mayoría de los laboratorios. La idea es integrar el test en los análisis de sangre de rutina como herramienta preventiva clave. El segundo tipo de cáncer que vamos a abordar es el de pulmón. Ya comenzamos a recolectar muestras para poder desarrollarlo. Desde mayo de 2025 trabajamos con la provincia de Chubut con un programa de tamizaje para HPV, orientado a la detección temprana del cáncer de cuello de útero. –¿Qué les dirías a los jóvenes científicos que están intentando emprender? –Primero, les diría que completen su formación. Muchos, cuando terminan la carrera de grado, ya quieren emprender sin hacer un doctorado. Pero, desde mi experiencia, el doctorado es una etapa clave para estar realmente preparados. La ciencia es compleja, especialmente si vas a desarrollar una droga o un test diagnóstico. El laboratorio no es algo trivial. Por eso me parece importante consolidar esa formación antes de dar el salto. También les recomendaría que se preparen para un camino largo. Tiene muchísimas cosas positivas, pero requiere esfuerzo y constancia. Emprender en biotecnología no es más difícil que hacer carrera científica tradicional: simplemente cambia el objetivo. Antes el desafío era conseguir subsidios, formar un equipo y sostener un laboratorio; ahora es llevar un producto al mercado y lograr que llegue a las personas. Hoy hay mucho movimiento en el ecosistema emprendedor científico. Se está generando un entorno interesante. Creo que la Argentina va a tener sus unicornios en biotecnología, porque dentro de la región se destaca en este campo. Y eso no es casual: contamos con una base científica muy sólida y una alta densidad de investigadores en comparación con otros países de Latinoamérica. El éxito de una empresa depende de que la tecnología funcione realmente y, sobre todo, de que resuelva un problema real. Muchas startups fracasan porque desarrollan algo que nadie necesita. Por eso, mi consejo final sería: busquen un problema grande y real, y prepárense bien para resolverlo.

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