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¿Quedarse o volver? El karma de las vacaciones

2026-03-24 - 09:10

Largas o cortas, estando de vacaciones, a quién no lo asalta la ilusión de vivir en ese estado de gracia. Que no sea una semana, ni quince días o un mes. Pero entiéndanme, no me refiero a un dolce far niente eterno; eso también termina por aburrir en algún momento. Se trata de imaginar cómo sería vivir en lugares más o menos bellos y, sobre todo, más tranquilos que esta “ciudad de la furia”. Me sucedió otra vez hace unos días. Tuve la suerte de tomar un descanso corto en Río de Janeiro, esa explosiva mezcla de playas exuberantes, morros que se sumergen en el mar, lujos y, al mismo tiempo, miserias paupérrimas. Todo sazonado con una temperatura y humedad que, para los que somos “team verano”, no hay nada mejor. Y luego Buzios, la absoluta calma, tanto en la intimidad como con playas superpobladas, según el recodo que uno elija. Algo evidente allí se confabula para que el sentimiento del principio se haga más intenso. El turismo argentino ha convertido en bilingüe ese lugar. Pero no son solo turistas: alrededor del 15% de la población estable de la península son connacionales, unas 5000 personas sobre unos 35.000 totales. En distintas oleadas, pero sobre todo después de la gran crisis de 2001/2002, los rioplatenses se volcaron a esa aventura. Muchos de ellos son jóvenes que llegaron de vacaciones o en busca de un destino y, maravillados, se quedaron. Pero también hay muchos otros que, más allá del inicio, se quedaron y hoy, entre 20 y 30 años después, son adultos, familias enteras que desarrollan su vida allí. Los hay profesionales, emprendedores digitales, empresarios gastronómicos y turísticos (no pocas de las famosas “pousadas” son de argentinos). César ronda los 40 y llegó desde La Paz, Entre Ríos, dos décadas atrás. Regentea uno de esos kioscos que en Praia dos Ossos ofrecen desde sillas y sombrillas, tragos y bebidas hasta variados platos para saciar el hambre al mediodía. No es lo único. Para el invierno (una estación con estándares desconocidos para nosotros), cuando baja (no del todo) la actividad playera, puso con otros socios una cafetería en el centro, que tiene su movimiento. “¿Te adaptaste? ¿No extrañás?”, le pregunté. “No conozco lo que es la ansiedad. A veces trabajo hasta 12 horas. Pero allá podía pasar lo mismo y en un ambiente mucho más hostil. Ganás tiempo y calidad de vida”. Buzios se empezó a hacer conocida cuando Brigitte Bardot la eligió como refugio, en la década del 60. La actriz francesa, símbolo sexual eterno del cine, quería huir del asedio de los paparazzi y se instaló un tiempo allí. Una estatua en el inicio de la “orla Bardot” (lo que llamaríamos rambla costera), frente a la playa de Armação, le rinde homenaje. Para los rockeros que peinamos canas, Buzios es sinónimo de Serú Girán. La historia dice que allí se instalaron Charly García y David Lebón para componer los temas de su primer disco, en una casa en la playa de Ferradura, que a los ojos de los músicos era lo más parecido al paraíso (más allá del alcohol y las drogas que circulaban). La expedición, que debió atravesar dificultades importantes, culminó cuando, después de tres meses de esperar que llegaran los instrumentos y ya casi sin dinero, se mudaron a San Pablo para, ahora sí, completar la banda y la grabación del disco. O sea, había que volver a trabajar en algún momento. Sobre el final de los días de descanso vuelve a primar en mí, por suerte, la cordura. Es cuando recurro a los recuerdos. Durante mi infancia y adolescencia, las vacaciones eran una vez al año. Andrés y Joaquina llevaban a toda la tropa a Mar de Ajó para pasar ese mes fuera de las preocupaciones. Cuando se acercaba el fin, el estado de ánimo de mi padre empezaba a volverse taciturno. Había que volver. Decidí no repetir esa parte de la historia.

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