Proyecto Fin del Mundo: cómo abordar los tópicos de la ciencia ficción más sombría con una mirada sarcástica
2026-03-19 - 03:10
Proyecto Fin del mundo (Project Hail Mary, Estados Unidos/2026). Dirección: Christopher Miller y Phil Lord. Guion: Drew Goddard, Andy Weir. Fotografía: Greig Fraser. Edición: Joel Negron. Música: Daniel Pemberton. Elenco: Ryan Gosling, Sandra Hüller, James Ortiz, Lionel Boyce, Milana Vayntrub, Ken Leung. Calificación: Apta para mayores de 13 años. Distribuidora: UIP - Sony. Duración: 157 minutos. Nuestra opinión: muy buena. Tanto tiempo ha pasado desde que la ficción científica imaginó un mundo distante del que la realidad le devolvía. En el siglo XIX, fue la literatura ese motor de la fabulación; la de Julio Verne y la de H. G. Wells, la de los seriales y la fantasía sobre otras vidas y otros mundos, sobre el misterio del espacio exterior y los confines de otras galaxias. El cine asumió ese legado para purgar las angustias sobre el futuro, y la tecnología se convirtió en un instrumento para proyectarlo, aún en el plano de la imaginería cinematográfica. Fantasías sobre invasiones extraterrestres en plena Guerra Fría, miedos a las explosiones nucleares del Proyecto Manhattan, pedidos de auxilio y socorro para la concordia internacional. Miedos serios y películas serias, que aún desde la aventura espacial o la metáfora política intentaban acercar a nuestro horizonte aquello que no parecía tener representación posible en el discurso conocido. Los debutantes en la dirección, Christopher Miller y Phil Lord, guionistas de comedias y animación, incursionan en la ciencia ficción espacial desde otra perspectiva, la que les presta la novela homónima de Andy Weir, el mismo autor de The Martian (llevada al cine por Ridley Scott en 2015). Adaptada por Drew Goddard (también guionista de The Martian, estrenada como Misión: Rescate), Proyecto Fin del mundo asume la ironía contemporánea que parece desacralizarlo todo al límite del cinismo, para lidiar con los mismos miedos de siempre, pero esta vez refundando un espíritu de concordia galáctica que ni en El día que paralizaron la Tierra o Encuentros cercanos del tercer tipo lograron llevar hasta las últimas consecuencias. El humor es la clave esta vez, no como un condimento de la acción sino como su mismísimo fundamento, y cuenta para ello con la estelar presencia de Ryan Gosling, en su condición de absoluto protagonista, pero sobre todo de virtuoso comediante, algo que ya había demostrado en Dos tipos peligrosos (2016) y en Barbie (2023), y ahora confirma con creces. La historia comienza cuando un astronauta despierta en una nave espacial, sacudido por el desconcierto y privado de toda memoria. No sabe quién es, qué hace ahí, y cuándo podrá volver a un mundo que también desconoce. Su camino es el del descubrimiento, de su propio pasado y de la misión que ahora deberá cumplir en soledad. Poco tardamos en conocer a Ryland Grace (Gosling), un profesor de ciencias torpe en su pedagogía y heterodoxo en sus saberes, capaz de desafiar la lógica y los preceptos autorizados de la ciencia espacial. Su atrevimiento lo convierte en el elegido por un cuerpo interdisciplinario de investigadores, comandados por la alemana Eva Stratt (la extraordinaria Sandra Hüller), para experimentar con unas criaturas misteriosas que parecen estar apagando la energía del Sol. Mientras su memoria se completa, los hallazgos de Grace parecen tener más de intuición y fortuna que de disciplina, y ese destino improbable de héroe abre los interrogantes sobre el porqué y el cómo ha sido el elegido para esa exigente misión de salvar a la Tierra. Si bien la búsqueda del gag constante puede parecer un límite delicado en el primer tercio de la película, Proyecto Fin del Mundo encuentra el equilibrio que le permite abordar los tópicos de la ciencia ficción más sombría con una mirada sarcástica, tan esquiva a la solemnidad como consciente del riesgo del ridículo. Y por ello el viaje de Grace, que combina la reconciliación con sus propios miedos humanos, y la capacidad de comprender a otros por más ajenos que parezcan, funciona como un divertido ejercicio de introspección sobre una era que parece haber naturalizado la convivencia con la destrucción. El encuentro con un habitante de otro mundo, tan extraño a toda representación cinematográfica como deudor de la cultura pop -cuya voz pertenece al titiritero James Ortiz-, eleva la historia a una vital camaradería que es capaz de sortear incluso los momentos más cancheros que los directores no pudieron controlar. Sin grandes ambiciones de dar quiebre al género, como pudo intentarlo Kubrick con 2001: Odisea en el espacio o las Wachowski con su primera Matrix -dotada ya de la revolución digital-, Miller y Lord consiguen dar con el tono justo de su película con el avance de la historia y la gestación de una buddy movie de cuño galáctico. Aún con ese andamiaje de humor y sarcasmo, Proyecto Fin del Mundo no pierde atención sobre los dilemas de la propia identidad más allá de la supervivencia, y la comprensión de que un futuro compartido es el único posible de preservar.