Polarizados por el reguetón
2026-03-15 - 03:13
No pasa una semana sin que se abra un frente bélico en alguna parte del mundo. No importa el país de qué se trate, un mismo personaje permanece en el centro de las noticias y de los memes. Donald Trump resulta imbatible para el papel protagónico de todas las trapisondas bélicas. Según las búsquedas en internet que monitorea Google Trends, Trump se mantiene en el tope en el último año. Ni Pedro Sánchez con su declaración hippie de “No a la guerra” logra desplazar el interés global. Ni Volodimir Zelensky ni Benjamin Netanyahu con sus sendos conflictos lograron mover el protagonismo. Solo dos latinoamericanos lograron moverlo a Trump del centro de las búsquedas de noticias e imágenes. El primero fue a inicios de 2026, Nicolás Maduro, por circunstancias que también lo tenían a Trump en el asunto por el que apenas le tocó un fugaz segundo puesto. El segundo latino, en cambio, se quedó con la atención global por varios días y dejó sentada la polarización que nadie vio venir. La nueva grieta mundial se abrió en idioma español y está azuzada por don Benito Antonio Martínez Ocasio. Más conocido mundialmente como Bad Bunny. La pregunta de por qué un reguetonero ha conseguido disputar la audiencia global al personalismo de Trump no tiene una única explicación. Aunque sí muchas preguntas. Su propuesta artística era hace poco de las más desprestigiadas del panorama musical y de las más criticadas por la cultura progresista que ahora ve en el reguetonero a un paladín de la justicia social. Su participación en el show de medio tiempo del Super Bowl, la final del campeonato de la liga de fútbol americano en los Estados Unidos, se proyectó globalmente desde la controversia, que ya acompaña de por sí a la música urbana cultivada por el artista pero que sumó estratégicamente el factor latino. Si Donald Trump logró imponer en su campaña política la promesa de hacer grande a América, Bad Bunny insistió en redefinir esa América en algo más que el territorio de los Estados Unidos. Así desafió su “Hagamos a América grande otra vez” abriendo el paraguas del “God Bless America” para que cupieran todas las banderas de abajo del Río Grande. La afinidad emocional permite que dos personajes tan distintos convoquen la atención mundial por el mismo mecanismo que refuerza lealtades impermeables a los hechos El artista llevó al máximo espectáculo popular un cañaveral que no era el cabo donde la Nasa conquista el espacio sino una recreación de la explotación colonial de su Puerto Rico. Su proclama resulta casi invencible: “La fiesta es una forma de protesta: el goce es rebelión”. Desde el “Pare de sufrir” que no se escuchaba una invitación tan imposible de rechazar en un eslogan. Desafiando la política de expulsión de inmigrantes, reinventó en éxito de música urbana el himno salsero del grupo El Gran Combo “Un verano en Nueva York”. Si esa canción retrataba la vida del boricua en la migración, la versión “Nuevayol” incluye una falsa voz de Trump agradeciendo el aporte migrante en los Estados Unidos en el minuto 2.41 del videoclip, que tiene más de cien millones de vistas. Trump y Bad Bunny son comparables en la lógica de la política pop, en la que no es tan importante lo que dicen sino las emociones que despiertan. Por eso los grupos progresistas de pronto aman a Bad Bunny, aunque canta también “Yo perreo sola”, un típico reguetón de porno explícito. Lo que antes hubiera sido una cosificación de la mujer de pronto se convirtió en exaltación de la libertad sexual, en el mismo escenario en que hace años el pezón de Janet Jackson instituyó unos segundos de delay en la transmisión para que nunca más se emitiera un contenido inconveniente. La afinidad emocional pesa más que cualquier argumento y es lo que permite que dos personajes tan distintos convoquen la atención mundial por el mismo mecanismo que refuerza lealtades impermeables a los hechos. Los dos logran ordenar la conversación pública desde las emociones, que vuelven intercambiables la indignación política y la devoción pop.