Paro general: el conurbano desierto, muchos autos en los accesos a la Ciudad y apenas un puñado de colectivos circulando
2026-02-19 - 15:03
La CGT lleva adelante este jueves un paro general de 24 horas en rechazo a la reforma laboral que se debate en la Cámara de Diputados. Sin movilización convocada, pero con amplia adhesión de los gremios del transporte y distintos sectores, la medida impacta desde temprano. Es la cuarta huelga general durante la gestión de Javier Milei y, aunque no hay columnas en la calle, el efecto se percibe en la rutina alterada. LA NACION inicia el recorrido en la estación de trenes de Moreno, en la provincia de Buenos Aires, un punto que en días normales concentra miles de pasajeros, vendedores ambulantes y colectivos que entran y salen sin pausa. Esta vez no ocurre. En el trayecto hacia el Oeste, una fila sostenida de autos avanza rumbo a la Capital. Las barreras de los peajes están levantadas y el tránsito fluye. Pero al llegar a la estación, el contraste es evidente. Las paradas ubicadas en el entorno ferroviario están casi vacías. Las estructuras metálicas, con techos opacos y paneles rayados por el paso del tiempo, quedan expuestas bajo un cielo gris que refuerza la sensación de pausa. Los bancos de hormigón aparecen desocupados o con una sola persona sentada. No hay filas. No hay corridas para alcanzar el tren. La mayoría de los locales alrededor mantiene las persianas bajas. En el cruce ferroviario, las vías permanecen detrás de rejas metálicas cerradas. El portón bloquea el paso. No circulan trenes. El puente peatonal, que suele estar colmado en horas pico, luce vacío. Entre los durmientes se acumulan bolsas y papeles que el viento apenas mueve. En un espacio diseñado para el tránsito constante, domina la quietud. Los colectivos aparecen de manera esporádica. Uno de Metropol, otro del grupo DOTA. Frenan en paradas con poca gente, suben algunos pasajeros y continúan con la mayoría de los asientos libres. El paro, en Moreno, se manifiesta en la ausencia. En una de las paradas está sentada Graciela Olmedo, de 80 años. Ocupa un banco de hormigón y mira fijo hacia la avenida, a lo lejos, intentando distinguir si aparece el colectivo. No revisa el teléfono ni conversa. Solo espera. “Es terrible. Estoy esperando mi colectivo hace dos horas. Viví muchas veces esto. Entiendo que protesten porque es la única manera, pero siempre los afectados somos la gente”, dice a LA NACION. Debe viajar a Liniers para cuidar a sus nietos. Su hija trabaja como empleada doméstica y, según le explicó la noche anterior, si no se presenta le descuentan el día. “Yo tengo que ir sí o sí”, repite. Cuando habla de los chicos, la voz se le quiebra y los ojos se le humedecen. Luego, al volver sobre el paro, el gesto cambia: “Siempre la pagamos los mismos”. A pocos metros, Tomás —prefiere no dar su apellido— y Priscila Quiroga esperan otro colectivo. No hay gente en las paradas de adelante ni en las de atrás. Ella trabaja en un restaurante; él, en un centro de salud. Sabían del paro por comentarios familiares. “Hacen paro por cualquier cosa”, dice Tomás. Priscila lo cuestiona de inmediato. “¿Por cualquier cosa? A mi papá lo echaron, tiene 61 años. ¿Creés que es fácil conseguir trabajo? Y encima con esta reforma...”, responde sin dudar. Le pregunta si sabe de qué trata el proyecto. Él admite que solo vio algunos videos en redes sociales. “Entonces no podés decir que es por cualquier cosa”, retruca ella. El colectivo llega y la conversación se interrumpe. Es el primero de dos que deben tomar para llegar al centro. Suben apurados: ya están llegando tarde. Un patrullero circula con lentitud por los alrededores de la estación de Moreno. Dos policías descienden, barren con la mirada el escaso movimiento de la zona y, tras comprobar que no hay incidentes, vuelven a subir para retirarse a los pocos minutos. No hay cortes de calle ni concentraciones; solo una estación silenciosa que deja al desnudo el impacto de la medida. En ese escenario de persianas bajas y locales que decidieron no arriesgarse, Hugo Díaz acomoda la mercadería de su kiosco, uno de los pocos que desafía la quietud del jueves. Mientras limpia un mostrador que hoy recibe clientes a cuentagotas, Hugo explica su decisión: “El país lo sacamos adelante trabajando. Yo tengo que llevarle el plato de comida a mis tres hijos”. Para él, la política es un ruido lejano que termina impactando de forma directa en su economía diaria. “La verdad no sé por qué paran, no me gustan las noticias; pero lo que veo es que lo hacen por cualquier cosa y la factura no la pago yo, la pagan mis hijos”, comenta a este medio. En la estación de Moreno, donde la rutina suele ser sinónimo de movimiento constante, el paro se percibe en lo que no ocurre: no hay trenes entrando, no hay andenes llenos, no hay corridas contra el reloj. La recorrida continúa hacia la Ciudad de Buenos Aires. Llegar a Capital Llegar a Capital fue lento, casi arrastrado por la cantidad de autos que intentaban suplir lo que el tren no ofrecía. Las avenidas aparecían cargadas, con filas interminables de vehículos y bocinas aisladas que rompían la mañana gris. En la Ciudad de Buenos Aires predominaban los autos. Algunas paradas de colectivos estaban vacías; otras, saturadas. Circulaban algunas líneas —principalmente de DOTA—, pero no alcanzaban para absorber la demanda que había dejado el ferrocarril detenido. En Liniers la escena cambiaba de ritmo pero no de clima. Las vías estaban quietas, extendidas como una promesa suspendida. En el andén, el cartel azul que indicaba “Liniers” permanecía inmóvil frente a rieles desiertos. No había trenes, no había altoparlantes anunciando arribos, no había corridas. Solo el sonido lejano del tránsito y el murmullo de quienes se acercaban a preguntar. A pocos metros, el paso a nivel permanecía abierto, pero sin la urgencia que imponía el cruce de una formación. Dos hombres se asomaron hacia la estación, miraron las vías vacías y preguntaron por qué no había trenes. “Hay paro”, les gritó alguien desde la vereda. “Pero nadie avisó, ¿y ahora cómo hacemos?”, respondió uno, mientras empezaban a consultar a otros pasajeros que esperaban en las paradas. Las paradas de colectivos mostraban dos postales distintas: algunas vacías, otras con filas que serpenteaban sobre la vereda. Un cartel indicaba las líneas 136, 153 y 163. “Hay demoras”, repetían quienes esperaban el 163. De pronto, sonaron campanas ferroviarias. Por un segundo, varias miradas se iluminaron, pero enseguida volvieron a la resignación: sabían que ese tren, por hoy, no iba a llegar. Yanina, vecina de Villa Celina, contó que su colectivo estaba entre los que se adherían al paro, por eso tuvo que tomar dos y esperar el tercero, que se encontraba demorado. Eran las 8 y era la hora en la que debería haber estado entrando al trabajo. “Mi jefa lo entiende porque todas venimos de afuera, pero me preocupa. Sabía que había paro y por eso me organicé un poco, rogaba que se levantara, pero no”, dijo resignada a este medio. Ricardo Labo llevaba una hora esperando. Ya sabía que llegaría tarde. “Entiendo el reclamo, todos tenemos derecho a protestar, pero las demoras de los colectivos nos complican más. Si al menos hubiera más frecuencia...”, expresó a este medio, intentando equilibrar su postura entre el apoyo al paro y el malestar por la falta de alternativas. Laura Domínguez, visiblemente enojada, se manifestó en contra de la medida y a favor de la reforma. Contó que ya iba por su segundo colectivo y que el primero la dejó a mitad de camino. “Así no se puede trabajar ni organizar la vida. Son unos vagos, arruinan el país”, sostuvo. Lucas, en cambio, defendió el paro y se mostró en contra de la reforma. Dijo que prefería perder un día antes que resignar derechos laborales. “Si no se hace sentir ahora, después es peor”, afirmó. Mientras tanto, unos vendedores de pan, chipá y tortas fritas caminaban por la zona de la estación. Ante la ausencia de pasajeros en los andenes, decidieron regalar parte de sus productos. “Hoy no hay nadie del lado del tren”, comentaron. La escena resumía la jornada: rieles vacíos, colectivos colmados y una ciudad que, aun en paro, seguía buscando la manera de moverse. Durante la jornada, gremios del transporte como Ugatt, la CATT, La Fraternidad, la Unión Ferroviaria y la UTA confirmaron su adhesión, lo que explicó la interrupción de trenes y la circulación reducida de colectivos. Los metrodelegados anunciaron paro total de subte y Premetro. APLA anticipó su participación y Aerolíneas Argentinas informó la cancelación de 255 vuelos, con más de 31.000 pasajeros afectados. También adhirieron la Asociación Bancaria, Camioneros, ATE y otros sindicatos, con impacto desigual según la actividad. En salud, las guardias y urgencias se autorregularon. Las persianas bajas dominaron la postal en la estación de Once. En los accesos laterales y en los locales internos, el metal gris reemplazó al movimiento habitual de pasajeros. La Policía se mantuvo ubicada en distintos puntos, recorriendo los ingresos y observando una escena inusual para una terminal que suele desbordar de gente en hora pico. Sobre la calle Bartolomé Mitre, la parada de colectivos apareció mayormente vacía. Dos o tres personas esperaban en silencio, mirando a lo lejos cada vez que se acercaba un vehículo. El flujo era intermitente y la incertidumbre marcaba el pulso. “Tuve que pagar 25 mil pesos para un micro que me trajera de Moreno hasta acá. Me enteré ayer y lo primero que dije fue: son unos hdp, dicen que piensan en los trabajadores, pero yo no soy millonaria. Ahora estoy esperando hace media hora un colectivo que me lleve a Constitución. Pensé que el subte funcionaba y no. ¿Qué me afecta a mí? Esto me afecta el paro”, comentó a este medio Sonia Ponce, con el teléfono en la mano y la mirada fija en la avenida. A pocos metros, sentado sobre el borde de la parada y atento a cualquier colectivo que apareciera, Miguel Romero sostuvo una postura distinta. “La reforma laboral pretende quitarnos los derechos que durante décadas las y los trabajadores conquistamos. Esta reforma no solo va a profundizar la precariedad, el pluriempleo y la baja de nuestros salarios, sino que no va a garantizarles plenos derechos a quienes hoy están en la informalidad”, expresó. En