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Para la historia: Portobello es otro magnífico retrato de la Italia moderna con la firma de Marco Bellocchio

2026-03-03 - 22:03

Portobello (Italia-Francia/2025). Director y showrunner: Marco Bellocchio. Autores: Marco Bellocchio, Stefano Bises, Peppe Fiori y Giordana Mari. Fotografía: Francesco Di Giacomo. Música: Teho Teardo. Edición: Francesca Calvelli. Elenco: Fabrizio Gifuni, Lino Musella, Barbora Bolubova, Alessandro Preziosi, Romana Maggiora Vergano, Gennaro Apicella. Disponible en HBO Max. Nuestra opinión: excelente. Llegada desde un país que no suele ocupar los primeros planos cuando hablamos de ficciones disponibles en plataformas de streaming, Portobello ya es la primera gran serie de 2026 y muy probablemente una de las mejores de este año. Además de estar brillantemente concebida, dirigida e interpretada, Portobello debería funcionar, gracias a su presencia en el catálogo de HBO Max, como puerta de entrada a la obra de Marco Bellocchio, el último gran maestro del cine italiano. A los 86 años, Bellocchio mantiene su admirable energía, la precisión narrativa y la mano maestra de siempre para recorrer con espíritu provocador algunos episodios decisivos de la historia italiana pasada y contemporánea. No hay quien le quite a uno de los grandes realizadores del cine europeo del último medio siglo una empecinada voluntad para sostener sus temas de siempre, más allá de modas y tendencias fugaces. La obsesión de Bellocchio siempre fue el poder. La extensión de esta serie (seis episodios estrenados a razón de uno por semana, cada viernes) le permite aproximarse de una manera mucho más meticulosa a esa observación, que en el caso de Portobello parece hecha a través del lente preciso de un microscopio. Estamos ante la segunda experiencia en formato de serie para Bellocchio, que se interesó por este formato de manera tardía, pero con excelentes resultados. Su primera serie, Esterno notte (2022), todavía inédita en la Argentina, se asoma al conmocionante episodio del secuestro y asesinato en 1978 del dirigente democristiano Aldo Moro (figura fundamental de la política italiana en la segunda mitad del siglo XX), perpetrado por el grupo terrorista de ultraizquierda Brigadas Rojas. Un año antes, en 1977, aparece en la programación de RAI, la emisora pública de la televisión italiana, el ciclo que le da título a la nueva serie de Bellocchio. Portobello es un varieté semanal de 90 minutos que se convirtió muy pronto en un éxito de audiencia colosal gracias a un puñado de secciones de inmensa popularidad: un espacio para que los inventores muestren sus creaciones, otro destinado al encuentro entre hombres y mujeres en busca de afecto y la posibilidad de encontrar pareja (al estilo de ciclos locales de la época como Corazones solitarios y Yo me quiero casar, ¿y usted?) y un tercer segmento (el más emotivo de todos y antecesor de nuestro Gente que busca gente) que propicia el reencuentro de personas unidas por lazos de sangre o de amistad que perdieron todo contacto durante años o inclusive décadas. Su conductor, Enzo Tortora, se convirtió desde allí en el más celebrado de los animadores italianos gracias al tono amable, sencillo y familiar con el que abordaba cada momento del programa. Hacía sentir a sus invitados, gente común y corriente llegada para mostrar su talento, mitigar penas o recibir pequeños homenajes como las personas más importantes del mundo. Uno de los muchos aciertos de la serie es la reconstrucción de aquella TV que agigantaba en la pantalla la modestia de un despliegue que parecía a la distancia hecho casi de cartón: en un estudio de escasas dimensiones, dos modestas gradas con público y una pequeña orquesta en vivo entraba toda la Italia de entonces. Ese pequeño circo, armado por Bellocchio con sutileza y paciencia, se irá convirtiendo en un teatro del absurdo. No en vano utilizará Tortora esa imagen poco después de quedar detenido en 1983 (y en el apogeo de su carrera televisiva) luego de que un “arrepentido” de la temible Nueva Camorra Organizada, dirigida por el mafioso napolitano Raffaelle Cutolo, acusara a Tortora de formar parte de ese grupo. Bellocchio utiliza ese episodio, hacia atrás y hacia adelante, para volver a sus temas preferidos con una precisión narrativa fuera de lo común, algo habitual en su obra. De nuevo queda puesta la lupa en los comportamientos, casi siempre intencionados, desconcertantes, hipócritas, mendaces o directamente cómicos, de las instituciones que supuestamente representan a la ley. Hay mucho más: filosos apuntes sobre el veleidoso comportamiento de los medios y de cierta opinión pública dispuesta a ser manipulada por ellos, observaciones sobre la familia, la política, la religión (atenuada aquí en comparación con otros trabajos previos del realizador) y el crimen organizado, tolerado en el ejercicio de sus aterradoras prácticas por una sociedad que parece haber perdido el sentido del equilibrio y se acostumbra (o se resigna) a convertir los rituales de su imaginario colectivo en situaciones insólitas o incoherentes. Tortora, a quien Bellocchio observa con mirada humanista, es una de sus víctimas. Portobello se disfruta todavía más al comprobar cómo Bellocchio arma con talento de verdadero orfebre toda esta realidad (con algunos toques casi mágicos como la máscara de Carnaval que enfrenta al desconcertado Tortora mientras entona un clásico de la canción napolitana) como si fuera un gran rompecabezas. Aprovecha una reconstrucción de época impecable y el notable aporte de un elenco extraordinario en el que sobresalen Fabrizio Gifuni como el estoico Tortora y Lino Musiella como el mafioso “arrepentido” de conducta casi patológica que propicia el equívoco. Todo funciona a la perfección en otra creación de Bellocchio sobre la historia moderna de Italia, escrita para la historia de las grandes series.

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