“Pajarito” Suárez Mason, la intimidad de uno de los más brutales jefes de la dictadura
2026-03-15 - 05:13
Febrero de 1999. Camino al primer encuentro, tomó agua bendita. Fue la forma que encontró para darse coraje antes de entrevistar a Carlos Guillermo Suárez Mason, uno de los hombres más poderosos y oscuros de la última dictadura militar. Gustavo Sammartino caminaba despacio, desde su trabajo en la radio hasta el departamento de Recoleta donde lo esperaba un personaje al que todavía rodeaban el silencio, el miedo y una impunidad casi intacta. Antes de tocar el timbre, se detuvo en la iglesia San Nicolás de Bari. Rezó. Pensó lo que iba a preguntar. Trató de ordenar sus ideas. Sabía que no iba a una entrevista más: se metería en la intimidad de un hombre que había comandado una parte central de la maquinaria represiva y que, sin embargo, lo recibiría a la hora del té, con masitas recién salidas del horno, como un rey envejecido en su propia cueva. El apodo por el que lo conocía el país era “pajarito”, pero en su casa le decían “Cacho”. Así lo llamaba su esposa, Lita, la madre de sus cuatro hijos. Entre ese primer encuentro y el último, en 2005, hubo muchos otros. Fueron más de cuarenta horas de conversaciones. El clima de esas entrevistas fue, desde el principio, una mezcla de tensión, curiosidad y perturbación. La primera vez hubo custodios, un intento de requisa, un aire espeso, de ceremonia y amenaza. Sammartino recuerda que tuvo miedo, aunque después la charla encontrara zonas inesperadas de confianza: el fútbol, la terminología militar, ciertos códigos masculinos. Pero nada de eso borraba lo esencial: del otro lado estaba Suárez Mason, autoritario, cínico, a veces cordial, otras brutal, siempre convencido de haber hecho lo que debía hacer. Durante seis años, ese vínculo ambiguo -hecho de paciencia, repulsión y obsesión- le permitió al periodista entrar donde nadie más había entrado: a la intimidad de un hombre que jamás se arrepintió. -¿Quién fue Carlos Guillermo Suárez Mason? -En lo que a mí respecta, por indicios, por datos que él dio y por la experiencia que tuve de haber estado con él durante años, no tengo ninguna duda de que fue la cabeza, o por lo menos el representante máximo, de quienes aplicaron los métodos de represión durante la dictadura. Y digo esto incluso dejando de lado a los tres miembros de la primera Junta militar: Videla, Massera y Agosti. Su función era decisiva. A él siempre gustaba de llamarse “el cuarto”. -¿El cuarto? -Yo tardé en entenderlo. Hasta que un día, casi riéndose, me lo aclaró: “el cuarto, después de los tres de la Junta”. Pero hacía una salvedad: decía que ellos ocupaban un cargo político y que él no. “Yo no ocupo un cargo político. Mi cargo es militar y estoy a cargo de una zona militar”, decía. Entre 1975 y 1979, Suárez Mason fue comandante del I Cuerpo del Ejército, con base en Palermo. Llegó a ser el responsable del control y funcionamiento de alrededor de 60 centros clandestinos de detención y de tortura. Fue imputado por la justicia argentina por más de 630 delitos: secuestros, tormentos, homicidios, desaparición de personas y robos de bebés. Con el correr de los años se lo señalaría también como ladrón, corrupto y estafador por fraude a la administración pública en su tiempo como interventor de YPF y hasta responsable de una enorme maniobra con nafta adulterada. -¿Y él reconocía ese poder? -Sí, aunque siempre buscaba una excusa o una cobertura. Más allá de que lo reconociera explícitamente o no, hacia el final empezó a relatar cosas. No te digo “confesiones”, porque no lo decía en tono confesional. Era otra cosa: a veces se le escapaba, a veces lo insinuaba, a veces lo decía con naturalidad, en medio de la charla. Por ejemplo, yo lo atosigaba bastante con el tema del robo de bebés, sobre todo por la causa 450. Cada vez que quería llevarlo a eso, él se excusaba. Decía: “No fue un plan sistemático. No me venga con lo del plan sistemático”. -Antes de hablar de la causa de robo de bebés, ¿cómo fue su formación dentro del Ejército? -Cuando cuenta su vida, la arranca en 1951. Siendo muy joven, se engancha del lado de Menéndez, de la línea de los “duros”, su palo político era más bien filorradical, con afinidad hacia ciertos sectores del radicalismo, pero sobre todo identificado con un antiperonismo muy fuerte. Él participa en la sublevación del 51, los agarran, pero él logra escaparse, con la ayuda de algunos contactos radicales va a Entre Ríos y de ahí cruza a Uruguay. Ya estaba casado y tenía hijos. Se instala en Uruguay y rehace su vida: trabaja de camionero, transporta combustible y se olvida del Ejército por un tiempo. -¿Cuándo regresó? -Después, con una amnistía y con la intervención de familiares y de militares que lo conocían, logra volver a la fuerza. Reingresa como si nada hubiera pasado. Y ahí hace carrera. En momento quiso dejar el Ejército, porque le había tomado el gustito a la vida civil, pero un superior lo presionó para que siguiera. En la etapa de capitán se define mucho: si hacés la Escuela de Guerra, seguís en carrera hacia el generalato; si no, quedás limitado. Él la hizo, le fue bien y siguió creciendo. -¿Cómo era su mirada política? -Era un militar duro. Muy duro. Antiperonista de un modo visceral. Hablaba de Evita con un desprecio brutal, usaba palabras muy agresivas. De Perón reconocía alguna capacidad militar, pero enseguida decía que lo había degradado todo por “las mujeres”, por lo que él consideraba una degradación moral de la familia militar. Sentía que Perón, con Evita y con todo lo que representaba, había degradado el mundo social y simbólico del Ejército. -Durante la dictadura, ¿cuál fue su lugar? -Todo el poder. En lo que era su zona, tenía todo el poder. No rendía cuentas en el detalle de la ejecución. Por eso se excusaba en las órdenes recibidas: decía que a él le daban una orden general y que él la hacía cumplir. El problema es cómo se cumplía, quién la cumplía y con qué consecuencias. Cuando yo lo llevaba al tema de torturas, secuestros o robo de bebés, volvía siempre a lo mismo: “Estábamos en guerra”. Decía que había que exterminar la subversión, aunque admitía que en la metodología se desvirtuaba todo. También descargaba parte de la responsabilidad hacia abajo, en la policía o en subordinados, como si los “excesos” hubieran sido desviaciones en la ejecución. Pero él sabía perfectamente que esas cosas pasaban. Lo sabía. Incluso a veces lo graficaba con una frase terrible: “Si abrían la heladera y se llevaban el jamón que había, yo no voy a ir sobre eso”. O sea, daba a entender que sabía que ocurrían abusos, robos, apropiaciones, pero que para él lo importante era que se cumpliera el objetivo general. -¿Cómo era su relación con Videla y con la Junta? -Para él, la Junta era una cosa y él era otra. Consideraba que Videla había sido la opción elegida por una cuestión de jerarquía, de orden de mérito, de capacidad para comunicar, cierta imagen pública: hombre de familia, católico, serio, correcto. Pero Suárez Mason se sentía de una línea más dura. De hecho, él decía que en una reunión de generales, cuando se discutía la sucesión de Videla, el electo por los duros había sido él. Ahí estaban los Menéndez, Bussi, Suárez Mason. Pero Videla vetó esa opción y terminó imponiéndose Viola. Suárez Mason estaba convencido de que debía haber sido el sucesor de Videla y, por lo tanto, presidente. -¿Suarez Mason era religioso? -Él decía que era marianista, pero a mí no me consta. Y me hablaba mucho de la Virgen de San Nicolás, pero yo jamás vi una imagen en su casa. -Uno de los temas más fuertes del libro es la apropiación de bebés durante la dictadura, que en ese momento aparecía en la llamada causa 450. ¿Qué dijo Suárez Mason al respecto? -Ahí se ponía especialmente incómodo. Era un tema permanente: yo se lo buscaba siempre, trataba de llevarlo ahí. Pero él nunca lo asumía del modo en que públicamente se lo nombraba. Lo que más le molestaba era la palabra “sistemático”. Eso lo negaba. Decía que era una construcción de la prensa. Ahora, negar lo “sistemático” no significaba negar que hubiera existido. Él nunca lo negaba del todo: lo relativizaba, lo deformaba o lo justificaba. Sí reconocía que había habido casos, pero los explicaba desde su lugar jerárquico. Decía que él emitía órdenes y que abajo había subordinados, abajo tropa, abajo ejecución. El objetivo era cumplir la orden: ir a buscar a fulano, aniquilar una célula, dar con un grupo. Y después, todo lo demás —el primo, la tía, la hermana, la embarazada, lo que ocurriera en el medio— lo colocaba en una zona de desborde, como si ya escapara a su control. Se amparaba en la lógica militar: el general ordena y los de abajo ejecutan. Decía que era imposible controlar todo y que, a ese nivel, esas cosas se le iban de las manos. Incluso decía que muchos policías “se iban mucho de mambo”, pero lo decía casi en un tono administrativo, como quien habla de excesos en la ejecución. Al mismo tiempo, hablaba de “las subversivas embarazadas”, decía que algunas cambiaban de bando e insinuaba relaciones entre personas de “bandos opuestos”, como si de ahí hubieran nacido bebés “en beneficio de la causa”. Nunca lo decía de forma lineal, pero se movía en ese terreno. Y cuando yo lo apretaba con eso, se ponía mucho más duro. Hubo un momento clave, una frase espontánea sobre un bebé, que a mí me quedó grabada y que terminó siendo central en todo este proceso. Ahí fue cuando, para mí, cruzó un límite. -“Si lo contás, te mato”, la amenaza que dio nombre a su libro, ¿cómo fue exactamente ese momento? -Eso se da en una reunión en la que el vínculo ya venía muy entonado. Cuando digo “entonado” quiero decir que ya existía una confianza rara: chicanas, fútbol, actualidad, pequeños rituales. Había días en que, si lo veía bien, le buscaba temas de actualidad para sacarle algo. Si lo veía duro o repetitivo, lo llevaba al fútbol para quebrar la situación. Ese día veníamos en ese tono. Yo incluso había llegado tarde porque venía de hacer un documental en la escuela de cine. Se lo cuento. Él me manda a buscar pizza, como tantas veces hacía para moverme, para marcar jerarquía. Fui, compré, volvimos a seguir hablando. Era una escena completamente extraña: yo ahí, con la pizza, con él y con la mujer entrando y saliendo, como si fuese una sobremesa rara en la casa de un tipo que había sido uno de los hombres más poderosos de la represión. En un momento sale el tema de la causa por robo de bebés. Él venía de hablar con abogados. Y ahí usa una palabra: “colaboré”. Me dijo que colaboró en entregarle un bebé al hermano de un sacerdote amigo. -¿Y cómo reaccionaste? -Por primera vez reaccioné distinto. Yo hasta entonces nunca lo había enfrentado en esos términos. Estábamos sentados en unos sillones y me levanté y lo señalé. Le dije algo así como: “Bueno, general, si usted ayudó con un bebé, si colaboró en darle un bebé a otra persona, entonces usted robó un bebé”. Y eso no le gustó nada. Se paró también. Se avivó de que había dicho algo que no debía. Me quiso corregir: “No, no, yo te dije que colaboré en darle un bebé”. Y yo le insistí: “Bueno, si lo dio y no era suyo, lo robó”. Entonces él, en esa réplica, suelta la frase: “Bueno, ¿qué quiere que le diga? Si quiere le digo que robé. Robé un bebé para Dios”. Esa fue la frase. -¿Qué pasó inmediatamente después? -Yo me quedé helado. Él se me puso muy cerca. No hizo un movimiento físico agresivo, pero sí me trabó el paso. Era ancho, robusto, de mi altura. Se me paró adelante, muy serio. Yo hice un movimiento para correrme y salir por otro costado. Ahí apareció la mujer. Ella salió de atrás, evidentemente estaba escuchando o espiando. Se me acercó y me agarró de atrás. Me dijo: “Sammartino, por favor, quédese. Está nervioso, está preocupado. Por favor, no diga nada”. Yo seguí hacia la puerta. Y cuando estaba saliendo, él me gritó desde atrás: “Sí lo contás, te mato”. -¿Y la historia terminó ahí? -No. Después hubo una situación rara. La mujer me llamó con la excusa de que él estaba mal, preocupado, y que yo era el único con el que se desahogaba. Fui a verlo. Pero cuando llegué sentí que la reunión estaba armada. La charla venía forzada. En un momento suena un teléfono y lo escucho hablar bajo, como dando indicaciones. Ahí me di cuenta de que estaban esperando a alguien. Después entendí que querían que aparecieran abogados delante mío. Cuando percibí eso me levanté y me fui. -¿Te volvió a decir algo en ese momento? -Sí, cuando me levanté y me fui volvió a putearme y a repetir la amenaza. Pero la verdad es que yo nunca tomé la amenaza como algo real. Lo que me había quedado dando vueltas era lo otro: lo que había dicho del bebé. -¿Qué hiciste con eso que habías escuchado? -Lo que hacía siempre. Yo salía de su casa y caminaba unas cuadras. Me sentaba en