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Núremberg, el juicio del siglo: un sólido duelo actoral en un drama histórico que no arriesga demasiado

2026-03-26 - 03:11

Núremberg: el juicio del siglo (Nuremberg, Estados Unidos, Hungría/2025). Dirección: James Vanderbilt. Guion: James Vanderbilt. Fotografía: Dariusz Wolski. Música: Brian Tyler. Edición: Tom Eagles. Elenco: Rami Malek, Russell Crowe, Michael Shannon, Leo Woodall, John Slattery, Richard E. Grant, Colin Hanks, Wrenn Schmidt, Andreas Pietschmann, Lotte Verbeek, Lydia Peckham, Dieter Riesle. Duración: 148 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 13 años con reservas. Distribuidora: Diamond Films. Nuestra opinión: buena. El punto de partida histórico de Núremberg es lo suficientemente conocido como para no detenerse demasiado en él: en los días posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, con el horror de los campos de concentración en carne viva, las naciones aliadas vencedoras se propusieron llevar a juicio a los jerarcas nazis detrás de los crímenes. La condición previa e ineludible (y aquí sí entramos de lleno en la historia que propone la película del director y guionista, James Vanderbilt) fue la de constatar el estado mental de los acusados. Para ello se contrató al psiquiatra del ejército, Douglas Kelley (Rami Malek), quien se focalizó especialmente en Hermann Göring (Russell Crowe), primero en la línea de poder de la estructura nazi, luego de la muerte de Hitler. El film se concentra en la relación entre Kelley y Göring, los interrogatorios en la celda, las charlas en las que el exjerarca nazi exhibe carisma, manipulación y una lealtad intacta al Führer, mientras el psiquiatra intenta entender si está frente a un monstruo único o ante un producto extremo de un sistema nefasto. Es decir, no se habla de otra cosa que de la banalidad del mal, concepto que se acuñaría años después, en torno a otra figura del régimen nazi: Adolf Eichmann. Así, la película plantea un juego en espejo, de parte de dos mentes muy diferentes, pero brillantes. El guion se detiene en paralelismos tendientes a un choque de egos representado en la soberbia de Göring, a quien “ningún hombre pudo vencer”, y Kelley, quien se entrega al desafío intelectual, mientras busca la aprobación de sus superiores y se enfrenta a las contradicciones de su rol. Se suma una subtrama menos esbozada, que sigue al juez de la Corte Suprema Robert H. Jackson (Michael Shannon) en la creación de una estrategia que sentaría jurisprudencia a nivel global, pero no aporta demasiado al conjunto. Rami Malek construye un Kelley contenido, obsesivo, más incómodo con su propio sentir que con los horrores que tiene delante. Mientras que el jerarca nazi de Russell Crowe mezcla la decadencia física del prisionero con una postura que no abandona nunca el tono de estadista. No es un personaje simpático, pero sí fascinante: manipulador, orgulloso, dispuesto a usar la culpa de los demás como arma. Este resulta ser uno de los puntos más logrados de Núremberg, cuando el espectador se descubre siguiendo con interés a alguien cuya ideología aborrece, en consonancia con lo que le sucede al psiquiatra. El trabajo de ambos actores está a la altura del desafío. Al concentrarse en la relación de ambos -Núremberg está basada en el libro El nazi y el psiquiatra, de Jack El-Hai-, la trama simplifica en exceso las alternativas del juicio. En pos de suplir esta falta, y de aportar el contexto necesario para darle al hecho histórico el peso específico que merece, se suman una serie de momentos y situaciones que van de lo didáctico a lo expositivo; lo que, en lugar de favorecer, conspira contra cualquier carnadura dramática. Hilando fino, incluso se desaprovecha la mímesis entre el destino de Göring y el de Kelley, eco de los dilemas planteados, en pos de un cierre más convencional y menos interesante. Núremberg es una película funcional, entregada a la historia que quiere contar, sin demasiada preocupación por arriesgar un punto de vista o profundizar en los pormenores del denominado “juicio del siglo”. ¿Cumple? Sí, pero esa falta de riesgo lleva a que deje gusto a poco; algo que, considerando su duración, que alcanza las dos horas y media, termina siendo un fallo, más que una decisión virtuosa.

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