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Milei en el Congreso: otra interpretación

2026-03-04 - 03:23

Hubo dos interpretaciones sobre el áspero discurso de Javier Milei el domingo pasado en la apertura de sesiones. La primera decía que el enfrentamiento constante con el bloque peronista y la izquierda fue una estrategia premeditada del Presidente, para mantener vivo al kirchnerismo y bloquear el surgimiento de otras opciones políticas. La segunda, más un juicio que una interpretación, decía que los insultos y los agravios de Milei revelaban una personalidad autoritaria, que no entendía los requerimientos de una ocasión tan formal. Estoy en desacuerdo con ambas interpretaciones. Sobre la primera hay que aclarar que, para quienes miramos el evento desde nuestras casas, los gritos de los legisladores sin micrófono se escuchan bajitos, pero en el recinto son atronadores. Es difícil mantener la concentración cuando te están diciendo de todo constantemente. En 2019 estuve ahí, porque trabajaba en jefatura de gabinete y había contribuido a la redacción del discurso, y Mauricio Macri lo intentó: habló por encima de los alaridos constantes (recuerdo a Agustín Rossi enajenado, rojo como un tomate) hasta que finalmente se salió del guion. “Los gritos, los insultos, no hablan de mí, hablan de ustedes, señores”, dijo. El domingo pasado el estruendo tiene que haber sido similar, pero Milei, con otra personalidad que la de Macri, eligió responder y burlarse y ponerse en el mismo nivel de Grabois, Bregman, Germán Martínez y tantos otros. Lo ayudaba, además, un contexto político distinto: un peronismo más débil que el de hace siete años y un bloque propio más dado a festejar sus goles como una hinchada. Pero marco el contraste entre los chispazos y las palabras leídas (típicas de todo 1o de marzo: repaso de hitos, marcada de rumbo, algo de mística) para decir que, en mi opinión, Milei no llegó con la idea de dedicar tanto tiempo al toma y daca sino que simplemente se encontró la oportunidad y la aprovechó. Si la bancada opositora si hubiera quedado callada, como debería ser la norma, el discurso habría durado la mitad y Milei habría llegado a tiempo a cenar a Olivos. Sobre la segunda interpretación recuerdo también la experiencia de 2019. La apertura de sesiones del Congreso debería ser una ocasión formal de nuestra democracia y no un intercambio de chicanas tipo Intratables. No es ideal que el Presidente dedique medio discurso a reírse de personas que no vemos ni escuchamos. Pero también siento que Milei se siente autorizado a hacer lo que hizo. Por dos razones. La primera es el parlante insufrible de trotskistas y kirchneristas, que se prendió en el minuto uno y no se apagó más. Si ellos no respetan las formas de la democracia, habrá sentido Milei, por qué tengo que hacerlo yo. Y la segunda razón es que los incentivos de nuestra democracia a portarse bien son bajos, porque el sistema reclama institucionalidad pero no la premia. Si no ganás nada portándote bien, porque te lo valoran mil años más tarde (o nunca) y portarte mal no tiene castigo (ni hace siete años ni ahora la conducta opositora en el recinto ha sido señalada), entonces Milei tiene incentivos y legitimidad para transformar la apertura de sesiones en un acto de standup. Es una tarea del sistema, siempre severo con los políticos pero jamás consigo mismo, crear incentivos para que los políticos prefieran no avanzar, en nombre de un bien mayor, sobre lo que no está prohibido. Por último: el Gobierno insiste contra el kirchnerismo no porque lo quiera vivo sino porque dejarlo atrás es su principal promesa, sobre todo para los votantes de la segunda vuelta de 2023 que ahora son (no todos) parte de su coalición. Mientras lo más visible del peronismo siga repitiendo sus eslóganes y conductas de esta última década, exasperante en su actitud e impopular en sus ideas, Milei lo tendrá fácil. Editor general de la revista Seúl

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