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Martina Pavia, la nieta de los creadores de Caro Cuore que se dedica a la alta costura nupcial

2026-03-21 - 06:10

En el luminoso atelier del Palacio Alcorta, Martina Pavia trabaja en silencio. Dos máquinas de coser marcan el pulso de los distintos espacios cargados de recuerdos familiares mientras que, en los percheros, los vestidos de novia se muestran suspendidos. Todo lo hace ella: dibuja, corta, prueba, ajusta, vuelve a empezar. No hay atajos ni delegación. Hay oficio. En ese espacio conviven, también, los ecos de una historia mayor: la de sus abuelos, Adolfo y Rosita Drescher, fundadores de Caro Cuore, la emblemática marca de lencería que marcó a generaciones de mujeres y llegó a tener más de medio centenar de locales en el país y presencia internacional. Una empresa que supo construir identidad y marcar una época. Pero Martina no heredó el negocio sino otra cosa, más intangible. Una manera de mirar la prenda, de entender el cuerpo. Rosita, el alma mater del imperio que construyó junto a su marido, la observa con orgullo. “Hay un corpiño que hizo cuando recién empezaba a coser... No puedo explicar la belleza. Y nadie le había enseñado nada. Creo que inconscientemente nos estaba mostrando que quería seguir ese camino y que podía hacerlo”, recuerda. En ese gesto temprano, Rosita reconoce algo más que habilidad. “Tiene una capacidad enorme. Vale la pena verla trabajar: hace todo, desde el dibujo hasta la moldería. Lo hace de una manera extraordinaria, con una calma admirable. Nunca la vas a ver nerviosa”. Martina escucha esas palabras como quien recibe un legado. Su estilo es como su carácter: sereno, preciso, íntimamente alegre. “Me gustan los vestidos que dicen desde su arquitectura, que construyen una identidad”, explica. Trabaja las telas y las transforma, como a las novias que viste. Martina escucha esas palabras como quien recibe un legado. Su estilo es como su carácter: sereno, preciso, profundamente pensado, e íntimamente alegre. “Me gustan los vestidos que dicen desde su arquitectura, que construyen una identidad”, explica. Trabaja las telas y las transforma, como a las novias que viste. -Venís de una familia muy ligada a la moda. ¿Por qué elegiste este camino? -Siento que fue algo muy natural. Ni siquiera lo pensé tanto. Desde chica siempre estaba creando, armando ropa con lo que encontraba. Jugaba a disfrazarme, pero no era solo el juego: era inventar algo nuevo. Seguramente lo vi en mi familia, pero nunca me lo impusieron. Cuando tuve que elegir qué estudiar, fui directo a Diseño de Indumentaria en la UBA. No hubo duda. -¿Cuál es tu primer recuerdo ligado a la costura? -Mi hermana Catalina tenía unas muñecas grandes, las famosas American Dolls, que venían con ropa. Para mí el juego era hacerles vestidos con retazos que encontraba. Cosía a mano, con lo que había: telas, papel, cartones, bolsas. Nadie me enseñó. Después pedí una máquina de coser para un cumpleaños. Primero fue de juguete, después una de verdad. Ahí ya no paré. -Tu formación tiene varias etapas. ¿Qué te dio cada una? -La UBA me dio una base muy fuerte en lo conceptual y lo técnico. Parsons [escuela de diseño ubicada en Nueva York] fue otra cosa: más contacto con los materiales, con las telas, con la moldería, con el hacer. Y el posgrado en Barcelona fue clave porque me especialicé en vestidos de novia y ceremonia. Estar ahí fue muy importante porque Barcelona es una de las capitales de la moda nupcial. Todos los años se hace una Fashion Week dedicada exclusivamente a casamientos, así que era una oportunidad única para ver desfiles, interactuar con otros diseñadores y marcas, y también trabajar en un atelier. Todo eso me terminó de confirmar que ese era mi lugar. El vestido más impresionante que hice fue justamente en esa etapa. Tenía un trabajo muy detallado, muy artesanal, ganó un premio y quedó expuesto en

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