Marita Ballesteros: el recuerdo de su marido, sus años en la aerolínea Austral y por qué rechazó filmar con Olmedo y Porcel
2026-03-05 - 22:03
Marita Ballesteros siempre hace lo que dice que va a hacer. De jovencita no pensaba ser actriz, trabajaba en aeroparque y viajaba bastante hasta que ganó un concurso de Mujer Maravilla que le cambió el panorama. Desde entonces vive de la actuación y dice que puede hacerlo porque nunca tuvo que mantener a nadie y porque es austera y se da pequeños gustos que la hacen feliz. Ballesteros volvió al teatro con Lo que se pierde se tiene para siempre, que en esta tercera temporada puede verse todos los jueves a las 20, en el teatro Astros. De eso habla en una charla con LA NACION, y también de sus aprendizajes, del paso del tiempo, de los mandatos que rompió y de algunos recuerdos que le regaló su oficio. -Del off a calle Corrientes. No muchas obras tienen ese recorrido. -Estábamos en Dumont 4040 y pasamos a calle Corrientes, es verdad. Y estoy feliz por varias razones. Primero porque me encanta lo humano del elenco, que es una maravilla. Tenemos una gran química con Sofía Gala, Camila Alfonsín y Enrique Amido, y con la directora, Anahí Berneri. Y eso es lotería, porque vos vas a trabajar y no sabés si la química existe o no. Y además me encanta la obra y mi personaje es soñado, porque es una persona que está medio ida, que se ha quedado anclada en el pasado, en los recuerdos. -Es totalmente opuesta a vos, que varias veces contaste que ni siquiera guardás recuerdos... -Me encanta hacer personajes opuestos. Y además pedí salir con una peluca blanca y sin una gota de pintura. En la vida soy coqueta y me maquillo desde que me levanto hasta que me acuesto, pero en mi trabajo hago lo que al personaje le sirve mejor. Es una obra dura y hermosa al mismo tiempo que habla de los vínculos familiares y cuenta la historia de una hija que nace después de la muerte de un hermano. Más allá de la historia, la obra habla del apego. Y, en realidad, me parece que uno empieza a estar mucho más contento cuando necesita menos cosas, cuando tiene muchísimos menos apegos, porque al final de la vida hasta tenés que dejar el cuerpo. Más desapego que eso no hay. No soy una persona nostálgica y no me interesa estar apegada al pasado. -¿Fue uno de tus aprendizajes? -En la medida que va pasando la vida, aprendés muchas cosas de tus cruces y podés cambiar otras hasta el último minuto. Nunca me interesaron mucho las cosas, y por eso no conservo recuerdos. Me interesan las personas. -Mucha gente guarda un anillito de la madre, un pañuelito de la abuela... -No soy esa persona. Porque para mí lo más importante de la vida es la persona. No me sirve tener una bufanda o un anillo de alguien que ya no está. Es más, cuando pierdo alguna cosa me parece que fue hasta ahí que tenía que estar conmigo. Lo único que guardo es el álbum de fotos de mi casamiento, porque una amiga me dijo que no lo diera. Pero lo tengo guardado y no lo miro nunca. Siento que mi marido (el médico psiquiatra Julio Laurindo, fallecido en 2015) fue una bendición en mi vida, que me ensanchó el alma. Y está ahí, adentro mío, y no en un objeto. De todas maneras, no cuestiono a nadie y si a alguien le sirve ir al cementerio o quedarse con cosas de la persona amada o no tocar la habitación por cien años, me parece bien. Jamás opinaría sobre eso. -Esta obra habla también de la crueldad de la vejez, ¿cómo te llevás vos con el paso del tiempo? -El paso del tiempo no me gusta. La vejez es una edad sumamente difícil en muchos aspectos. Yo agradezco mil cosas porque si me muero ahora, dentro de un ratito, me voy mejor de lo que vine. Pero no es una edad fácil. Para nada. Y no hablo solamente de la belleza. Se te van muriendo seres queridos, amigos. Cuando sintonizo el canal Volver veo que hay muchos actores con los que trabajé qué ya no están. Al mismo tiempo también sé que la edad te da cosas muy buenas. Por ejemplo, la serenidad. Igual no es una edad que me guste. -¿Tenés otros proyectos para este año? -No. Yo nunca tengo planes. -¿No te da ansiedad saber qué viene después? -Ahora está bastante calmada mi ansiedad. Tuve la suerte de no tener que mantener a nadie en mi vida. No mantuve hijos porque no tuve, y no mantuve a mis padres. Me gusta mucho la palabra austeridad. Y ser austero no es ser amarrete. Tengo lo que necesito y me doy gustos chiquitos. Me gusta estar con la gente, salir con mis amigos y no comprarme ropa todo el tiempo o viajar. Y eso que he viajado un montón porque antes de ser actriz trabajaba en Austral Líneas Aéreas y me daban pasajes con descuento que aprovechaba. -¿Qué hacías? -Hacía Pasajes en el aeroparque, llevaba a los pasajeros hasta el avión. Tenía uniforme y todo. Trabajé más de siete años y viajé mucho. Era más barato ir a las Islas Canarias que a Mar del Plata. De todas maneras viajo, y siempre que puedo voy a Londres a ver a mi sobrina. Y antes fui maestra y ejercí dos años como maestra jardinera. -¿Y cuándo fuiste la Mujer Maravilla? -(Risas) Ya tenía 28 años para entonces y había una diferencia de edad con las otras chicas del concurso. Me anotó un fotógrafo. Yo me peinaba en Recoleta, en una peluquería llamada Pigal, y un día vino un fotógrafo y me sacó una foto de cara. O sea que ni siquiera salí en traje de baño. Me entusiasmé y quería ganar porque los premios eran fabulosos: pasajes a Estados Unidos, vestuarios completos. Ya para entonces me picaba un poquito el bichito de la actuación, aunque nunca había estudiado. Lo hice después y con muchos profesores. -Uno de los premios era hacer una película con Olmedo y Porcel y lo rechazaste... -Sí, porque no quería ir por el lado sexy. Elegí hacer un espectáculo infantil. Después trabajé con Porcel en una película para chicos en la que tengo una sola escena que fue espantosa, porque yo estaba con los pelos tipo Farrah Fawcett (risas). Porcel viajaba en avión cuando yo trabajaba en Austral y me decía: “Vos tendrías que trabajar en televisión”. En ese momento yo me sentía rellenita y le contestaba: “Yo no puedo trabajar en televisión porque soy gorda”. A Porcel. Y no me daba cuenta. Una pavada, porque podés ser actriz sin importar cómo es tu cuerpo, claro. Pero en ese momento yo tenía 21 años. Desde entonces vivo de mi profesión. Nunca tiro manteca al techo, pero tampoco pensé que íbamos a llegar a un momento como el que vivimos, casi sin ficción. De todas maneras, me gustan los cambios. Me parece que con el tiempo te das cuenta que quizá también fue bueno; tal vez por alguna enseñanza, o para desapegarte. -¿Cuál fue el mejor personaje que hiciste? -Me gustó muchísimo la mala de Amanda y Eduardo, de Discépolo, que hice en el Teatro San Martín con dirección de Roberto Villanueva. Era una madre que prostituía a su hijo. Tenía textos maravillosos. Nunca vivo un personaje como bueno o como malo porque te metés en lo que piensa y siente; jamás criticaría a un personaje, pero si me preguntás cuál fue la más mala puedo decir que fue esa. –¿Y en televisión? –En televisión me gustó mucho el que hice en Valientes. Era una alcohólica a la que Arnaldo André maltrataba. Era genial. Hacíamos 40 puntos de rating. También recuerdo con mucho cariño mi personaje de Como pan caliente. Le tengo un gran agradecimiento a este ambiente actoral porque me han ayudado mucho. Siempre fueron muy amables conmigo, no sufrí maltratos ni acosos ni nada. También es cierto que era más grande que el resto y empecé protagonizando gracias a un concurso que gané. Estuvimos dos años con la novela Aprender a vivir, con Aldo Pastur, Luis Luque y Gustavo Garzón. Todos salimos de un concurso en el que se presentaron 800 personas y ganamos 9. Yo tenía 31 años en ese momento. -Hace diez años enviudaste. ¿Volviste a enamorarte? -No, no. Tampoco me interesa en lo más mínimo. Como decía la amorosa China Zorrila, la edad es un cambio de gustos para mí. Y en esta edad tengo otro gusto. El amor está en mi vida todo el tiempo, pero no el amor de pareja. Amo a mi hermana, a mis cinco sobrinos y 19 sobrinos nietos. Tengo mucha onda con los chicos, aunque nunca quise ser mamá. No creo para nada que te completes con la maternidad. -Rompiste varios mandatos... -Es cierto. Rompí muchos mandatos porque era lo que me tocaba. Tampoco quería casarme. Después lo elegí de grande porque era un amor tan grande el que tuvimos con Julio. Él tampoco se había casado aunque había convivido, y en cambio yo tuve parejas pero no conviví hasta mis 52 años. Y él tampoco tenía hijos.