Lo rescató enfermo, los veterinarios sugirieron la eutanasia pero una corazonada lo mantuvo con vida: “Dejalo una semana más”
2026-03-26 - 06:10
Ese recorrido formaba parte de la adaptación al barrio donde se habían mudado ese mayo de 2024. Recién llegado a Barranquilla, en Colombia, Juan Pizzaferri y su esposa comenzaron a ir a un supermercado que quedaba a unas diez cuadras del departamento donde se habían instalado. “Habíamos ido apenas un par de veces cuando, un viernes por la noche y casi a la hora de cerrar, noté un gato en la puerta pidiendo comida”, recuerda Juan Pizzaferri. Por lo que pudo ver en su interacción con los empleados y con el señor que cuidaba los autos, en la zona ya lo conocían. Le decían “el gato coleto”, un término propio de la costa colombiana para referirse a los gatos sin hogar. A simple vista no notó nada demasiado extraño. Solo le llamó la atención su color blanco predominante en el torso. En plena autopista, saltó de un camión en movimiento pero nadie imaginó lo que protegía: “Arriesgó todo por la libertad” —¡Mirá! Un gato blanquito, le dijo a su esposa. —Blanquito no... mugroso pobre, ella respondió. Tenía razón. Estaba extremadamente sucio y, además, muy flaco. Entró al supermercado, compró un sobre de comida y al salir se lo dejó sobre un cartón en el piso. El gato estaba desesperado por comer, pero algo no estaba bien: trataba de masticar y se le caía casi todo lo que lograba llevarse a la boca. En ese momento apareció un hombre de unos cincuenta años, delgado y de cabello canoso, que parecía conocerlo bien: Don Armando. —No, así no puede comer —dijo. Con paciencia, empezó a aplastar aún más la comida ya húmeda para que quedara casi como una pasta, en la familiaridad de quien lo conocía con cariño. “Esa fue la primera vez que vimos al gato. Desde ese día empecé a buscarlo cada vez que iba al supermercado. A veces incluso aprovechaba la flexibilidad de horarios de mi trabajo remoto para escaparme entre reuniones y ver si estaba por ahí. Hasta que un sábado todo cambió”. Era la víspera de la final de la Copa América 2024 entre Argentina y Colombia. Ese mediodía Juan lo vio otra vez. Estaba tan sucio y flaco (“hasta los huesos” como siempre), pero ahora algo era diferente. “De su boca caía una baba espesa, como clara de huevo, mezclada con sangre. Le compré comida otra vez y la aplasté para que pudiera comer mejor. Pero cuando nos fuimos no pude dejar de pensar en él. Horas después regresé a buscarlo. Ya no estaba”. Habló con el señor que cuidaba los autos, Don Armando, y con uno de los guardias del supermercado. Les pidió un favor: si lo veían, a cualquier hora, necesitaba que le avisaran. “A pesar de lo mal que estaba, yo veía la belleza de ese pequeño animal ya definitivamente enfermo que luchaba por sobrevivir. Me sentí identificado en él, en esas ganas, en esas batallas que libramos invisiblemente hasta que “alguien” ve algo especial en nosotros y hace que algo cambie para que todo cambie. Entonces decidí que ese ser era un “guerrerito” y ya no se llamaría Oreo como había pensado inicialmente, sino Orión. Ese gato ya era un guerrero. Y los guerreros merecen nombres de estrellas". Pasó una semana. Luego dos. Y no hubo noticias del animal. Hasta que un sábado, cerca de las diez de la mañana, Juan finalmente recibió un mensaje de uno de los guardias del supermercado. Era un video. Orión estaba dentro de un cajón de madera de frutas, donde solía esconderse. Flaco, sucio, enfermo, ¡y vivo! Juan corrió a buscarlo. No tuvo problema en agarrarlo y subirlo al auto. Durante todo el trayecto hasta la veterinaria le habló con cariño. El diagnóstico fue devastador. Tenía Virus de Inmunodeficiencia Felina (ViF) y una gingivoestomatitis felina crónica severa que le había llenado la boca de tumores y llagas. Siete veterinarios coincidieron en lo mismo: lo mejor era dormirlo. “No lo deje en la calle de nuevo porque no solo puede contagiar a otros gatitos, sino que sufrirá una muerte horrible aunque usted la pueda romantizar y disfrazar de que es la vida de “aventuras” que tenía antes de conocerlo: solo, desahuciado, muerto de hambre, de sed, seguramente agredido por personas ignorantes y con miedo de su presencia", le advirtieron. Pero Juan no estaba convencido: acababa de sacar al gato de la calle y no iba a darse por vencido tan fácilmente. “Recuerdo dejarle comida de todo tipo para estimular sus deseos de comer. Mi esposa le hacía pollito desmenuzado con caldo y no comía. A veces era un triunfo si había comido la mitad de su plato”. Pasaron algunos días. Poco a poco, Juan dejaba de aferrarse a la posibilidad de cumplir con la promesa que le había hecho al animal de cambiar su vida. “Lloré, lloré, lloré, lo besé mucho y le dije ya resignado a mi esposa: dejalo una semana más para que pasemos tiempo juntos, que me haga sentir que esto valió la pena y que al menos -si bien no habíamos podido aliviarlo, ni menos curarlo- él haya sentido que fue amado”. Y pasó el milagro, pero no en el sentido “mágico” de la palabra sino por la revelación divina de una serie de acontecimientos que permitieron modificar el curso de lo que, parecía, un final sentenciado. “Siempre hay una vez más para quien cree, porque el amor les llega a aquellos que creen. De tanto insistir, él de aguantar hambre, dolor, y vaya a saber que cosas más, apareció una doctora cirujana experta en cirugías de masas tumorales bucales en la ciudad. La visitamos entre la esperanza y la resignación de quien ha hecho casi todo por conseguir lo que busca. Nos dio detalles de lo que iba a suceder: nos contó los riesgos exponenciados por su sida felino y por ende su sistema inmune deprimido”. Valor: 800 dólares. Y había un turno disponible esa misma tarde. “Nos miramos con mi esposa. No pensamos en tarjetas ni en deudas, ni en cómo lo pagaríamos, sino en alimentar la llama de esa nueva esperanza encendida que ya tenía nombre y apellido en las manos de esa doctora”. La cirugía fue durísima. A Orión le extrajeron diez dientes y cauterizaron múltiples tumores con láser. Y, cuando despertó de la anestesia, un video emocionó a todos. Orión estaba comiendo. Con ganas. Por primera vez. Hoy, casi dos años después, Orión vive con Juan y su esposa. Duerme en la cama con sus humanos. “Y a veces, cuando me mira, siento que en su mirada hay una revelación silenciosa: ¿viste? Al final todo valió la pena. Porque cuando uno rescata a un animal tan enfermo y le da otra oportunidad de vivir... en realidad termina rescatándose a uno mismo". 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