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Lo que faltaba: Borges habla sobre el caso Adorni

2026-03-27 - 22:50

Desde hace bastantes días una noticia persevera en las páginas de los diarios, en los noticieros de la radio y la televisión y, cómo no, en las redes bullangueras. Está en competencia atrevida con los ecos de la guerra en el Cercano y Medio Oriente, que tiene al mundo en vilo, y con uno de los temas más relevantes para el porvenir de la Justicia argentina, abierto enhorabuena por la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Ha sido aquella una noticia trabajada en sucesivas etapas con el jefe del Gabinete nacional, Manuel Adorni, y su mujer, Bettina Angeletti, en los papeles protagónicos. Primero, fue porque esta había viajado junto a su esposo en el avión presidencial a Nueva York y Miami con la comitiva de Javier Milei. Sobre el reguero de críticas referidas a la admisibilidad, moral o legal, o ambas a la vez, de que Bettina hubiera ido en aquel vuelo oficial para promover inversiones en la Argentina Week, se sumó, a renglón seguido, otra revelación. Fue también sobre el pantano de la incongruencia entre lo que el gobierno proclama en términos rotundos y lo que hace. La pareja había regresado de sus últimas vacaciones en Punta del Este con pasajes para un vuelo privado pagados por Marcelo Grandio, un productor de la TV Pública, amigo personal de Adorni, Este lo desmintió en una tropezosa conferencia de prensa en la Casa Rosada. De allí a indagar sobre la evolución más reciente del patrimonio de la sociedad conyugal que ambos constituyen hubo apenas un paso. Fue como tirar del hilo de un jersey que regalaron a alguien para el cumpleaños y se terminara por poner en peligro el uso ocasional de la prenda. La fruición del periodismo de investigación, la eficiencia implacable de los instrumentos tecnológicos a su servicio y, acaso, la intervención malévola de algún agente del Estado de los que pululan en las sombras puso datos sensibles al descubierto. A partir de allí se comenzó a indagar sobre la evolución más reciente del patrimonio de la sociedad conyugal, que no es cosa de otro mundo comparada con los capitales acrecidos por la corrupción que asoló al país en el pasado reciente. Conozco Indio Cua. No me imaginó al Chiqui Tapia resignándose a ir los fines de semana a ese lugar. De todas formas, son cuestiones que no podrán eludir el escáner de la Justicia, como en cuanto a la comisión de un supuesto delito de dádivas. El caso Adorni ha marcado un instante especial de tensión en la opinión pública y seguirá opacando por algún tiempo, hasta que las aguas bajen, acontecimientos locales de trascendencia histórica o, en principio, de valor institucional y permanente. Lo ha hecho en disfavor, sin ir más lejos, de la repercusión inmediata que debió haber acompañado en la sociedad, y, sobre todo, entre los juristas más prestigiosos del país, a la acordada de la Corte Suprema de Justicia de mediados de semana. Al fin, el más alto tribunal del país ha propuesto al Consejo de la Magistratura, que preside uno de sus integrantes, Horacio Rosatti, la aprobación de normas destinadas a mejorar sustancialmente la elección de los jueces. Recuerdo, a raíz de este problema que se arrastra desde hace tantos años, cierto editorial de LA NACION de la década de los sesenta, en otros tiempos, claro, y no solo en sentido cronológico, de la Justicia. Decía ese editorial, al examinar el comportamiento inadmisible de un magistrado que terminaría perdiendo el cargo como resultante del juicio político al que lo sometió el Congreso de la Nación, que la Justicia es como un cristal: basta una leve, casi imperceptible quebradura, para comprometer la integridad de la copa. Como extensión de ese viejo símil periodístico con piezas de cristalería, la pregunta de rigor desde hace años sería qué queda de sano de la vajilla entera del Poder Judicial, en particular por lo que a menudo deviene de las decisiones o dilaciones, unas veces tácticas y otras eternas, de la Justicia Federal. ¿Cómo sorprenderse de las conjeturas de si no sería más lógico que algunos magistrados y funcionarios, en lugar presentar currículos, pusieran a la luz pública los prontuarios que con persistencia llamativa construyeron con sus actos y omisiones? Permítaseme una digresión para traer a la memoria a Marguerite Yourcenar. La gran escritora belga por nacimiento y francesa por adopción reflexionaba que una copa evoca el misterio del vacío y la plenitud que ha preocupado, decía, a los chinos por siglos. El continente de la copa puede servir, ironizó, de receptáculo para la ambrosía o el veneno. Cuánto mayor no ha de ser entonces la incertidumbre sobre tan delicado tema cuando lo que está bajo la más grave de las preocupaciones es una porción considerable de las piezas que se hallan inventariadas en Comodoro Py. La consigna de hierro de Harold Ross, célebre editor de The New Yorker, se ceñía a dos palabras cuando las cosas no salían como debían: “Hazlo mejor”. Su fama se había cimentado en una entrega tan profesional a la misión periodística a él confiada que quienes lo observaban decían que lo fiscalizaba invariablemente todo como el capitán que podría chocar, en cualquier momento, el barco contra las rocas. Como diría Ross, la próxima vez que convoques a una conferencia, Antonio, “Hazlo mejor”. Un hombre atacado de tantos lados -incluso desde las propias filas del gobierno, según la primera interpretación pública de Adorni- no estaba precisamente en el mejor momento del dominio de sí mismo para afrontar esta semana una vieja tradición, convertida por este gobierno en curiosidad: las conferencias de prensa en la Casa Rosada. No fue una mañana feliz para quien ha demostrado mayor habilidad de comunicador como vocero del gobierno que como jefe de Gabinete. De modo que con la avalancha de comentarios ulteriores adversos a aquella presentación no debería extrañar que Manuel y Bettina se sientan en relación con las malditas cuestiones materiales que los tienen por ahora de prisioneros como se sentían los cátaros de la Edad Media: barruntando que en el mundo no impera la bondad de Dios, sino la voluntad de un demonio que le había secuestrado secretos. Se los ha examinado a Manuel y Bettina de una manera tan exhaustiva que no hay manera de saber qué más se podría decir por ahora de estos enredos hasta que hable la Justicia. A menos que surgieran, deshilachando aún más el jersey, otras inesperadas novedades. Elevada la cuestión al reino de los cielos solo quedaba por delante al cronista averiguar si alguna voz que bajara desde el más allá tendría algo de valor para aportar al caso Adorni. Que tanta gente y con tal reiteración haya opinado debe percibirse como una radiografía del estado emocional del país o de alguno de sus estadios gravitantes. Apelé, pues, a la fe incipiente en los servicios de la Inteligencia Artificial y obtuve al instante una hipótesis bastante verosímil de lo que Jorge Luis Borges tendría para decir sobre el asunto. Por fortuna el hombre ha precedido siempre a la máquina. No es ocioso dictaminar, desde esa perspectiva, que tal vez la respuesta de la IA ha sido de menor calidad que el cuento policial apócrifo que hace muchos años Conrado Nalé Roxle publicó, atribuyéndolo al autor del Poema de los Dones. Con todo, la versión entregada con la velocidad del rayo por la IA suena a Borges, ¿verdad?; y a un Borges bastante neutral: “El azar, que es otra forma del destino, ha dispuesto que un hombre de palabra veloz habite ahora la circularidad de la noticia. No es la primera vez que la historia —esa red de causas que llamamos política— otorga a un solo individuo la tarea de nombrar la realidad cada mañana, como si el lenguaje fuera capaz de agotar los hechos. Manuel Adorni recorre los pasillos de una casa que es también un museo de sombras, custodiando un atril que parece el centro de un tablero de ajedrez infinito. “Allí, entre el rigor de los mármoles y la impaciencia de los cronistas, el vocero ensaya una esgrima de negaciones y de datos, acaso sabiendo que toda frase es un simulacro y que el tiempo, ese otro gran censor, terminará por borrar las actas de sus conferencias. Lo imaginamos en la soledad de su despacho, frente a una biblioteca que tal vez lo ignora, sospechando que su voz no es suya, sino un eco necesario en la vasta mitología de la historia argentina. Al final, no importa la precisión de los dichos ni la ironía del gesto; importa que, en el laberinto de la función pública, un hombre ha aceptado la condena de ser, para los otros, la única cara de lo invisible”.

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