La violencia verbal y la lección de los hechos
2026-03-07 - 03:13
Pocas veces en la política argentina ha habido un riesgo tan inevitable como ocurre cuando el presidente Javier Milei deja de lado el discurso que lleva escrito para cada ocasión en que debe hablar y da rienda suelta a la improvisación. Cuando eso sucede se arriesga la prestancia que se supone deben revestir las actuaciones públicas del jefe de Estado. Es un asunto igualmente grave por las secuelas que al amparo de una sesión legislativa pueda dejar como ejemplo y, tanto o más aún, como antecedente el grado de demasía verbal en que desbarrancan las palabras de la más alta autoridad política del país. ¿No era, según anunció meses atrás, que iba a prescindir de los insultos? En la apertura del período ordinario de sesiones del Congreso de la Nación, ante la Asamblea Legislativa, el Presidente volvió a incurrir en expresiones de extrema beligerancia ante los diputados de pasado tan frágil y funesto como los del bloque kirchnerista. Extendió esa actitud en la burla hacia empresarios a los que ha tomado para el bullying en un tono más propio de escolares bullangueros que de hombres con el compromiso de conducir seriamente el país. La Asociación Empresaria Argentina (AEA) y la Unión Industrial Argentina (UIA) han contestado de forma más o menos elusiva los improperios del Presidente, pero en términos que de cualquier forma era necesario hacer públicos en defensa de la dignidad institucional y el honor de hombres denostados en la extraña situación dada en el Congreso. AEA aprovechó la oportunidad de la respuesta ineludible a las imputaciones del Presidente para poner de manifiesto lo que significan las empresas privadas como principales responsables de la producción de la mayor parte de los bienes y servicios, de la generación de empleo y de las exportaciones. Destacó los logros más evidentes de este ejercicio presidencial: el equilibrio de las cuentas públicas y la reducción del gasto estatal. Pero advirtió que para seguir avanzando en el proceso de estabilización de la economía “es indispensable un diálogo constructivo y respetuoso entre el Gobierno y el sector privado”, de forma de crear condiciones favorables para la formalización de nuevas inversiones, entre otras cosas. La declaración de la UIA, más tajante que la anterior, aunque morigerada por declaraciones ulteriores de su propio presidente, estuvo enderezada a rechazar cualquier responsabilidad que se le adjudicara en relación con el contexto económico dominante hasta la llegada al poder del actual gobierno nacional. Valoró, como el texto de AEA, los hechos más positivos en materia económica y financiera de los dos últimos años y no dejó duda alguna acerca del objetivo principal de su declaración: “Queremos ser claros: el respeto es condición básica del desarrollo. Respeto hacia quienes producen, invierten y generan empleo en el país”, dijo la entidad representativa del sector industrial. Los diputados y senadores nacionales, tanto de la oposición como del oficialismo, no necesitan ser exacerbados, en su comportamiento ajeno a la mínima compostura esperable de hombres y mujeres con decoro, por las imprudencias y provocaciones verbales de Milei. Algunos de ellos han convertido al Congreso de la Nación en un escenario penoso en que ventilan con sus grescas periódicas la degradación moral y caricaturesca de la Argentina del siglo XXI. En cuanto al Presidente, debería entender y asegurarnos, como proponía José Manuel Estrada, que la mejor lección es la de los hechos. En su discurso ante la Asamblea Legislativa, Milei pregonó “la moral como política de Estado”. No tuvimos la sensación de que la moral restallara de lucimiento esa noche en el Congreso. Preocupan, asimismo, ciertos antecedentes pormenorizados de figuras prontas a encaramarse a nuevas posiciones de poder o entrecruzadas con personajes de avería, como profesionales o lo que fuere, de anteriores administraciones peronistas. Algunos de estos se hallan imputados por conductas delictivas en casos todavía vivos en la memoria de los argentinos o reactualizados por escándalos de la naturaleza de los que sacuden a la Asociación del Fútbol Argentino. Cualquier política que se precie de consistente y sustentada en principios morales debería prescindir de agravios y desmanes que solo encienden descreimiento y escepticismo. Estar a la altura de las responsabilidades que impone una jefatura de Estado demanda no solo ser, sino también parecer.