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La selección sin Finalissima y el deporte inflado con su mecenas bajo la guerra

2026-03-18 - 10:51

En Doha, sede frustrada de La Finalissima entre Argentina y España, las alarmas en los teléfonos celulares (que a veces asustan más que las propias explosiones) dan instrucciones precisas cada vez que llegan los misiles. Cómo actuar según uno esté en la calle o en casa. Dónde refugiarse. Mantener la calma. Cuidar a los ancianos. No agobiar a los niños. El último lunes, Irán lanzó 14 misiles. Explotó solo uno y en una zona despoblada. En el elegante barrio La Perla, las aguas del Golfo Arábigo ostentaban durante el Mundial los megayates de los ricachones. Ahora vuelan misiles que son interceptados por los sistemas Patriot. El estruendo de la explosión submarina asusta. No hay pánico. Pero sí un sonido continuo de misiles. Lanzados e interceptados. Era imposible jugar en Qatar. La cancelación definitiva de La Finalissima fue decisión argentina. Esta vez celosa de los reglamentos, la AFA consideró que el Bernabéu, nueva sede elegida por la UEFA, no era un estadio neutral. El supuesto temor de Claudio “Chiqui” Tapia de sufrir un improbable arresto en Madrid, citado livianamente en diversos informes, sonó a simple chicana, en medio, sí, de la difícil situación judicial y hostigamiento del gobierno que atraviesa el presidente de la AFA. Pero tampoco la selección luce fresca, entre lesionados, baja forma, veteranía, poco recambio y una competencia previa casi nula, un combo difícil a menos de 90 días del Mundial. La Finalissima en Doha quedó definitivamente arruinada a partir del 28 de febrero. Ese día, misiles iraníes impactaron contra un Toyota desocupado en pleno “Barrio Argentino”, pueblo mundialista de “Muchachos”. También cayeron restos de misiles cerca del estadio Lusail, escenario original de La Finalissima, que ya había vendido sus casi 90.000 boletos. La zona fue evacuada. “El máximo daño que sufrió el estadio”, me dice un colega qatarí desde Doha, “fue la suspensión del partido”. Cuatro días después, restos de drones suicidas impactaron y provocaron incendio y evacuación en Aramco, una de las instalaciones de procesamiento y exportación de petróleo más grandes del mundo, en Arabia Saudita. Aramco es gran patrocinadora de la Fórmula 1, que debió suspender sus carreras en Bahrein y Arabia Saudita (Qatar suspendió el MotoGP). Además del golf y otros deportes, Aramco también es sponsor de la FIFA. Es una de las caras centrales del nuevo dinero del Golfo que infló en la última década el negocio del deporte. Argentina y España iban a cobrar 11 millones de dólares cada uno por La Finalissima. Lavado de imagen, a través del deporte, de las monarquías autocráticas del Golfo. Sus dineros controlan directamente a Federaciones mundiales, compran eventos, clubes y cracks. Pero es una economía hoy en crisis. El deporte ya está avisado. PSG (Qatar), el más grande de los nuevos Clubes-Estado que compró el Golfo en Europa, teme problemas en su contrato de 70 millones de euros por temporada con Qatar Airways y busca achicar su dependencia de Qatar Sports Investments (QSI) a través de un fondo de Estados Unidos. Lo mismo está haciendo el Manchester City de Pep Guardiola, dominador de la Premier League en la última década y que depende del dinero de Abu Dhabi, así como Newcastle, y la remodelación de su estadio, dependen de PIF, el fondo soberano de Arabia Saudita. Difícil que los eventuales nuevos socios, que acaso no precisan lavar imagen, paguen las cifras infladas de los patrocinadores del Golfo, que aseguraron fichajes y salarios millonarios. Arsenal, posible nuevo campeón de la Premier, tiene estadio y camiseta que dicen Emirates. La aerolínea es el gran brazo inversor de Dubai. Viste también las camisetas de Real Madrid, Milan, Olympique Lyon y Benfica, y patrocina, entre otros, tenis, golf, rugby y padel. Emirates hoy sufre la guerra. Se triplicaron los boletos aéreos. Y, pese a sus notables rebajas, se vaciaron las playas y hoteles VIP de Palm Jumeirah, la isla artificial con forma de palmera en Dubai, un paraíso turístico con villas de lujo y un rompeolas circular de once kilómetros. Las poblaciones del Golfo, sus monarquías millonarias, sus turistas y sus trabajadores migrantes, se creyeron siempre “excluídos” de la crisis eterna de Medio Oriente. Los primeros misiles, los encierros como en pandemia, bancos, escuelas y oficinas cerradas, calles vacías, provocaron angustia inicial. Las defensas antiaéreas repelen drones y misiles, pero cuestan fortunas, además de las pérdidas que provoca el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz. El Golfo había asegurado a Teherán que sus bases estadounidenses no serían parte de la guerra. Pero pasaron a ser objetivo de la réplica iraní a los ataques de Estados Unidos e Israel. Y Teherán, aún sacudida, no es la Gaza abandonada. El fastidio en el Golfo no es solo hacia Irán, sino también hacia Donald Trump, socio militar y protector, un aliado ahora incómodo. El señor de la guerra es también el nuevo presidente virtual de la FIFA. Gianni Infantino no solo le dio un Premio de la Paz (“la paz no es un perfume que se esparce sobre la violencia”). También le cedió el poder de decidir quién puede jugar o no el Mundial 2026. Trump cree que el mundo entero debe gratitud a Estados Unidos. No era el caso del fútbol, una cancha con altas y bajas, pero más democrática, y que estaba libre de soccer. Ya no.

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