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La memoria íntima de aquel tiempo oscuro

2026-03-28 - 03:10

Entre las teorías con que se explican los fenómenos sociales –estructuralistas, institucionalistas, culturalistas-, la de la agency o del actor social es la menos reputada, e incluso en ésta predomina el papel de los grandes personajes en detrimento del hombre común. Sin embargo, la memoria individual del ciudadano común, a la que tanto se apela políticamente en la Argentina, puede plantear interrogantes originales si se hace de ella una fuente de estudio fidedigna. La cuestión inicial radica en disociarnos y no dar por sentado que ayer fuimos los mismos que somos hoy. Como en Los miserables, de Victor Hugo, abundan los clásicos que exaltan la empresa de partir de aquellos que fuimos hasta llegar a ser los que somos, pues las circunstancias únicas poseen el poder de moldearnos como un work in progress, de lo que cual deriva el intransferible valor de cada mirada. Resulta de interés para el conocimiento social, entonces, analizar a aquellos que fuimos como partes actoras de una determinada sociedad en un momento dado, lo que puede convertir un íntimo ejercicio de introspección en objeto de estudio provechoso para la comprensión de un período histórico. Sin ir más lejos, el último cuarto de siglo de la historia argentina ha estado dominado por la deliberada intención de transformar en políticas reales las formas de reinterpretar los que fuimos, particularmente en ese escenario de bandos irreductibles de los años 70. Las formas en que los adultos de hoy procesaron los recuerdos de aquellos jóvenes que ayer fueron no puede haber dejado de ejercer una incidencia decisiva en la política reciente, pues el clima de ésta época se definió, precisamente, por una reinterpretación de ese pasado. Se trata de que la memoria pierda esa inocencia preconcebida con que pretenden romantizarse las interpretaciones de aquel período, pues los mecanismos espirituales para verse, juzgarse, condenarse o exonerarse a sí mismo no son tareas fáciles ni inocuas para nuestras frágiles humanidades. El país está saturado de imágenes acerca de la forma en que antiguos líderes se ven en el pasado y aspiran a que los vean hoy; se alienta a los adultos a rescatar ciertos recuerdos y a transferir esas visiones entre los jóvenes con el fin de convertir aquella memoria y esta recreación en una potencia política. El procedimiento que aquí se sugiere, en cambio, es distinto al de evocar un pasado a través de lecturas, tradiciones o militancias. Supone la tarea de percibirse individualmente coautor del destino del país, pues nos domina la propensión a ser indulgentes con nosotros mismos, difuminándonos en el anonimato de los procesos o asociándonos a los sucesos de acuerdo a lo que nos convenga, y hasta amparándonos tanto detrás de las dictaduras como del voto secreto. La historia reciente está emparentada en primer grado con la evocación personal de coordenadas temporales, espaciales y sociales precisas, capaz incluso de irrumpir en la mesa familiar: ¿qué hiciste, Papá, en aquel momento? Así como no existe forma de eludir el pasado, nadie escapa de haber jugado algún rol en la historia. Existen todavía enigmas irresueltos de aquella Argentina, de los que no se ha hablado lo suficiente ni en el propio hogar -como cuando en Alemania existía la regla implícita de que al abuelo no se le preguntara sobre sus vivencias en la Segunda Guerra Mundial porque le era demasiado doloroso-, o aberraciones colectivas que, una vez superados los descargos institucionales, exigen un ejercicio ad hominem de introspección tanto ética como psicológica, es decir, el de una conciencia que pueda dar algún sentido consciente al delirio de aquellos años. El discurrir del tiempo amenaza con perder los últimos testigos, pero también madura un eventual ejercicio de memoria íntima que prescinda de la autojustificación o la autocompasión e invite a una introspección serena, ecuánime y, sobre todo, valiente. Quizá eso permita no repetirnos ad aeternum y ofrecer un balance descarnado de aquel que fuimos para aportar una suma de lecciones personales sobre nuestros aciertos y fracasos, asumiendo la responsabilidad individual frente a la historia colectiva, sin escudarnos detrás de una supuesta autonomía de los acontecimientos históricos.

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