La IA plantea desatendidos problemas filosóficos
2026-03-07 - 03:13
Más allá de que algunos expertos auguran a la inteligencia artificial proyecciones catastróficas e ingobernables, mientras otros vislumbran una sobrevaluada burbuja financiera, lo indiscutible es que plantea un fárrago de cuestiones complejas y de diversa índole que no deben ser confundidas entre sí, aunque sí ordenadas conforme al mismo trilema con que ha venido interpelando al hombre otra tecnología ultra sensible, como es la nuclear. En primer lugar, se trata de un problema técnico-económico, pues sus desarrolladores, siguiendo esa razón, procuran hacerla cada vez más poderosa y redituable, de acuerdo a un criterio instrumental que desdeña las consecuencias últimas de esa expansión, pues cuando esos mogules le asignan miles de millones, lo último que pretenden es que alguien interponga límites a sus sueños descomunales. Por otra parte, estriba en una materia política, pues los Estados -ya sea a través de líderes democráticos o tiranos- aspiran a disputar su dominio con los magnates y con otros Estados. Aquí su razón es, otra vez, instrumental, pues pretenden reunir mayor poder nacional y, eventualmente, personal, pudiendo quedar velados fines inconfesables, a menos que se trate de un desquiciado que, como en las películas, interpreta a Bach en un órgano mientras admite a voz en cuello que su meta es dominar al mundo. Sin embargo, la cuestión más delicada de la IA no responde al orden técnico ni al político, como se supone, pues así como los desarrolladores priorizan desmalezar el camino de su progreso, y los líderes mundiales aspiran a dotar a sus Estados o a sí mismos del máximo poder posible vaya a saber para qué, debería haber quien se ocupe de anteponer el bien del ser humano en su conjunto e indagar en el fin último de esta tecnología, que presenta enigmas que exceden la capacidad e intención de los técnicos y de los políticos. Esta sutil tarea corresponde a pensadores, humanistas, referentes espirituales globales y, por supuesto, a artistas visionarios -como lo fueron Huxley, Orwell, Saint-John Perse o Borges-, que mediante su genial intuición avizoren y alerten acerca de las consecuencias de los indispensables e ineludibles progresos técnicos del ser humano. Estas cuestiones filosóficas son numerosas. Una de ellas consiste en profundizar en la esencia de esta tecnología que, más allá de sus cualidades técnicas, es por definición artificiosa, ficticia, ilusoria y engañosa, pues es de por sí una falsa inteligencia que aspira a ser o hacer creer que es lo que no es -humana-, lo que habilita un debate de esencial gravedad entre su veracidad y su apariencia, lo cierto y lo falso. Otra materia de reflexión radica en su instrumentalidad, esto es, no perder de vista su contingencia, no concederle la forma de un fin en sí mismo, sino de supeditarla a fines superiores. Esto conduce al planteo ético que propone toda creación humana a partir de su doble utilidad como tecnología dual, es decir, su aptitud tanto para el bien como para el mal. Uno de los aspectos de la IA que más perturba a la conciencia mundial estriba en la posibilidad de cobrar voluntad propia, autónoma del hombre, lo cual sugiere un interrogante reflexivo e indelegablemente humano, ya que es imposible que esta tecnología adquiera por sí misma una conciencia, una responsabilidad por quienes no son sus congéneres, ni sentimientos como la curiosidad, la compasión, la solidaridad, la angustia, el asombro o la duda, esto es, los pedernales del filosofar. En consecuencia, el mayor desafío que plantea la IA corresponde a expertos en materias que suelen ser irrelevantes para técnicos y políticos, como las tensiones entre intereses particulares y universales, entre medios y fines, entre la verdad y la falsedad, entre el bien y el mal, entre lo inmanente y lo trascendente, entre lo existencial y lo esencial, entre el apremio y el compromiso intergeneracional, entre el fugaz presente y el infinito futuro. Existen escasas esperanzas de que las varias y poderosas tiranías mundiales atiendan a estos filósofos y sus conclusiones, pero sí, como alguna vez reclamó Kant, que los escuchen los políticos, los técnicos y los ciudadanos de las democracias, aunque incluso en este caso no sería una tarea sencilla, como lo demostró el debate mundial que desató la era nuclear. Más allá del legítimo e imprescindible empeño de los Estados en preservar sus intereses de realpolitik y en acordar formas eficaces de control en la materia, debería existir, en países que no son líderes en el asunto, un especial interés en crear un influyente foro de reflexión a escala global, pues brindaría una forma adicional de vigilar un poder descomunal sobre el cual, de otro modo, no tendrían la menor injerencia, además de que redundaría en una empresa indispensable para la humanidad. Diplomático de carrera y doctor en Ciencias Políticas