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La estancia de casco francés que guarda la historia de un jerarca nazi

2026-03-04 - 03:43

Enigmático, con todos los tonos de verdes, el bosque rodea la cabaña donde vivieron los caseros, otra equipada y restaurada y dos más sobre plataformas de diez metros (las treehouses) con vista a las copas de los eucaliptus. A este conjunto se suma un moderno hostel con 40 “cápsulas” de madera, playroom y un espacio común con cocina, living y quincho. Al otro lado está la pileta, una cancha de fútbol, otra de arena para jugar al vóley y la zona de fogones. Detrás de una secuoya traída de Canadá por un antiguo dueño, se luce un salón con capacidad para 900 personas, el reciente café, una iglesia oficializada por el Obispado de Azul y consagrada a la Medalla Milagrosa, y el hotel boutique con 16 habitaciones estrenado el año pasado. No queda más por hacer, pensamos. Y uno de los anfitriones se anticipa a cualquier comentario: “Aquí apenas si se ha tirado del piolín de la historia”. Una compradora inesperada “No te la puedo tasar, me gusta mucho”, le dijo con franqueza la martillera Claudia Moreno al propietario anterior. Dedicada al negocio inmobiliario por décadas, fue junto a su marido una referencia de la zona. “Me insistió y, por decirle algo, le di un precio bajo y me fui. Seis meses después me llamó. En ese entonces no tenía ni la mitad de la plata, así que junté, pedí, le vendí el auto a mi marido que estaba de viaje, y cerré la operación a los ponchazos. Estaba chocha, porque el día que vine sentí un verdadero flechazo. Me saqué el trajecito, los zapatos, y caminé descalza. Supe al instante que era mi destino”, asegura la actual dueña de Estancia La Elena, ubicada en un predio de 14 hectáreas cercanas al cerro Centinela. La adquisición del casco se hizo en 2007, pero pasarían varios años para iniciar un camino de prosperidad. “Pasó de todo. Principalmente no tenía más plata, y se venían los 15 de mi hija Nina, así que le ofrecí hacer el cumple acá con una carpa en el parque. Fue tal el éxito que arranqué con los eventos”, recuerda. Renombrado Fuente de Alegría, con la idea de transmitir un nuevo espíritu, el negocio tuvo sus vaivenes. “Me dominaba el entusiasmo y salí con todo a la cancha. Invité a Citroën a presentar el C3, a Boca Juniors para su pretemporada. Y así como subí, bajé”, recuerda. Fue recién en pandemia cuando el negocio empezó a redondearse. “Mi marido se había enfermado, y nos pareció bien instalarnos acá y descansar. Ciro, mi hijo más chico, estaba estudiando en Buenos Aires y se vino. También Nina. Así que, con la comodidad de este verde infinito, prácticamente no sentimos el encierro, y surgieron ideas, desde la integración de hospedajes a transformar el bosque en una reserva. Nos hizo bien estar juntos”, recuerda. En uno de esos almuerzos familiares, fue su hijo quien propuso abrir el hostel en el quincho donde antiguamente se guardaban carruajes. “Me convenció. Pero cuando le pregunté qué nombre quería ponerle, me dijo: Elena. Yo no quería saber nada por la historia del nazi, pero pese a su edad, me insistió en que el lugar había nacido con ese nombre, y que la mujer de Bernhardt se llamaba Ellen. De algún modo, debíamos integrar esa historia”, recuerda. Moreno empezó a filmarse caminando por el parque, mostrando el lugar y ofreciendo un servicio de hotelería y festejos en cuotas, desde casamientos a cumpleaños de 15, aniversarios o egresos. Con la apertura turística, el negocio empezó a florecer, mientras crecía el armado del hostel y se restauraba la cocina de leña original de la sala común, se ponía a punto la cabaña de los caseros, y se delineaban otras opciones que maridaban hospedajes con eventos. Ese sistema de cuotas le permitió mantener el predio y empezar a financiar el crecimiento. Todo parecía redondo. “Y perdimos a mi marido. Fue un golpazo...pero a la vez la certeza de que no podía detenerme”, relata Claudia. El tiempo pasó y hoy cuenta con una sólida demanda, sostenida por los agasajos del salón de eventos y, desde hace un año, la incorporación del hotel boutique. La remodelación en etapas Lo primero que compró Moreno al imaginar el hotel fueron las aberturas. Cada mañana se paraba frente a la casona y pensaba cómo añadir habitaciones a la fachada de refinado estilo francés, pero en estado calamitoso. “Tiraba la cadena en los baños y se veían las raíces de los árboles. Acá, o estás al ritmo de la naturaleza o te lleva puesto”, asegura. Durante la construcción perdió casi por completo la vista y, tras meses de recuperación, volvió a la carga con la idea de cumplir pequeños objetivos: los pisos cerámicos, los balcones y hasta un ascensor de época que evocase aquella elegancia perdida. Hizo traer una escalera de una quinta de San Isidro en venta, y estaba atenta a remates, descartes de mobiliario, venta de jarrones. “Tenía arquitecto, plano de obra, todo... pero el proyecto siempre estuvo acá -dice, tocándose la cabeza-. Quería dos laterales que se agregaran como una herradura, dejando el frente en el centro, con las suites totalmente equipadas y ventanales al verde”. Rodeado de amplias galerías, una pileta y el spa holístico, cada detalle del nuevo hotel convive con la naturaleza, que se siente de manera inequívoca al entrar en el bosque. “Aunque vengas al hostel o a la cabaña, esa conexión es nuestro sello distintivo”, sostiene. Conejos, lagartos y hasta un par de llamas que andan por ahí sorprenden a los caminantes, que se pierden entre árboles nativos y también exóticos, traídos por antiguos propietarios desde Europa, Asia y África. “Estamos a minutos del centro y la gente dice que se siente de viaje”, dice Moreno. Propuestas como el ritual de infusiones con lectura guiada en el café (donde también se realizan talleres mensualmente) y paseos a caballo a cargo del adiestrador Marcos Pearson, reconocido por su escuela de equitación para niños, redondean la experiencia. El propietario nazi Al fondo del jardín hay dos inmensos portones de hierro incrustados en el cerco, separados entre sí por pocos metros, como tienen algunos estadios o lugares que precisan requisas. Dan acceso al bosque. Al cruzarlos baja la temperatura, ya que en varios sectores es tan denso el follaje que los rayos del sol se cuelan tímidamente entre álamos, talas, robles y tipas, para dar luz a las matas bajas con helechos, chilcas, romerillos y nasellas, esa cortadera fina bien característica de estas sierras. “Lo que ocurre, en realidad, es que éste era el ingreso a la vieja estancia de Bernhardt, un propietario muy singular cuya historia contamos en los QR colocados al frente de la cabaña de los caseros y en la antigua antena de trasmisión”, explica Moreno. La historia cuenta que Johannes Bernhardt arribó a Tandil a mediados de la década de 1950 desde España, donde fue un estrecho colaborador de Francisco Franco. Aquí vivió 20 años relacionándose con la sociedad y visitando el Viejo Continente a menudo, pese a estar en la lista de personas buscadas por los crímenes del Holocausto. Brazo civil y empresarial del nazismo, fue ascendido a general honorario de la SS por el propio Hitler, un cargo no militar pero que explicaba la importancia de su rol en ambos regímenes. “Una historia increíble que une Europa con las sierras a través de las guerras, y al hombre que murió a los 83 años sin ser detenido ni juzgado”, cuenta la periodista y escritora Mariana Rodríguez, autora de El alemán de la Elena (Editorial UNICEN, 2017), donde relata cómo Bernhardt tomó decisiones que moldearon la historia del siglo XX, y por las que recibió de manos de Franco, entre otros, un cuadro original de El Greco. “Organizó el primer puente aéreo de la historia, dando a Franco la posibilidad de gobernar España por treinta y seis años. Sus actividades económicas permitieron, violando secretamente el pacto de Versalles, el rearme promovido por Hitler, quien declararía la guerra al mundo”, relata Rodríguez. Otro testimonio importante es el de Concepción, conocida como “La Ñata”, casera de los Bernhardt junto a su esposo Eleuterio. A ella se le atribuye uno de los mitos locales: haber visto al alemán y a Perón reunidos en el living del actual hotel. “Ellen Bernhardt fue mi madrina de casamiento. Era muy amable. Solíamos comer paella cada fin de semana”, recordaba. “Entre los empleados que llegaron por aquel entonces, estaba Diego Álvarez, un socialista perseguido por el franquismo que halló en La Elena un interlocutor para debates políticos en las sobremesas dominicales: el propio Bernhardt”, recuerda un artículo del diario El País de España de 2013, y prosigue: “disfrutaba ejercer la esgrima intelectual de situarse en el bando opuesto en la tertulia. Un hombre llano, al que, en la etapa más tranquila de su agitada vida, le gustaba comer con sus trabajadores y escuchar sus inquietudes”. Séptimo en una lista de 104 nazis residentes en España que elaboraron los aliados, y que fue entregada a Franco, los vencedores que reclamaban su captura lo definían así: “General de las SS y presidente de Sofindus, perteneciente al Estado alemán. Responsable del envío clandestino de suministros a las tropas alemanas cercadas en la zona occidental de Francia durante y tras la liberación de ese país”. Sofindus, un gigantesco grupo de 350 empresas, contaba con mineras de hierro y cobre, navieras, agrícolas, aseguradoras, mataderos y bancos, y fue, para el historiador Ángel Viñas, “la pinza de los nazis para explotar y satelizar la economía”. Hacia adelante “Mi abuela tenía restaurante en plena ruta de González Chávez, de donde es originaria mi familia. Lo emprendedor está en las raíces”, dice Moreno, que ahora tiene como meta abrir un restaurante de carta sencilla, pero servicio premium. Además, trabaja a diario en el proyecto de convertir su bosque en reserva. Para ese objetivo, hace unos meses compró el último lote que necesitaba para llegar a la calle Ronca Hue, y recuperar así gran parte del monte que originalmente supo llegar hasta el cerro Leones. “El alemán era un comerciante intrépido, tenía sierras infinitas e hizo un campo de polo, una cancha de golf. Pero, vaya vueltas de la vida, fue el judío Moisés Anan quien le compró todo cuando se fue definitivamente a Europa y lo subdividió. Eso sí fue un negoción, aunque se perdió bosque a lo loco. Ahora nosotros vamos a revivir una linda parte”, asegura. Del acceso troncal de 500 metros (la antigua entrada a la estancia) nacen varios senderos para caminatas, que conducen a espacios tupidos y otros despejados que forman galerías, donde suelen realizarse meditaciones y “baños de bosque”. Casi al final, hay una casita pequeña de ladrillo, la ermita de Santa Clara, en la que los visitantes dejan ofrendas. Pueden verse zorritos, y con suerte, algún gato del monte. Con dos lagunas internas y un arroyo pequeño, ese tesoro verde crece a contramano de recientes adquisiciones serranas de la ciudad, donde el desmonte parece la regla. Los planos del manantial de alimentación -con su capacidad de retención y permanencia de agua en el predio, producto de una evaluación de ingenieros hidráulicos- serán donados al municipio. La idea de Moreno es lograr así el equilibrio anual, incluso para uso recreativo. “Me encantaría que los huéspedes puedan bañarse en las lagunas, y que los animales autóctonos tengan aquí, como nosotros, un verdadero remanso”. Datos útiles Huaruca 2102, Tandil. T: (2494) 552200 IG @estancialaelena

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