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La diseñadora industrial francesa de hoteles que convirtió la narrativa en método y la artesanía en firma

2026-03-22 - 03:10

En el siglo XVIII, cuando el Grand Tour llevaba a los jóvenes europeos a recorrer Italia y el Mediterráneo, los viajeros llenaban cuadernos con dibujos, notas y observaciones antes de regresar a casa. Aquellos diarios eran más que recuerdos: eran una forma de entender los lugares antes de apropiárselos. Dos siglos después, Dorothée Meilichzon trabaja con un método que recuerda, de algún modo, a ese ritual. Antes de diseñar un hotel, investiga su contexto como si preparara un cuaderno de viaje: libros, películas, archivos, historias locales. Solo entonces empieza a dibujar. La diseñadora francesa, fundadora del estudio parisino CHZON, ha hecho de ese proceso su marca distintiva. En lugar de replicar una estética reconocible, cada proyecto nace de un relato específico. Sus hoteles, restaurantes y bares, en más de un centenar en ciudades, que van de Londres y Venecia a Dubái, Seúl o Nueva York, se construyen a partir de esa búsqueda: comprender primero el sitio, su cultura y sus ritmos, para luego traducirlos en materiales, formas y atmósferas. Ese impulso por construir e investigar apareció muy temprano. Nació en las afueras de París y creció en la capital francesa en una familia donde el trabajo era una presencia constante. Su padre, abogado, le transmitió el valor del esfuerzo, mientras que ella prefería pasar horas inventando objetos o armando pequeñas estructuras por su cuenta. “Jugaba mucho sola, construyendo objetos, inventando cosas -recuerda-. Cuando cumplí siete años me regalaron un martillo y una caja de herramientas. Probablemente fue el mejor regalo que recibí en mi vida. Todavía los conservo”. Su infancia también estuvo rodeada de estímulos visuales. Su madre, diseñadora de interiores, la llevaba a Londres para comprar telas y papeles pintados, una experiencia que la familiarizó desde pequeña con las texturas, los patrones y la composición. Pero la vocación tomó forma precisa cuando descubrió el diseño industrial. “Philippe Starck era muy popular a principios de los 90, cuando yo tenía ocho o nueve años”, explica. Poco después leyó el libro de Raymond Loewy La laideur se vend mal (La fealdad no se vende bien) y todo se acomodó: “tenía doce o trece años cuando decidí que quería ser diseñadora industrial, y nunca cambié de idea”, sostiene. Se formó en el Strate College y completó parte de sus estudios en la Rhode Island School of Design. Allí aprendió a pensar cada objeto desde la experiencia del usuario, un principio que más tarde trasladaría al interiorismo. En 2009, con apenas 27 años, fundó en París su propio estudio, iniciando una transición natural hacia el diseño de espacios. “Pasé del desarrollo industrial al interiorismo cuando abrí mi empresa”, explica. Su primer gran encargo fue el Prescription Cocktail Club, un bar en el distrito VI de París que marcó el inicio de su relación con el mundo de la hospitalidad. Desde entonces, su estudio ha desarrollado más de cien proyectos en distintos países, siempre con un mismo punto de partida: entender primero el lugar. “El relato es superimportante -dice-. Tenemos que entender la ciudad en la que estamos, el perfil de los clientes que recibiremos, el barrio, su permanencia en el lugar. Esa es la base para construir la experiencia”. Ese proceso comienza con una investigación exhaustiva. “Leo todos los libros que encuentro, veo películas, muchos documentales, y busco información una y otra vez para entender la cultura local”, cuenta. A partir de allí construye lo que llama la historia del lugar. “Esa narrativa que escribimos al principio con palabras, imágenes y dibujos nos ayuda a mantener el rumbo durante todo el proyecto”, indica. Una precaución necesaria cuando se trabaja en obras que pueden tardar años en completarse. “Necesitamos asegurarnos de que seguimos siendo coherentes y que no nos dejamos influir por las tendencias”, recalca. En ese sentido, Meilichzon evita llegar a un proyecto con una estética preconcebida. “Nunca venimos con ideas preformadas -advierte-. Observamos, escuchamos y después empezamos a dibujar”. El boceto sigue siendo una herramienta central en su proceso creativo. “Dibujo mucho todavía -completa-, y de alguna manera el lugar refleja una parte de mi personalidad y de mi experiencia como amante de los hoteles”. Ese equilibrio entre mirada personal y contexto se traduce en interiores donde conviven materiales nobles, artesanía y referencias culturales específicas. Para materializar cada proyecto, su estudio trabaja con una red de especialistas: mosaístas, carpinteros, ceramistas, tapiceros o pintores de frescos que elaboran piezas únicas. El objetivo es generar una conexión emocional con quienes visitan esos espacios. Crear desde el origen “Lo local es esencial -recalca-. Soy de las personas que viajan para descubrir nuevas culturas. No me gustan los lugares internacionales, el gusto común, los beiges y los grises”. Por eso dedica gran parte del proceso a investigar el entorno. “Es importante dedicar tiempo a elaborar una experiencia local”, reafirma. El tipo de viaje también condiciona el diseño. “La experiencia no es la misma cuando pasás una noche en París por trabajo -ejemplifica-, una semana en Val d’Isère para esquiar, tres semanas en Menorca durante las vacaciones de verano o piensas vivir el resto de tu vida allí”. Esa diferencia influye en decisiones concretas: el tamaño de los armarios, la disposición de los baños, los colores o los materiales. Incluso los restaurantes presentan desafíos particulares. “Son difíciles de diseñar porque deben funcionar para todo tipo de experiencias -indica-, así que tienen que ofrecer diferentes ambientes”. Cuando la estancia es larga, el espacio también debe permitir cierta apropiación. “Deberías poder encontrar tu lugar favorito: la mesa que es tuya durante toda ese tiempo”, propone. La sostenibilidad forma parte de su enfoque desde el inicio. “Siempre ha estado ahí -añade-. Nunca usamos materiales falsos”. Desde el comienzo del estudio trabajan con materias primas naturales como mármol, piedra, cal, roble, pino, nogal, cerámica, lana o lino. Muchos de los desarrollos con los que colabora cuentan con certificaciones ambientales, y actualmente investiga también el uso de materiales reciclados o provenientes de residuos. “El desafío es que en los hoteles, por ejemplo -advierte-, necesitamos materiales muy resistentes, capaces de soportar un uso extremo y procesos de limpieza muy exigentes”. Respecto de las tendencias, distingue entre transformaciones duraderas y modas pasajeras. El auge del bienestar, por ejemplo, le parece una evolución profunda. “El wellness lleva tiempo influyendo en la forma en que diseñamos -aporta-. Los spas, por ejemplo, ya no son una característica adicional, son esenciales, y creo que seguirá siendo así”. En cambio, hay modas que observa con escepticismo. “Hay algunas que no me gustan, como utilizar el arte simplemente como elemento decorativo -expresa-. Para mí debería aportar algo real y estar pensado cuidadosamente. Siento que cada vez se utilizan piezas como si fueran pósters”. Si hay un recurso imprescindible en su proceso creativo, no es un material ni una técnica. “No es un detalle: el tiempo es crucial”, dice. Aunque su equipo pueda dibujar rápidamente, necesita periodos largos de inmersión en cada lugar. Actualmente trabajan en varios proyectos en Portugal, dos de ellos en el Alentejo. “Necesitamos tiempo para entender las particularidades de cada zona y evitar los clichés”, insiste. Esa paciencia responde a una convicción clara: “no quiero duplicar nada -se autoexige-. Quiero crear lugares únicos, y eso requiere mucha investigación”. Esa misma lógica define su idea de lujo. En un mundo donde el término se reinterpreta constantemente, Meilichzon lo vincula con el cuidado del detalle. “La atención a los pormenores y el mobiliario cuidadosamente elaborado pueden crear una experiencia auténtica y de alto nivel”, dice. El futuro del diseño, cree, dependerá cada vez más de la capacidad de ofrecer experiencias significativas. “Esa es la clave -resume-. Las nuevas ideas y la cultura local son esenciales”. En una realidad cada vez más homogéneo, se busca precisamente lo contrario: lugares con identidad. Arquitectos y diseñadores debemos poner mucho de nosotros mismos en los proyectos. La zona de confort se terminó”, concluye.

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