La desventuras de la Generación C
2026-03-25 - 09:10
Es el fetiche de la época. No se puede pasar por listo o informado si no se la menciona en una charla, un currículum vitae o una exposición en público. Y es insoslayable en el mundo corporativo, donde empresas de todo tipo la usan para ganar en eficiencia, velocidad y baja de costos. También lo es en el mundo del trabajo por su potencial de amenaza u oportunidad para el empleo. Hablamos de la inteligencia artificial (IA), con la que ya venimos conviviendo hace rato, pero que a nivel popular se hizo más palpable a partir de los videos que manipulan sonidos o imágenes con el propósito de hacer reír o de engañar, o del creciente uso de motores de búsqueda basados en ella. Una de las evidencias más claras de esa convivencia cotidiana son los chatbots, robots que imitan comportamientos y respuestas humanas, orales o escritas, con su promesa de solución práctica a trámites o tareas no demasiado complejas. A medida que la tecnología se va perfeccionando, organismos públicos, empresas, clubes, colegios y hospitales recurren a mansalva a la IA y reemplazan la atención humana para optimizar el tiempo. Pero, ¿realmente es así? Una simple gestión que sale mal puede convertirse en una tortura. Insumirá horas, o quizás días, corregir la falla. El problemita convertido en problemón. De bot en bot, la vida pasa y la intervención humana se hace desear. A veces, del otro lado aparece alguien de carne y hueso, aparentemente, pero por WhatsApp o correo electrónico. Más virtualidad. La imparable imposición de lo digital está teniendo efectos colaterales que afectan, sobre todo, a los adultos mayores o a las personas con problemas de salud física o mental. Uno de los que advierte siempre sobre esta cuestión es Arturo Pérez Reverte. El escritor español observó, además, que el mundo actual obliga a sumarnos a un entramado cibernético que ni siquiera puede garantizar la seguridad de sus operaciones. Y esto no solo vale para esas franjas vulnerables de la población, sino para todos. Permanentemente nos llegan advertencias, alertas y consejos –a través de notas en los medios de comunicación, charlas con amigos o parientes, correos electrónicos de bancos, compañías de seguros, tarjetas de crédito, organismos públicos, clubes y empresas de servicios públicos–, para evitar las estafas online. Luego está la industria de extracción de datos, que opera de formas más sutiles. ¿Queremos acceder a una promoción? Tenemos que registrarnos; ¿participar en un sorteo?, debemos dar nombre y celular. Pero ahora ni siquiera necesitan seducirnos con algún beneficio económico para que cedamos alegremente nuestra información personal sin saber a dónde terminará. ¿Compramos un celular o un electrodoméstico y queremos el manual de instrucciones? Hay que bajar una app que se queda con nuestros parámetros biométricos. Otro tanto sucederá si deseamos jugar con la IA y hacernos una selfie con nuestro yo del pasado. En octubre pasado recibí cada día, sin excepción, llamadas de números telefónicos que iban cambiando sistemáticamente cada vez que los bloqueaba y denunciaba como spam. A veces, santos y pecadores comparten las fuentes y el modus operandi. Nunca atendí como para comprobar de cuál de los dos casos se trataba. No es el único riesgo de la virtualidad extrema. Aunque primaran las buenas intenciones, un apagón eléctrico de varias horas puede hacer colapsar el funcionamiento de una sociedad moderna con una facilidad alarmante. Quizás dentro de un tiempo nos cataloguen como la Generación C, cobayos de la experimentación con la IA a escala masiva. Ni tan jóvenes como para abrazar la novedad ni tan viejos como para poder ignorarla. Un laboratorio social en el que el ensayo y el error permiten analizar situaciones, estrategias, herramientas, acciones y reacciones para perfeccionar nuevos avances tecnológicos que algún día disfrutarán las generaciones futuras. Nos deben una.