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La desgarradora historia de la duquesa de Devonshire y las similitudes con la vida de Lady Di

2026-03-07 - 02:23

Mucho antes de que el mundo conociera el nombre de Lady Di, otra mujer de su misma familia ya había hecho historia en Reino Unido, dado que había sido considerada un ícono de moda y una de las primeras que incursionaron en la política. Se trató de Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire, una de las figuras más fascinantes de la aristocracia británica del siglo XVIII, quien inspiró una película sobre su vida: La duquesa, protagonizada por Keira Knightley y estrenada en 2008. Georgiana perteneció al mismo linaje de la princesa Diana. Ambas nacieron dentro de la influyente familia Spencer y compartieron no solo el apellido y una posición privilegiada dentro de la sociedad británica, sino también un destino marcado por matrimonios infelices, la exposición pública y decisiones dolorosas que definieron sus vidas. Georgiana Cavendish nació el 7 de junio de 1757 en Althorp House bajo el apellido Spencer. Era hija de John Spencer, primer conde Spencer, y de Margaret Georgiana Poyntz, una pareja perteneciente a la alta aristocracia británica. Desde pequeña, su vida estuvo determinada por las normas de la nobleza de la época para convertirse en una esposa ejemplar. A los 17 años contrajo matrimonio con William Cavendish, quinto duque de Devonshire, uno de los solteros más codiciados y poderosos de Inglaterra, ocho años mayor que ella. Pero aquella boda no fue por amor, sino por una alianza estratégica entre dos de las familias más poderosas del país. Tras la unión, Georgiana asumió rápidamente el rol que la sociedad esperaba de ella. Sin embargo, su matrimonio comenzó a ser un infierno debido a que no podía concebir un primogénito. Durante varios años, la duquesa sufrió múltiples abortos espontáneos, una situación que generó una enorme presión familiar y social. Finalmente, logró dar a luz a dos hijas, pero el esperado heredero varón tardó en llegar. El estrés provocado por esa situación afectó profundamente su salud física y emocional, llevándola a volverse anoréxica, consumir píldoras y gran cantidad de alcohol. Uno de los hechos que más le afectaba era que durante esos años su marido mantenía relaciones extramatrimoniales con otras mujeres de alta alcurnia. El engaño que marcaría para siempre su vida El momento que marcaría para siempre la vida de la duquesa ocurrió en 1782, cuando el matrimonio visitó la ciudad de Bath, uno de los centros sociales más importantes de la época. Allí conocieron a Lady Elizabeth Foster, conocida como Bess, una mujer separada de su marido que atravesaba serios problemas económicos. Conmovida por su situación, la duquesa decidió invitarla a vivir en su casa junto a su familia. Lo que comenzó como un gesto de solidaridad terminó transformándose en una de las relaciones más escandalosas de la aristocracia británica. Con el paso del tiempo, Bess se convirtió en la amante oficial del duque, y la convivencia entre los tres derivó en una dinámica poco convencional para la época. Incluso el duque tuvo dos hijos ilegítimos, mientras vivía bajo el mismo techo que Georgiana. En medio de ese matrimonio marcado por las humillaciones, la duquesa encontró consuelo en un nuevo amor. En 1791 inició una relación con Charles Grey, quien años más tarde se convertiría en el conde Grey y primer ministro británico. Ese mismo año, Georgina descubrió que estaba embarazada de su amante. Al enterarse, el duque de Devonshire le impuso un ultimátum devastador: debía elegir entre renunciar a su amante y al hijo que esperaba o perder para siempre el contacto con sus tres hijos legítimos. Ante esa presión, tomó una decisión dolorosa. En febrero de 1792 nació su hija, Eliza Courtney, pero la duquesa se vio obligada a entregarla a la familia de Grey y alejarse de ella. La trágica historia de la duquesa de Devonshire Tras dos años de exilio, el duque finalmente le permitió regresar a Reino Unido. En el otoño de 1793, Georgiana volvió a Inglaterra y se instaló en Chatsworth House, la histórica residencia de los duques de Devonshire. Sus últimos años de vida los pasó casi desapercibida y el 30 de marzo de 1806, a los 48 años, murió como consecuencia de una afección hepática.

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