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La Casa del Escultor: la aldea mágica donde creó y vivió Roberto Rosas

2026-03-22 - 03:10

Dos años antes de morir, con motivo de una exposición en 2013 en el Espacio Contemporáneo de Arte de Mendoza, el escultor Roberto Rosas expresaba: “Yo elegí el metal y lo domestiqué de tal manera que con él hago lo que se me da la gana. Cualquier objeto o idea que ronda por mi cabeza puede ser transformado en escultura”. Para entonces tenía 73 años y su casa ya era conocida por ser una especie de museo a cielo abierto, con rejas forjadas por sus manos, figuras monumentales, murales, revoques, puertas y ventanas que aún conservan su impronta. Es que desde que se instaló en 1988 en Bermejo, el artista construyó una obra fantástica en la que pudo vivir y crear al mismo tiempo. “Esta es mi casa y mi taller. Quisiera, en un futuro, cuando ya no esté, que siga funcionando, que le sirva a los demás, que sea un espacio para otros escultores”, compartía durante una entrevista en 2010. “Además, no puedo depender de que una galería exhiba mis trabajos quince días al año. Aquí quien pasa por el frente ve las esculturas y si quiere toca el timbre y lo hago pasar”. La Casa del Escultor de Roberto Rosas se ubica en el Carril Mathus Hoyos en un pequeño poblado de pocas veredas, al este de la Ciudad de Mendoza. Sobre una calle cubierta de plátanos centenarios el artista plástico residió durante casi tres décadas con la ilusión compartida junto a otros colegas, como Luis Quesada o César Penin, de que la zona se transformara en un polo cultural. Aunque el sueño quedó débil de convocatoria, el Bermejo aún es refugio de exponentes como Federico Arcidiacono, Laura Valdivieso, Miguel Gandolfo o Acelí Quesada. Cuando Rosas compró el terreno, a fines de los 80, aún quedaban rastros de una antigua finca frutícola y fue el arquitecto Mario Pagés quien planificó la maqueta que el escultor ya había diseñado. Roberto quería un lugar espacioso para trabajar en el que pudiera “dormir, comer y bañarse”. También buscaba sentirse a salvo del ruido cotidiano para sumergirse en una rutina de música clásica, trabajo y método que heredó su hijo Fernando (49), un artista que cambió el metal por el dominio prodigioso de la madera. En el universo de Rosas, los símbolos y las obras aparecen en cada rincón, desde esculturas gigantes a la intemperie y portones labrados con flores, hasta una escalera caracol o una salamandra inspirada en el “Infierno de Dante”. En su cama, en columpios o instalaciones en el exterior como Lecho de amantes”, la filosofía del escultor mendocino se impone. Ingresar a su universo es rodearse de seres silenciosos que habitan una aldea con reglas propias. Un espacio con alma de artista “Mi viejo pensó su casa para que fuera eterna, por eso tiene grandes cantidades de cemento, vigas, columnas y zapatas, para sostener el espacio abierto que constituye gran parte del taller. Mi papá quería un lugar donde pudiera almacenar lo que hacía y producir obra sin tener que preocuparse por cuestiones de tamaño o espacio. Junto al arquitecto, que quiso poner algo de su estilo, lentamente llegaron a una casa de tres columnas y dos portones laterales, uno que funciona como puerta y otro donde puede entrar un camión sin dificultades”, comparte Fernando Rosas, quien trabaja y vive en un terreno contiguo. Antes de mudarse a Bermejo, cerca del Arroyo Lagunita -a donde iba de niño a nadar-, Roberto vivió al fondo de la casa de sus padres. Y cuando al fin se estableció en su espacio propio comenzó a intervenir la posada con una serie de figuras centrales en las columnas del frente. Con el tiempo, la propiedad fue la burbuja precisa para este artista célebre de la provincia. Rostros, manos, nidos y pájaros en chapa batida se mezclaron con medianeras y terminaciones. Es que su casa, apunta su hijo mayor, fue una suerte de lienzo con las ocurrencias de su estructura creativa. “Fue muy apropiado el sitio que eligió, y pensó su espacio como un objeto de arte con fines prácticos y estéticos. Mi viejo decía que podía vivir en un taller pero que no podía trabajar en una casa, entonces la proporción es 80% taller, 20% casa. Por otra parte, tuvo la prudencia de generar una habitación para cuando yo lo visitaba, después me fui quedando más tiempo y finalmente construí mi lugar pegado al suyo. Durante 15 años mi papá fue empleado de una carpintería, además de un constructor maníaco. Salvo una mesada y un aparador, el resto de los muebles fueron hechos e intervenidos por él”, repasa Fernando. Los temas de Roberto Rosas están ligados al ser humano, en cuerpos que parecen del pasado y anécdotas que rescató de otras épocas. “No soy indiferente a la cosa pública, a la cosa diaria, será eso lo que nutre de humanismo a mi obra”, dijo en repetidas ocasiones. A los 14 o 15 años desarrolló una compulsión por el dibujo y la pintura en una familia alejada de la plástica. Fue su hermano, Héctor, quien lo invitó entonces a inscribirse en la Escuela Provincial de Bellas Artes, aunque luego continuó de manera autodidacta. “Yo fui carpintero y jamás se me ocurrió hacer una escultura en madera. Por eso siempre digo: no sé qué ángel anda por ahí, pero hacemos un poco lo que él quiere, porque es caprichoso. Yo no lo veo, pero está”, sostenía. Agregaba tiempo después: “Ahora quiero hacer un gran espantahombres, una escultura inmensa que sirva para que aniden los pájaros. En la medida en que veo el planeta atacado por los humanos me transformo en un ecologista. La escultura es mi arma ideológica y la voy a usar para defender la naturaleza”. View this post on Instagram La pieza se llama Hombre en construcción”, mide más de cinco metros, y está ubicada en el Patio de los Colosos junto a otras siluetas monumentales que pueden verse desde el frente de la casa. Fue hecha para el lugar a fuerza de golpe de martillo y hierro soldado. “Mi obra es pura intuición. Me nutro de ideas almacenadas con motivaciones que me guían. Me gustaría que mi arte provoque emoción y así dejar mi signo como lo han hecho millones de artistas”. Una casa taller abierta al público Fabiana Maza, compañera del artista desde 2000 y madre de su segunda hija, Paloma (23), lo recuerda como un hombre ermitaño, aunque aclara que si la visita le generaba interés podía permanecer horas sentado, con el mate de ida y vuelta sobre la mesa. “En la idea de reflotar el concepto de taller abierto, el desafío fue tremendo y el propio visitante nos marcó la necesidad de conocer algo distinto. Ese es el aporte fundamental que este proyecto le inyecta a la zona”, comenta la mujer a cargo de los encuentros programados. “Hablamos de una casa escultórica porque no solo hay esculturas que rodean el espacio exterior e interior, que son alrededor de 80. Su casa es también una escultura en sí misma. Hemos intentado dejarla lo más parecida posible a cuando él vivía aquí, incluidas sus herramientas”, añade. En el jardín siguen con su balanceo los columpios que compartió con Julio Le Parc durante una visita. “Si vivieras en Europa en 1500 metros cuadrados haciendo lo mismo que aquí serías millonario”, dicen que le dijo el artista más sobresaliente de Mendoza junto con Quino. A lo que Roberto respondió: “Pero entonces no sería yo”. En el registro de Fabiana Maza, más de mil obras de su compañero están repartidas por el mundo y otras son parte del espacio público de la Ciudad de Mendoza: el Memorial de la Bandera frente a la Casa de Gobierno, la Vendimia Indígena en la calle Patricias Mendocinas, el Menorah frente a la Plaza Independencia o un Homenaje a la Mujer en la esquina de Boulogne Sur Mer y Jorge A. Calle. “Roberto era cuidadoso de su mundo solo y eligió el metal como material de trabajo porque resistía a la intemperie. Obsesivo por el arte utilitario, tenía fijación por hacer y mostrar. Con esa lógica queremos continuar con este lugar”, dice la mujer a cargo de la Fundación Rosas para la Escultura desde 2021, una organización no gubernamental creada por el artista en 1999 para difundir y resguardar su patrimonio cultural, apoyar la exposición de otros y realizar visitas guiadas con reserva previa. Recuerdos de una vida mágica El escultor Guillermo Rigattieri era un joven estudiante universitario cuando llegó por primera vez al estudio de Roberto Rosas. La cita formaba parte de un recorrido por talleres que organizaba la Universidad Nacional de Cuyo y la experiencia le resultó “profundamente impactante”. Rememora intacta la reja escultórica que dejaba entrever el patio delantero y también el despliegue de esculturas a gran escala. El frente del espacio y las imágenes en relieve integradas a puertas, cañas, plantas y otros elementos dejaron una huella duradera en la forma en que Guillermo concibió la escultura en metal. “Todo conformaba un universo coherente, casi ritual. Recuerdo el momento en que Roberto salió a recibirnos. Me impresionó muchísimo su presencia, su personalidad y, sobre todo, la coherencia absoluta entre su discurso y lo que estábamos viendo. Había una convicción muy fuerte en él: la certeza de ser escultor, de haber elegido ese camino sin dudas, y de estar construyendo algo con una dirección clara y profunda. Lo que más me marcó fue su vocación. Esa seguridad tranquila, pero firme, de alguien que sabe exactamente quién es y qué está haciendo. Tengo muy presente esa sensación de haberme encontrado con algo distinto, auténtico y profundamente poético”, remarca. Roberto Rosas es considerado uno de los artistas más importantes de la provincia de Mendoza. Algunos lo apodaron “el herrero mágico” por la virtud con la que desarrolló su estilo en piezas emblemáticas, que proyectó a nivel internacional en Estados Unidos, Italia, Alemania, China, Israel o España. Participó de unas 130 exposiciones individuales a nivel nacional y en otros países y obtuvo numerosos premios y reconocimientos. En 1985 fue invitado por el gobierno italiano a Florencia y un año después lo convocaron a la Segunda Bienal de La Habana. También expuso en la Fundación Guayasamín, en 1999. En febrero de 2011 se inauguró en su honor la Escuela No 1745 Escultor Roberto Rosas, en El Bermejo. Es profundo el legado que Fernando Rosas considera que le dejó su padre: que se puede ser artista y vivir del arte y que es posible construir un lugar a la medida de los sueños propios. “Después queda un gran espacio bello donde almacenar y proteger la obra que creó a lo largo de su vida y la posibilidad de abrirla a los demás, que es el principio de la idea museológica. Es un lugar de resguardo, pero además de comunicación, donde otras fuerzas y potencias pueden interactuar. En algún momento quisiera tener un espacio con obra. Su legado es ideológico y biológico, me parece que somos astilla del mismo árbol”. Para el público en general se realizan visitas guiadas con reserva previa a través de IG (lacasadelescultor_), mail visitas@lacasadelescultor.com.ar o la web lacasadelescultor.com.ar

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