La arquitecta que revaloriza el oficio de ebanista con piezas escultóricas y de diseño en madera
2026-03-29 - 03:10
Será que su apellido rima con la materia prima que transforma. Que su talento creativo no tiene techo. O que la sensibilidad se traduce en piezas de madera funcionales y objetos escultóricos. Dolores Mallea, Loli, es arquitecta por la FADU-UBA, ebanista de una exquisitez única que revaloriza el oficio. Su pasión nació con las herramientas, más que por el material, por el taller, el intercambio y la escala. Hoy su recorrido atraviesa paisajes, sus obras brillan en muestras internacionales (México, Milán). Desde su estudio Sur del Cruz, diseña sillas, luminarias, mesas, tótems y objetos con personalidad propia. “Es más rápido convertirse en arquitecta que en carpintera. La madera es una y mil cosas a la vez, asume escalas diferentes, dependiendo si vivís en la ciudad, o en el campo, si hacés luthería, muebles o construcciones”, dispara Mallea (45) desde su búnker en el corazón de Chacarita, un taller–showroom que invita a recorrer desde todos los sentidos. Texturas, sonidos de cepillos y lijadoras en acción y el perfume a maderas de nogal, incienso o eucalipto inundan el local de la Av. Jorge Newbery, frente al cementerio. Desde 2014 allí se pulen, se tornean y se ensamblan las ideas pensadas con las manos. De las micro arquitecturas a la intimidad del gesto artesanal. Loli comparte zona con otros diseñadores (industriales, de objetos, cerámica y más) que armaron un polo creativo en estas calles donde antes solo había galpones y talleres mecánicos. Entre ellos, con Tasio Picollo, diseñador industrial del estudio Ries, y flamante marido. “Hice unos anillos en madera de incienso, luego copié el formato en cera para moldear en bronce. Con este diseño le pregunté a Tasio si se quería casar. Me dijo que si”, dice con alegría Loli. Entre sus proyectos se destacan desde pequeños objetos hasta revestimientos e investigaciones profundas sobre materiales de distintas regiones del país. Como la serie de cepillos de incienso y crines de caballos de Corrientes modelados a mano, sin torno. O los tótems inspirados en los mojones que dividen la tierra, dispersos, en la provincia de Buenos Aires. “Límites invisibles que me llevaron a reflexionar sobre la gestualidad histórica, reinterpretada en nuevos artefactos de demarcación vertical cargados de nuevas subjetividades”, señala. Legado y respeto por las técnicas ancestrales también forman parte de su caja de herramientas, que suele compartir en distintos contextos pedagógicos. Por ejemplo, la Unidad 47 del Penal de San Martín, o el Cranbrook Art Institute, en Detroit, y la Universidad Temuco, en Chile. También, aportó su mirada como consultora para el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en proyectos de vivienda social. Sus piezas se vieron en la Fundación PROA, en el marco de la muestra de Vitra ¡Aquí Estamos! Mujeres en el Diseño 1900-hoy, en Del cielo a casa (en el Malba) y en el Museo de Antropología de Ciudad de México. -¿Cómo surgió tu pasión por el trabajo en madera? ¿Cuál es tu primer recuerdo del contacto con este material? -Fue en el verano de 2010, en el taller de Uhuru en RedHook, Brooklyn. Diseñar muebles, pequeña arquitectura, o escenografías hace que uno pueda construir lo que diseña. En esa época que casi no había redes, no encontré talleres en Buenos Aires, entonces apliqué en Nueva York para unas pasantías. Y descubrí todo a la vez. A la vuelta trabajé en el estudio La Feliz. De Celeste Bernardini (socia junto a Patricio Lix Klett) aprendí lo increíble de producir, hacer gestión y construir. Ella es una máquina. -¿Cuánto influyó en este camino tu infancia en Corrientes? -Mi papá es ingeniero agrónomo. De chica siempre lo acompañaba al campo. Mamá nos mandaba a la escuelita en invierno, al plurigrado rural, que me daba mucha libertad. Ensillábamos y salíamos temprano a vacunar en la manga, recorrer cultivos, revisar a las vaquillonas que iban a parir esa noche. Aprendí cosas que no están en los libros, sino en la observación, en la percepción del cuerpo. Mi papá caminaba horas en los cultivos buscando señales. Sacaba conclusiones de la tierra, las plantas, las plagas, los animales. Con la carpintería pasa algo parecido, un entendimiento del material que se aprende y se anticipa, como un presentimiento, desde las manos. -¿Cómo definirías tu producción, en términos de búsqueda, de morfología e inspiración? -Lo mejor de Sur del Cruz en la Argentina es mi formación en FADU-UBA, un formador de resistencia que me impulsó a la vida laboral sin deuda. Era todo caos la época del 2001 (corralito, recesión). Pero la estrategia de diseñar la práctica, pase lo que pase, vengan los cambios que vengan, me permitió sacar piezas infinitamente desde Sur del Cruz: esculturas, equipamiento comercial, escenografías. El oficio, el conocimiento del hacer, la transmisión y codificación, el rol de algunas piezas en nuestra historia forman parte de mis intereses. Casi nunca pienso en los objetos sino más bien en todo lo anterior. -La revalorización de un oficio ancestral, en tus manos, ¿se vive con naturalidad? ¿Con presión? -No siento presión porque no soy un referente de la ebanistería en sí. No soy una gran carpintera, no tengo un taller con máquinas grandes. Casi todo es manual, en equipo. Por eso hablo en plural: Hacemos, pensamos, construimos. Mi trabajo tiene más que ver con modificar las manos de todos los “sures”. Cuando tengo suerte, esas manos terminan siendo mejores que las mías, y eso es buenísimo, porque entonces tengo más tiempo para pensar cosas nuevas, y confiar en que las manos de taller son sabias. -¿A quiénes definís como tus maestros y referentes? -Los arquitectos del estudio a77, son sabios y generosos. Mi cabeza y todo lo que pienso, está en manos de Alicia Romero y Marcelo Giménez, con quienes estudio arte contemporáneo hace 18 años, les debo entender cómo hacer obra. Mi maestro de ebanistería Germán Plessl, que corrige mis manos en la décima de milímetro. Y colegas con quienes compartimos inquietudes, hablamos de nuestros logros y fracasos. Es importante que el oficio no se viva aislado, porque es un camino demasiado incierto, y está bueno saberse acompañado. -En 2025 desarrollaste la urna del Sargento Cabral, ¿qué parte de la historia te interesa más? -Fue una emoción total, por Corrientes, por la batalla de San Lorenzo. De nuestra historia, soy selectivamente fan de los siglos XVI y XVII (en clave más americana, lo que pasó en los primeros años de cruce, en los primeros virreinatos, anteriores al del Río de la Plata). Ahora analizo la historia desde los objetos, me apasiona la historiografía, más que la historia. Investigo mapas, láminas, leo lo que escribieron las mismas personas que hicieron nuestra historia: Belgrano, la reforma agraria de Artigas, lo que llevaba San Martín cuando cruzó los Andes, los objetos domésticos.