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José Ignacio López. “A Videla lo traicionó la conciencia cuando habló de los desaparecidos”

2026-03-21 - 03:10

Su rostro se hizo conocido como vocero de la presidencia de Raúl Alfonsín en los años ochenta, con la recuperación democrática, pero José Ignacio López ya era para entonces un prestigioso periodista, especializado, entre otros temas, en cuestiones religiosas. Aunque la identidad saldría a luz mucho después, había sido él quien en una conferencia de prensa en 1979, cuando trabajaba para la agencia Noticias Argentinas, le preguntó cara a cara a Jorge Rafael Videla por el destino de los desaparecidos. Nacho López –como lo llaman todos– comenzó a trabajar en la redacción de LA NACION en 1961 y, más tarde, pasó a La Opinión, donde fue testigo como periodista de los primeros años del Proceso. El diario en que trabajaba sufrió la desaparición de uno de sus miembros, Edgardo Sajón, la detención sin proceso de su director, Jacobo Timerman, y, claro está, la presión imperante. En los primeros meses del régimen, a Nacho López le colocaron una bomba en su casa. –¿Cómo es tu recuerdo del día del golpe, el 24 de marzo? –El golpe me agarró en una transición fenomenal. Me había ido de LA NACION unos meses antes, a mediados de 1975, a La Opinión, donde escribía sobre economía. La noticia se conoció bien temprano. Lo que me acuerdo patente es que [el periodista] Heriberto Kahn habló con Videla en la redacción, a la madrugada, para confirmarlo. No era una sorpresa. El golpe estaba más cantado que un gol. La Razón incluso tituló uno o dos días antes anunciándolo. –¿Cómo se vivió después en lo inmediato? –Uno de esos días pasamos a la reunión de editores y cuando vamos a empezar, Jacobo [Timerman] nos dice: “Voy a hacer pasar a una persona que está esperando, pero nosotros vamos a seguir con la reunión normalmente”. Entró entonces un capitán, Corti. Era de la Marina, porque en el golpe se habían compartimentado las funciones entre las fuerzas, y la secretaría de Información Pública estaba a cargo de la Marina. “Bueno, hablemos como siempre, porque yo le quiero mostrar al capitán que acá no hay gato encerrado”, dijo Timerman. Quedaba tácito que estaban haciendo algo. Los métodos de represión estaban claros, aunque no su nivel –¿La censura fue inmediata? –De movida hubo censura abierta de parte del gobierno, después hubo también autocensura y, claro, estaba el procedimiento clandestino de los Grupos de Tareas, todo ese mecanismo que seguía la doctrina de seguridad nacional y la experiencia que habían hecho los franceses en Argelia. –¿Qué se sabía de todo lo que hoy sabemos? Como periodista, ¿qué información había? –La verdad, no se sabía con precisión. Sin tener muy en claro qué estaba pasando, había tenido un par de conversaciones, no solo yo, éramos tres o cuatro, con Videla. También con [el ministro del Interior Albano] Harguindeguy pudimos hablar alguna vez. Te decían que no apelaban a la ley porque ya lo habían intentado en los años anteriores sin resultado. Y que si ponían la pena de muerte, al día siguiente saltarían Estados Unidos, la Iglesia. Quedaba tácito que estaban haciendo algo. Los métodos de represión estaban claros, aunque no su nivel. –En esos primeros meses te pusieron una bomba. –A mí me pusieron la bomba en mi casa, en noviembre del 76. Escribía de economía. Todavía hoy no sé por qué fue, qué había detrás. –En una entrevista previa dijiste que, sin avisártelo, te había salvado Timerman. –Cuando volví de cubrir la asamblea del BID en Cancún, que fue la primera salida internacional de Martínez de Hoz, me lo encuentro un día a Jacobo entrando al diario y al tomar el ascensor me dice: “¿Viajaste alguna vez con tu señora? Vos que escribís de la Iglesia deberías ir a Roma a hacer tus propias fuentes”. Salimos el 10 de noviembre del 76. Y apenas llegamos al hotel había un mensaje suyo, que decía: “Te metieron un petardo en tu casa; están todos bien”. En mi casa habían quedado mis cinco hijos, chicos, con mi mamá. Lo primero que hicimos fue llamar y mi mujer hizo desfilar por teléfono a cada uno. –¿Hablaste con Timerman del tema? –No, nunca. Un poco después me llamaron de la Marina. Querían darme a entender, sin decírmelo, que ellos no habían tenido que ver. En diciembre también, en un coctel del Ejército por Navidad y Año Nuevo, me dieron a entender lo mismo. No averigué más. Solo sabía que la guerrilla no había sido. –¿Tuviste miedo de que se repitiera? –Creo que en esos casos empieza a funcionar un mecanismo de defensa. No te voy a decir que no había miedo alrededor, pero siempre seguí en esa casa, viajaba en el tren a la noche, llegaba tarde, mirando para atrás, pero vivir así se había vuelto común. Por eso te digo, para mí el ejemplo mayor de esta historia es la claridad de Jacobo para haberme sacado, que es algo que recién me esclareció Graciela Mochkofsky cuando escribió su biografía, porque él se lo contó a ella. –El diario sufrió la desaparición de Edgardo Sajón y, después, el secuestro de Timerman. –Fue algo que en el fondo tuvo bastante de interna del gobierno militar, de los que estaban en contra de Videla. El caso Graiver, con el tema de la plata de los montoneros que se supone había manejado, fue la excusa. Nunca supimos bien si Graiver había puesto dinero en el diario. Yo le decía a Jacobo, te van a llevar y él me respondía: “Yo tengo el cepillo de dientes en el bolsillo porque así como entro, salgo”. Eso fue ya en 1977. Le hice la pregunta a Videla valiéndome de la palabra del Papa, que en el Angelus de octubre del 79 había hecho una referencia explícita a la Argentina y Chile, –¿Cómo fue trabajar en esas condiciones, con el director preso sin proceso? –Con Mario Diament tuvimos la experiencia de quedarnos al frente, después de que los subdirectores, que también habían sido detenidos, pero al final liberados, no volvieran al diario. Después mandaron un interventor. Ahí renuncié. No iba a trabajar en La Opinión intervenida. Va a quedar marcado, me dijeron. –A fines de 1979, en una conferencia de Videla, le preguntaste por los desaparecidos. –Tenía que estar tranquilo con mi conciencia. Una de las cosas que me tenían irritado era la manera en que estaban basureando al Papa. Le habían pedido a Juan Pablo II su mediación, y nos había salvado de la guerra con Chile. Ese proceso lo seguí muy de cerca porque tenía como fuente a Pio Laghi. Por eso le hice la pregunta valiéndome de la palabra del Papa, que en el Angelus de octubre del 79 había hecho una referencia explícita a la Argentina y Chile, y hablado además de los desaparecidos. Videla hacía siempre ostentación de su condición de católico. Y entonces da esa primera respuesta: que el Papa cuando habla, habla para el mundo, no de la Argentina, toda esa sanata de defender los valores de Occidente y de “una guerra que no quisimos”. Pero el Papa sí había hablado de argentinos y chilenos, y de desaparecidos. –Pero entonces, de manera un poco sorpresiva, el propio Videla va más allá. -Sí, y me atrevo a decirlo recién ahora, creo que lo traicionó su conciencia. Porque él mismo –quizá porque antes, en algún momento, le había hecho sobre eso una pregunta off the record– me dice mirándome a mí eso de que sabía que no lo preguntaba en ese sentido amplio. Y entonces se refiere a los detenidos sin proceso y los desaparecidos. –La pregunta y la declaración no se conocieron en el país en aquel momento, sino mucho después. –En la televisión, no se dio, claro, y en los diarios se dijo que se habló de los derechos humanos, nada más. Años después empezó a circular esa declaración, pero desde el exterior. Y al final, más cerca en el tiempo, Felipe Pigna encontró el video original de la conferencia en los archivos de la televisión. Solo a partir de ahí se divulgó. –A partir de tu experiencia, ¿cómo definirías el trabajo del periodismo durante la dictadura? –En mi caso, tengo la convicción de haber trabajado con la mayor honestidad posible. Ni hablar de gente como Magdalena [Ruiz Guiñazú]. Más tarde parecía que los únicos periodistas en serio eran los que se habían ido, o los que habían sido “chupados”, o los que habían muerto. Pero fuimos muchos los que hicimos lo que pudimos y trabajamos sin quebrantar nuestra conciencia. Faltó autocrítica en serio, todavía falta. Ninguna sociedad se asoma a una disgregación, a una crisis de representación de tal magnitud como la de hoy, si las dirigencias, y en eso incluyo a los que tienen capacidad de decisión en el periodismo, no asumen su cuota de responsabilidad.

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