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Jorge Rafael Videla y su camino al 24 de marzo de 1976: su padre golpista, las internas en el Ejército y la trágica historia detrás de su nombre

2026-03-25 - 05:50

“Si no soy yo, ¿quién?“, se preguntó cuando había que elegir al hombre que lideraría el régimen autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Jorge Rafael Videla tenía 50 años cuando encabezó el golpe de Estado que terminó con el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Comenzó a pergeñar la caída de Isabel (nombre artístico de la expresidenta, de sus años como bailarina) varios meses antes, especialmente desde que asumió el cargo, durante el gobierno de la viuda de Perón, de comandante en Jefe del Ejército. “Videla es el que arma todo el diagrama del aparato golpista, sobre todo en el Ejército. Junto con (Roberto) Viola, prepara el elenco militar. Y en la noche del 23 al 24 de marzo, es quien comanda las acciones militares desde el Edificio Libertador”, dice Vicente Muleiro, escritor, periodista y autor, junto a María Seoane, del libro El Dictador: la historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla. Una vez consumado el golpe de Estado, integró la Junta Militar de Gobierno junto al almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti. Asumió formalmente como presidente cinco días después, el lunes 29. Su mandato duró exactamente cinco años, hasta el 29 de marzo de 1981, cuando fue sucedido por Roberto Viola. Videla, ese oficial de Infantería que curiosamente representaba a los “moderados” en el Ejército Argentino, condujo una dictadura militar que sumió al país en uno de los períodos más oscuros de su historia. Fue el presidente que promovió la represión ilegal, la creación de centros de clandestinos de detención y tortura, las ejecuciones sumarias y la desaparición de personas. En diálogo con LA NACION, el periodista e investigador Vicente Muleiro ayuda a elaborar un perfil de Videla antes de alcanzar el poder. Habla de su infancia en un cuartel, su padre golpista, su ineludible destino como militar, su participación en la trama del asalto al gobierno. También se refiere al convencimiento del militar de que él era el encargado de cumplir un objetivo superior. La presencia de la muerte y un padre golpista –Vicente, en el libro usted cuenta un detalle llamativo: ¿de dónde provienen los nombres de pila de Videla? –En 1922, antes de que naciera él, sus padres tuvieron dos mellizos. Los llamaron Jorge y Rafael. Eran los tiempos en los que el sarampión hacía estragos y los dos hermanos murieron siendo bebés. Cuando nace él, en agosto de 1925, le ponen el nombre de los dos hermanos muertos. Es inevitable pensar en esa carga tanática de tener que llevar ese nombre. Es un episodio que consideramos muy importante. En el marco de una familia muy religiosa, marcada por esa presencia de la muerte, y un clima muy circunspecto. –¿Cómo era esa familia? –Una familia tradicional, de clase media conservadora. El padre, el oficial Rafael Eugenio Videla, era jefe del Regimiento 6 General Viamonte de Mercedes, y la casa de la familia Videla estaba dentro del regimiento. La madre era María Olga Redondo Ojea, ama de casa. Él nace en el cuartel. Crece en ese entorno y no se le ocurre otra cosa que ser militar. El padre tenía ciertas frustraciones porque no había llegado a ser general, era teniente coronel como máximo, y no quería un hijo militar. Pensaban que podía ser médico, pero no hubo caso. Incluso lo mandan a un secundario civil, el San José, en Once, donde hace hasta tercer año. Después, entra al Ejército, porque no tenía otra cosa en la cabeza. No entendía otro mundo. –Algo llamativo es que el padre de Videla participó en un golpe de Estado: ¿en cuál de ellos estuvo y qué papel tuvo? –Sí, en el golpe de (José Félix) Uriburu contra (Hipólito) Yrigoyen. A Rafael Eugenio le dan la misión de tomar la Confitería del Molino, frente al Congreso y, además, él encarcela a su amigo, Fortunato Giovannoni, que era otro militar, radical, que no quería dar el golpe. –Un acto premonitorio, el del padre. –Sí, de algún modo se enlaza después con el destino del hijo. Fijate que en el escritorio presidencial de Videla la única foto que tiene es la de su padre enfrente de la Confitería del Molino cuando participó de este putsch (término alemán para referir a un golpe). “Se combate con uniforme” –¿Qué tipo de militar era Videla? –Tiene una formación rigurosamente militar. Era como una especie de paradigma de eso. Incluso el único sobrenombre que le ponen es “el Cadete”, porque estaba muy ligado al Colegio Militar, del que fue instructor y, después, director. Tenía una gran dedicación por el formalismo, por el militar del desfile, el reglamentarista. En eso era intachable. Pero no se le conocen inquietudes humanísticas o culturales. Más allá de la religión en una clave más bien ortodoxa y casi medievalista. –¿El centro de su vida era su vocación militar? –Era un hombre que parecía no tener subjetividad fuera de las instituciones que lo conformaban. Hay un episodio muy interesante, cuando a él, ya como presidente, le aconsejan no usar el uniforme en ciertas ocasiones sociales, dice: “No, porque qué va a pensar el soldadito de Orán”. Y, según colegas suyos que entrevistamos, nunca le importó ese soldadito. Lo que pasaba era que él se sacaba el uniforme y no se sentía una persona. El uniforme daba cuenta de la responsabilidad del soldado. Una frase de él previa a ser presidente era “se combate con uniforme”. Sin embargo, él fue el padrino de los grupos parapoliciales, de los militares disfrazados de civiles para participar en las patotas. –Usted menciona en El Dictador que, dentro de las divisiones militares, Videla estaba la facción de los Colorados, ¿qué implicancias tenía eso? –Azules y Colorados es una división que se hace en el Ejército después del golpe de La Libertadora de 1955. En los años 60 hay incluso enfrentamientos que, aunque dejan algunas muertes de soldados, no dejan de ser amenazas. El colorado era un uniformado que consideraba para el país la salida militar, y que el ejército no debía subordinarse al poder civil. Era profundamente antiperonista y más belicista. Pensaba en una salida política para más adelante, cuando el país “aprendiera” a ser democrático. Esquivando y ascendiendo –Como militar, ¿Videla subestimaba a la parte civil de la sociedad? –Era un condimento del coloradismo. Subordinarse a la sociedad civil era raro. Él respondía a la figura del militar un tanto aristócrata, ligado a las familias latifundistas, a un ejército con esa inclinación. –En ese sentido, ¿él era apolítico? –No, tenía una carga política conservadora, muy alimentada por las figuras retóricas del neoliberalismo antiperonista, del gorilismo. Políticamente no se jugaba. Era colorado pero también decía que tenía amigos entre los azules. A él la unidad del ejército le parecía un ideal platónico superior. –¿Participó antes de algún golpe de Estado? –Videla era un tipo que en una época militar muy conflictiva iba como gambeteando el fuego granado y siempre quedaba bien parado. Estuvo a cargo de la represión del ejército en el Cordobazo, en 1969, bajo las órdenes de (Alcides) López Aufranc, en el gobierno de (Juan Carlos) Onganía. Y fue gobernador interino en el 70 con (Roberto Marcelo) Levingston como presidente. Pero no es tomado como un tipo fundamentalista y nunca se juega. Fue siempre esquivando y ascendiendo hasta que llegó su momento. –¿Tuvo relación con Juan Domingo Perón en su tercera presidencia? –No. No hubo una relación. La dupla con Viola –En el caso particular del golpe del 76, Videla contó con un camarada de armas que luego también fue presidente de facto, Roberto Viola, ¿cómo era esa relación? –En la primera juventud de Videla, cuando pasó por los grados de teniente, teniente primero, fue viviendo todo el clima antiperonista que se va gestando dentro del ejército. Y un compañero de su generación era Viola. En las listas de los cursos estaban uno abajo del otro. Videla no era un tipo de muchos amigos, pero una de las relaciones que tiene es esa. Y durante el gobierno de Isabel se conforma un dúo, Batman y Robin, que son Videla y Viola. “Viola es político –dice Videla–, y yo el militar. Viola el que está en la trenza y en las roscas, y yo, el militar operativo”. –¿En qué momento Videla se da cuenta de que es necesario, siempre en su óptica, ejecutar un golpe de Estado? –Hay distintos hitos. Primero, el que está como Comandante en Jefe del Ejército cuando muere Perón y asume Isabel es el general Leandro Anaya. Después, el gobierno busca poner un militar más afín, que es Alberto Numa Laplane, que asume en mayo del 75. Este general era partidario de lo que se llamaba el profesionalismo integrado y más afín a Isabel y a (José) López Rega. Esta designación es mal vista por Videla y Viola, que le preparan un levantamiento y lo desplazan. Ahí es cuando, el 28 de agosto del 75, Videla alcanza la Comandancia General del Ejército y Viola la Jefatura del Estado Mayor Conjunto. Es una fecha muy importante para la preparación del golpe, que yo creo estaba ya en la cabeza de muchos. Ellos dos son los que arman todos los diagramas de los aparatos golpistas, sobre todo en el ejército. –¿Se pensó en un momento en poner en la cabeza del nuevo gobierno un civil para reemplazar a Isabel? –Sí, justo hacia ese mes de agosto, cuando el gobierno se derechiza, los militares veían a Isabel como una inepta y veían en (Ítalo Argentino) Lúder, entonces presidente provisional del Senado, un aire más político que podía emprolijar la cosa. Se pensaba en la renuncia de Isabel y que asumiera este hombre que tenía contactos con las Fuerzas Armadas para manejar mejor las cosas. Un presidente civil como (Juan María) Bordaberry, en Uruguay, que sería la cara institucional para el desastre militar, el plan represivo, que se iba a hacer abajo. Pero yo creo que desde esa fecha el golpe ya estaba instalado. Aniquilar la subversión –El primer paso importante en la previa del golpe fue, entonces, Videla a cargo de la Comandancia del Ejército. ¿Qué otro hito hubo en ese camino? –Hay otro episodio fundamental, en octubre de 1975 (Nota del Editor: un día después del ataque de Montoneros al Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa), que son los decretos que saca el gobierno de Isabel. El 2770, el 2771 y el 2772. Con el primero, se forma el Consejo de Seguridad, que le da entrada a los tres jefes de las Fuerzas Armadas a las reuniones de gabinete; el segundo pone a la policía en manos de las Fuerzas Armadas; y en el tercero, la presidenta ordena “aniquilar” la subversión. Palabra que ha tenido sus controversias: ¿era aniquilar el accionar subversivo o aniquilar los cuerpos de la rebeldía? Esto último fue lo que pasó. –¿El gobierno firma estos decretos por convicción o por presión militar? –Hubo una presión muy fuerte. El gobierno da acá una concesión muy grande a las Fuerzas Armadas. Esto le resta mucho poder a un mandato civil que ya venía muy desgastado, que estaba enfrentado también con el sindicalismo, que no quería el plan liberal del ministro de Economía (Celestino) Rodrigo. –En el concepto de aniquilar la subversión ya estaba como antecedente el Operativo Independencia, en Tucumán, de comienzos de 1975, donde el Ejército puso sus fuerzas para eliminar a la guerrilla en esa provincia. ¿Videla participó en esa operación? –El Operativo Independencia fue tomado como uno de los laboratorios, en el sentido de dar carta blanca a la represión. Fue un primer ensayo y otro hito camino al golpe. Pero Videla no tuvo un rol principal ahí. Primero estuvieron (Acdel) Vilas y después (Antonio Domingo) Bussi. –En El Dictador usted señala que Videla creó “el ejército subterráneo para la caza de civiles” antes del golpe. ¿A qué se refiere? –Hay otro hito, en octubre del 75, que es la creación de un organismo que se llama Equipo Compatibilizador Interfuerzas, que funciona en el Edificio Libertador y con algunos encuentros en la SIDE. Son representantes de las tres armas y de la secretaría de información pública que se juntan semanalmente para constituir el Estado Mayor Golpista. Es una especie de Gabinete paralelo que prepara el golpe y hace la letra chica de cómo va a hacer la represión. Ahí, por ejemplo, se elaboran las primeras listas negras de artistas, comunicadores, intelectuales. La relación con López Rega y la Triple A –En ese tiempo, buena parte de la persecución y asesinato de integrantes de los grupos armados de izquierda y de disidentes de todo tipo estaba en manos de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), una organización parapolicial comandada por el entonces Ministro de Bienestar Social de Isabel, José López Rega. ¿Cómo era la relación de Videla con esta organización? –Era una relación compleja, en el sentido de que cuadros de las distintas Fuerzas Armadas prestaban personal a la Triple A. Gente del Ejército trabajaba ahí. Por supuesto, que estuviera en manos de López Rega inquietaba muchísimo porque podía servir para una concentración de poder. Cuando se entera de eso, la gente de Videla propone desarmar la Triple A, cosa que consiguen hacia octubre de 1975, pero subsumen a los cuadros de esa organización a la estructura represiva que están armando ellos. –López Rega renunció a su ministerio en julio de 1975, ¿tuvo que ver Videla en esto? –López Rega se va por la presión gremial y porque no era bien visto en muchos sectores de la sociedad. Se queda sin poder y se tiene que ir. Además, se habían hecho públicas muchas de sus trapisondas y sus crímenes. Reunión con Isabel en Olivos –El 5 de enero de 1976 hay una reunión de los tres titulares de las Fuerzas Armadas, Videla, Massera y Agosti, con Isabel en Olivos, ¿fueron a pedirle la renuncia? –Sí, siempre, pero veían que no renunciaba. Más allá de eso, el golpe ya estaba fechado. En diciembre, Viola le había puesto al plan de caída de la presidenta “Operación Aries”, pensando la fecha para cuando comienza ese signo del Zodíaco, el 20 de marzo. En un discurso del 24 de diciembre, en Tucumán, Videla dice que le da 90 días a Isabel. La cuenta regresiva ya estaba en marcha. –¿Y para qué fue puntualmente esta reunión? –Los tres comandantes fueron a mostrarle a Isabel una estructura represiva durísima para implementar que ella rechaza. –¿Por qué no renuncia Isabel cuando la presión era tan fuerte? –Creo que hay una cuestión en esa mujer patética que se reserva de todas maneras la responsabilidad de no ser la jefa de una matanza y no facilitar esa matanza. Ella lo ve así. Había hecho un montón de concesiones, había derechizado el gobierno, había encumbrado a un personaje siniestro como López Rega, pero eso no lo quería hacer. Una decisión de voluntad personal: no quería ser responsable de la matanza que se veía venir. Massera, el enemigo interno –¿Cómo era la relación entre Videal y Massera? –Massera es una figura controversial. Enemigo íntimo de Videla y de la cúpula colorada del Ejército. Antes del golpe trabajaba políticamente para seducir a Isabel. Flores, bombones, reuniones, tés... quería heredar de algún modo la descomposición del peronismo. No se prende al golpismo de entrada, pero cuando lo hace, es el principal. Es el que plantea el 33 por ciento del poder para cada fuerza. Había una idea de que las FFAA tenían que estar unidas, que antes, en otros golpes, habían fracasado por no estarlo. Massera quería que Videla no acumulara tanto poder –estar en la Junta Militar y como presidente– y pensaba en poner como primer mandatario a un cuarto hombre, que esté por debajo de la junta. –Pero eso no pasó. –No. Pero hubo muchas peleas por el espacio de poder. Massera criticaba a Videla porque tenía aspiraciones políticas. Lo bastardeó todo lo que pudo. Hablaba mal de él a gente que sabía que se lo iba a contar. A embajadores, por ejemplo. Decía de él y de Viola: “Esos dos infantes, esos dos pelotudos”. Decía que Videla no tenía carisma, no tenía capacidad de triunfo, ni de convertirse en un líder civil. Se lo decía a todo el que quería escuchar. Tenían montones de encontronazos por temas de designaciones. –¿Y Videla lo toleraba? –Hay un momento que las peleas son tan fuertes que “Cachorro” Menéndez propone eliminar ese 33 por ciento para la Marina. Y Videla amenaza con renunciar, porque la unidad de las Fuerzas Armadas es sacrosanta para él. Videla apelaba a ese tipo de figuras retóricas como también el famoso “objetivo superior” del régimen. –¿Cuál sería ese objetivo superior en su ideología? –Se decía eliminar la subversión en ese momento. Era en realidad eliminar la protesta social en el sentido más amplio. La guerrilla estaba diezmada cuando se da el golpe. Ha sido una represión general sobre ideologías que no estaban necesariamente a favor de la lucha armada. “El más fuerte de los moderados” –¿Por qué se dice que, dentro de la estructura militar de la dictadura, Videla era “moderado”? –Son alineaciones políticas dentro del ejército, en realidad. Él, de todas maneras, sentía que estaba en un lugar único que definía así: “Soy el más moderado de los fuertes y el más fuerte de los moderados”. Videla tenía además una condición que, por un lado decía: “A mí las cosas me suceden, yo no las busco”. Pero a la vez tenía una contraparte singular. Cuando hay que decidir quién iba a ser presidente dice: “Si no soy yo, ¿quién?“. Hay una paradoja entre ese ”las cosas me suceden" y una pulsión evidentemente mesiánica. Por otra parte, muchos veían en Videla una figura de aire familiero, religioso, más soportable en el marco de la locura criminal que se estaba preparando. –¿En algún momento quisieron destituir a Videla y Viola de sus cargos? –Había intereses por ocupar esos lugares. En especial, los querían los que formaban el ala dura del ejército, como Ibérico Saint James o Guillermo Suárez Mason... ¿que estaban conectados con quién? Sí, con Massera, que quería sobre todo colocar a Saint James. Pero la dupla Videla y Viola ya había trabajado para el golpe. Eran reconocidos como líderes del Ejército, habían ganado ese lugar y trabajado para eso. –¿De dónde surge la idea de “desaparecer” personas? Es reconocida la explicación que intenta dar Videla... –“No son, no están, son desaparecidos, no tienen entidad, son una entelequia”. Eso dice Videla, pero la palabra ya circulaba. La idea de desaparecer gente está consensuada antes del golpe. La desaparición como método tiene que ver con la formación de esa camada militar en la Escuela de las Américas. Y los primeros que vienen a instruir sobre contraterrorismo son los franceses que lucharon en Argelia a fines de los 50. Los militares están preparados para una represión que no iba a estar controlada por el Derecho. La noche del 24 de marzo –¿Qué hizo Videla en la noche del 23 al 24 de marzo de 1976? –Antes de su ceremonia de asunción Videla comanda las acciones militares del golpe desde el Edificio Libertador. Manda desde ahí a (Guillermo) Suárez Mason que, como Jefe del Cuerpo I, es el encargado de moverse sobre el terreno y tomar los edificios públicos: el Congreso, los Ministerios, etcétera. –¿La salida en helicóptero de Isabel? –Todo eso es ejecutado por Suárez Mason y comandado por Videla desde el Edificio Libertador. “Nunca se arrepintió” Vicente Muleiro escribió el libro El dictador en el año 2001. Su intención fue la de “investigar a un hombre que todavía no había sido investigado”, un gran responsable de la dictadura que estaba “ganando con el silencio”. Jorge Rafael Videla murió el 17 de mayo de 2013 en el Complejo Penitenciario Federal II de Marcos Paz, provincia de Buenos Aires. Tenía 87 años y cumplía su condena a prisión perpetua por distintos crímenes de lesa humanidad (plan sistemático de robo de niños, asesinatos, torturas, privaciones ilegítimas de la libertad, robos) realizados durante su estadía en el poder donde fue uno de los responsables del accionar del terrorismo de Estado. –¿Videla nunca se arrepintió del golpe ni de lo que vino después? –No, no solo que nunca se arrepintió, sino que lo defendió hasta el final. Los militares siempre creyeron que hicieron lo que tenían que hacer. Una frase de Videla era: “Con Dios tengo todo arreglado”. Y en el juicio a las juntas tenía un libro abierto donde decía: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.

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