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Hernán Piquín: su tributo a Soda Stereo, por qué la danza lo cura y qué le dejó el Bailando por un sueño

2026-03-02 - 09:04

A los cuatro años supo que quería ser bailarín y no paró hasta lograrlo. Hernán Piquín tiene un recorrido original porque no solamente fue primer bailarín del Teatro Colón y bailó en todos los escenarios del mundo, además estuvo en Bailando por un sueño y se consagró campeón dos veces consecutivas, en 2011 y 2012, demostrando que podía lucirse en cualquier ritmo. También protagonizó la película de Leonardo Favio, Aniceto, y estuvo en la novela Herencia de amor. Con 52 años, dice que no quiere dejar de bailar porque es su pasión y su cura. Este verano hizo temporada en el Teatro Real en Córdoba, y el 6 de marzo estrena Me verás volver, historias comienzan con una canción, en el Teatro Astral, los viernes sábados y domingos. En una charla íntima con LA NACION, Hernán Piquín cuenta su historia, dice que sus padres hicieron lo posible para saber si la danza era su vocación o un capricho, recuerda su paso por el Bailando y la pareja que hizo con Noelia Pompa, y explica pro qué no quiere dejar de bailar. -Me verás volver... te trae otra vez a Buenos Aires. -Es verdad, porque estuve unos meses en España el año pasado, donde escribí este espectáculo, y volví en abril para organizarlo. Charlamos con mi productor y representante, Maxi Pita, y decidimos estrenarlo en Córdoba y con bailarines cordobeses. Me encanta poder darle lugar también a talentos de otras provincias y que no siempre sean bailarines de Buenos Aires. Yo soy medio cordobés, además, porque mi mamá es de Monte Maíz. Hicimos una audición, se presentaron 280 bailarines, divinos todos, pero teníamos que ser 10 en el escenario. Entonces quedaron ocho bailarines, conmigo nueve y una bailarina de La Plata que conocí hace unos años y se llama Sol Menescardi. Así que todo el mes de diciembre ensayé con todos los bailarines cordobeses, después vine en enero y me encontré con Sol para hacer nuestros dúos y nuestros solos. Y en febrero nos encontramos con toda la compañía en Córdoba, en el Teatro Real, y nos va tan bien que quieren extender la temporada. Pero se nos superpone con las fechas en Buenos Aires y estamos hablando. Después, la idea es hacer gira, porque me gustan mucho. Las disfruto desde que empecé las giras con Julio Bocca, porque ves la cara y la felicidad de la gente, y la necesidad que tienen en las provincias de consumir arte. Vamos a hacer giras hasta mediados de agosto y también vamos a Uruguay, Paraguay, Bolivia. Los bailarines son divinos, y Sol Menescardi es de una delicadeza y una composición y artística hermosas. Así que me nutren. -¿De qué se trata el espectáculo? -En mis historias siempre hay amor y tragedia. Es una historia de dos personajes, cada cual con su grupo de amigos, que se encuentran en un recital de Soda Stereo. Se enamoran y hay una conexión fuerte entre ellos. Todo es bailado, no hay palabras.... Y todas son canciones de Soda Stereo. A lo largo de la obra a la pareja le pasan cosas, como a cualquiera... Ella tiene una enfermedad, sale del hospital pero en un momento me deja... Y también deja un regalo, que es la vida: una hija. Y dice que le gustaría que la llevara a un recital de Soda, que es el último de la banda. -¿Por qué elegís hacer un tributo bailado a Soda? -Me gusta mostrar que también se puede hacer un tributo desde el baile, y contar una historia moderna. Cuando estábamos de gira con el espectáculo de tango, el hijo del productor, Jeremías Pita, me preguntó qué tenía pensado hacer cuando termináramos. Y yo quería seguir porque a la gente le gustaba mucho. Insistió en hacer algo nuevo, empezamos a pensar ideas, e imaginé que podía ser algo de Sandro o de Rodrigo, hasta que surgió Soda Stereo y me encantó porque esa música me transporta a mi adolescencia. Yo iba a la escuela del Colón, me tomaba el tren y encendía mi Walkman escuchando Soda hasta Retiro. -Hace más de 40 años que bailas. ¿Alguna vez pensaste en parar? -Nunca (risas). Sé que muchos bailarines piensan en el retiro porque es mucho el desgaste y el cuerpo no responde de la misma manera que a los 20 o 30, los músculos ya no te rinden por más bien que estés. Terminás las funciones con dolores que no se van al otro día, pero es más fuerte la pasión. Por eso sigo. La danza me cura. Voy a los ensayos con dolores en la ingle, en las articulaciones, porque una persona que baila desde los 10 años está gastada, pero a la hora de la función no me duele nada. La danza me ha curado de muchas cosas. Es mi refugio. Cuando me voy a España por tres o cuatro meses no veo la hora de volver porque quiero bailar (risas). Allá no hago nada justamente para descansar y retomar con más fuerzas. Lo único que hago es salir a caminar, nadar un rato porque vivo en Granada, frente al mar. Aprovecho a viajar y ver muchas películas, como forma de inspiración. Hay una paz hermosa, pero quiero volver y seguir trabajando. Siento que me cansa bailar, pero me encanta. En un futuro que me veo haciendo algún espectáculo con letra, donde haya palabras y también baile. Ya estoy leyendo algunos libros que cuentan historias hermosas. -Tenés una trayectoria original porque trabajaste como actor, hiciste varios Bailando por un sueño y eso es poco común en un bailarín profesional. -Sí, hice Aniceto de Leonardo Favio. Y estuve en la novela Herencia de amor; me llamaron por diez capítulos y estuve en más de cien porque pegó la historia... Mi personaje era el amante del personaje de Luisina Brando. Y estuve en varios Bailando... Ganamos dos con Noelia (Pompa) y fuimos los primeros bicampeones del reality. Después, el tercer año, lo hice con Cecilia Figaredo, y el cuarto, el quinto y el sexto con Macarena Rinaldi. Fui al programa para demostrar que un bailarín clásico también puede bailar bien cualquier ritmo. -Se habló mucho en su momento de la pareja de baile con Noelia... -La primera pareja con la que iba a bailar era la mujer de la Mole Moli, pero vivía en Villa del Rosario y por mis compromisos de trabajo era muy complicado. Buscaron a otra persona y fue Noelia, que vivía en Buenos Aires como yo y era más fácil todo. Antes de empezar los ensayos tuvimos una charla y le dije lo que pensaba: que era obvio que estaban buscando una pareja bizarra. Un bailarín del Colón, alto, esbelto, con presencia al lado de una persona de baja estatura que no es bailarina profesional. Y le propuse trabajar para sacarle de la cabeza a la gente y al jurado, la idea de la pareja bizarra. Me dijo que estaba dispuesta y que iba a dar el cien por ciento, y empezamos a trabajar. El primer año con Noelia fue de inclusión y el segundo año fue de total aceptación. Al principio le decían cosas feas, y yo me enojaba y les paraba el carro. Y cuando Noelia empezó a demostrar que lo podía hacer y que lo hacía muy bien, incluso mejor que algunos que se decían bailarines profesionales, todo cambió y la llamaban la gran Noelia, la gigante Noelia. Además, le dio mucha visibilidad a la gente con problemas de enanismo. Y también rompió muchas barreras, como el aquadance, el caño, la pelota de metal. Sin embargo, lo hicimos, y lo hizo fantástico. -Y vos rompiste la barrera de bailar con alguien de baja estatura... -Me cuidaba bastante porque tenía que bailar agachado. Era mucha la presión que tenían mis piernas, pero no más que eso. Me quedó un buen recuerdo de ese paso, tan de intenso. Y lo volvería a hacer... -¿Te propusiste hacer estos proyectos poco comunes para un bailarín o surgieron y aceptaste? -Lo único que yo me propuse en mi vida fue ser primero bailarín del Colón. Es lo único que quería desde mis cuatro años. Todo por la danza -¿Tan joven descubriste tu vocación? ¿Cómo fue? -Había un programa en ATC que se llamaba Noches de gala, y eran bailarines del Colón que bailaban ahí o mostraban funciones. Yo me quedaba hipnotizado y decía “quiero hacer eso”. Nadie de mi familia es artista, y entonces me mandaron a tenis, natación, patín, gimnasia deportiva. Porque querían saber si era vocación o capricho. Hasta al psicólogo fui. Un día citó a mis viejos y les dijo que él pensaba que era vocación, porque ponía lo que fuera delante de mí y yo lo corría hasta llegar a la danza. -¿Y qué te dijeron tus padres cuando te vieron bailar? -Tuve la suerte de que mis abuelos me vieran bailar, y también mis tíos y mis viejos. Mi papá murió a los 50, pero me vio bailar y vio cuando me fui a vivir afuera, cuando fui primer bailarín de Julio Boca y del Colón. Llegaron a ver todo eso. Muy orgullosos. Yo les pregunté por qué dudaron tanto y me respondieron que querían estar seguros de que tuviera vocación porque era un sacrificio grande para ellos levantarse tempranísimo, tomar el tren y después el colectivo para ir al Colón, y esperarme. Yo estaba feliz, pero mi mamá se quedaba dormida en el bar o pasaba el tiempo tejiendo. Ellos tenían su trabajo. Hay una anécdota muy linda que recuerdo y es que cuando mis viejos laburaban, me dejaban en la casa de mi abuela, y yo esperaba a que ella se durmiera, y me cruzaba a la casa de mi tía para ver un cuadro sobre ballet que tenía. Y así me quedaba dormido en el sofá, mirando ese cuadro. -Es tu vocación y fuiste primer bailarín del Colón, bailaste con Julio Bocca, recorriste el mundo.... -Sí. Tuve la suerte de pertenecer al Ballet Argentino y ser el primer bailarín de la compañía. Cuando Julio se retiró me dejó la compañía a mi cargo y estuve dos o tres años de gira con Eleonora Cassano y Cecilia Figaredo hasta que quise empezar a hacer proyectos propios. -¿Tenés relación con Julio Bocca? -Sí, claro. Ahora dirige el Ballet Estable del Colón y me encanta. Me pone superfeliz que la compañía lo tenga a Julio porque es una persona tan importante para la danza y para los bailarines. Estuve diez años al lado de él, bailando por todo el mundo y fue hermoso. Julio es como nuestro Messi, nuestro Maradona de la danza. Como Paloma Herrera, Iñaki Urlezaga, Hernán Cornejo, Maxi Guerra... -Te estás bajando el precio... -Estoy entre ellos, pero Julio nos abrió las puertas al mundo. Y yo tomé ese espacio. -¿Cómo es el vínculo entre bailarines? ¿Son compañeros o hay competencia? -Como en todos los trabajos, hay competencia. Hay gente buena, hay gente no tan buena. Según la persona y la educación que tengas. Mi mamá me enseñó, ante todo, el respeto, y a dar las gracias, y a pedir permiso. Me alegra inmensamente cuando a mis compañeros o amigos les va bien, y tienen éxito, y las funciones se llenan. Soy feliz y lo aplaudo. Trato de ser buena gente y de rodearme de gente buena. Le escapo a la gente mala.

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