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“Han cometido una injusticia conmigo”

2026-03-27 - 09:10

“Aún abrigo la esperanza de crear unas pocas grandes obras —le escribía Beethoven a un amigo de la infancia, hace doscientos años, a fines de 1826—. Y después —agregaba—, como un niño viejo, concluir mi carrera terrenal entre personas bondadosas, en algún lugar.” Tres meses más tarde, el compositor de la Oda a la Alegría, aquel al que Romain Rolland llamó “la fuerza más heroica del arte moderno”, moría en Viena. Entre los manuscritos descubiertos en su casa (una cantidad de partituras, piezas inconclusas, libros diarios y los cientos de cuadernos de conversaciones a través de los cuales el compositor mantenía dificultosos diálogos), sobresalen dos documentos reveladores para el estudio de su vida: la carta a la enigmática “Amada inmortal” y el hallazgo de una confesión sorprendente que pasó a la historia con el nombre de “Testamento de Heiligenstadt”. Sobrevivió al “vuelo de los mieleros”, quedó parapléjico, volvió a empezar una y dos veces, y ahora escribe su historia Ese testamento, que no es más que una carta que al igual que la de la Amada Inmortal fue escrita a lo largo de varios días, está dirigido a sus hermanos durante una cura de descanso en Heiligenstadt —“ciudad sagrada” en castellano—, a orillas del Danubio en el año 1802. En él, Beethoven volcaba no sólo la angustia silenciosa ante el avance de una sordera sin retorno, de la cual ni su círculo íntimo todavía tenía noticias, sino también, el desconsuelo ante la perspectiva de un aislamiento progresivo y el renunciamiento a futuro de lo que consideraba uno de los placeres del hombre culto: la buena conversación y el intercambio de ideas refinadas. Justificaba su hostilidad, su mal carácter e insensibilidad aparente en el secreto de la enfermedad auditiva. Avanzaba y retrocedía en la idea del suicidio. Le hablaba a Dios, a sus hermanos y al resto de la humanidad. “Piensen —decía—, que llevo años agobiado porque es imposible decirle a la gente: por favor hable más alto, grite de ser posible ¡porque soy sordo! ¿Cómo podría confesar una dolencia en el único sentido que debía ser más perfecto en mí que en los demás, un sentido que poseía con una perfección que pocos tienen o jamás han tenido? Un terror intenso se apodera de mi ser porque temo verme expuesto al peligro de que se descubra la condición de mi oído defectuoso. Qué humillación del destino cuando alguien a lo lejos oye una flauta o el canto de un pastor.” Beethoven había llegado a Heiligenstadt con la ilusión de encontrar el remedio en sus aguas porque, según se decía, los minerales de las termas sanaban las dolencias físicas. No fue el caso para el genio de treinta y un años que en las noches infelices de aquel otoño —y así lo dejó sellado con honestidad y dolor en las páginas de su epístola—, cambió el rumbo de su vida y de su música. De toda la música, no sólo la suya sino toda la que se compuso de allí en más. Y de la idea de acabar con su vida pasó a la afirmación de una voluntad férrea “porque me ha parecido imposible abandonar este mundo —asumía—, sin antes haber expresado todo lo que palpita en mí.” Algunos autores, entre ellos el citado premio Nobel, Romain Rolland, interpretan la sordera, que no es un silencio sino un zumbido, como la enviada de dios a destrozar las ilusiones del hombre para que el artista cumpla su misión. Pero la verdad sea dicha: al pobre Beethoven el infortunio lo ha perseguido siempre. O acaso no es obra de la suerte más adversa que cuando el mundo se disponía a celebrar el 250o aniversario de su nacimiento, puntualmente en 2020 el planeta entero cerró los teatros, las salas de conciertos e hizo silencio. “A mis semejantes —escribió—: cuando lean estas líneas, consideren que han cometido una injusticia conmigo. Apenas yo haya muerto, si el doctor Schmidt todavía vive, pídanle en mi nombre que redacte una descripción de mi dolencia y agreguen este documento a la reseña de mi enfermedad. De modo que, hasta donde sea posible después de la muerte —ocurrida un día como ayer, 26 de marzo—, el mundo al fin pueda reconciliarse conmigo”.

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