Habermas muere con su época
2026-03-24 - 03:30
El 14 de marzo, a los 96 años, falleció en Baviera el filósofo Jürgen Habermas, una de las figuras cumbre del pensamiento del siglo XX. Dejó una huella imborrable. En su rol de académico fue verdaderamente prolífico y legó a la posteridad una obra colosal de incontables volúmenes y con numerosas ramificaciones. También fue un genuino intelectual público que durante décadas participó activamente en los debates de su tiempo, impulsando sin descanso el proyecto político y cultural de la Ilustración. Si miramos su trayectoria en perspectiva, Habermas no solo fue el último eslabón de la tradición ilustrada, sino también el último filósofo moderno en sentido pleno. Al igual que Descartes, Kant y tantos otros, creía fervientemente en el poder de la razón humana, una razón que, desde su perspectiva, podía ayudarnos a encontrar –o, más precisamente, a “reconstruir”– las estructuras permanentes del mundo. Después la posmodernidad arrasó con todo. En el campo de la filosofía práctica, probablemente el que más lo apasionaba, Habermas argumentó a favor del objetivismo ético. Partiendo de los presupuestos implícitos de la discusión moral, demostró que el escepticismo ético involucraba “contradicciones pragmáticas” insalvables –el mismo tipo de contradicción en la que incurre quien alegremente afirma “yo no existo”. Más tarde, en su monumental tratado Facticidad y validez, combinó este enfoque universalista con sus hallazgos previos sobre la “acción comunicativa” y el surgimiento de la esfera de la opinión pública. El resultado fue una robusta teoría de la democracia liberal, edificada sobre la deliberación pública y el incontrolable “poder comunicativo” generado en la usina de una sociedad civil activa, pujante y celosa frente al poder. Emblema de la socialdemocracia europea, Habermas libró una batalla frontal contra el nacionalismo, el tribalismo y el decisionismo político en todas sus versiones –las de izquierda, las de derecha y la posmoderna–. Actualizando las ideas de Kant sobre la paz perpetua, se convirtió en un paladín de la unidad europea, el rule of law internacional y la globalización de la democracia. Su influencia se proyectó sobre buena parte del mundo occidental y llegó a la Argentina a través de Osvaldo Guariglia, quien enseñó su pensamiento en cursos, conferencias y seminarios, y se inspiró en él para desarrollar su propia cosmovisión, plasmada en su libro Moralidad. Los últimos años de Habermas transcurrieron atravesados por una honda preocupación. El retorno de populismos autoritarios, la transformación de la Unión Europea en un mero “club de jefes de Estado” desconectados de la ciudadanía y las profundas distorsiones que las nuevas tecnologías de la comunicación inyectaron en el espacio público lo llevaron a concluir que el proyecto ilustrado había entrado en una fase terminal. Su genio sin igual se extinguió en medio de un mundo fracturado por guerras ilegales que están sepultando el sueño de un orden global unificado bajo el derecho internacional. Todo un símbolo: la muerte de Habermas es la muerte de su época, una época donde brilló la razón. Profesor de la Universidad de San Andrés, investigador del Conicet y premio Konex a las humanidades