Guerra entre herederos, debilidad institucional y un misterioso testamento atraviesan una colección plagada de Fridas, Riveras y Orozcos
2026-02-10 - 19:05
MÉXICO.- Natasha Gelman llegó a tener colgados en su dormitorio cinco cuadros de Frida Khalo. El más especial era un retrato de la propia Natasha, de pequeño formato, solo un busto con gesto meditabundo y el pelo recogido. Muy diferente al que también le hizo Diego Rivera, posando con un traje de noche tendida sobre un sofá y con unos exuberantes lirios de fondo, un encargo de su marido, Jacques Gelman, al tótem del muralismo mexicano. La pareja Gelman fue durante la segunda mitad del siglo XX una de las más figuras más potentes del coleccionismo internacional, gracias a la fortuna que amasaron como productores en la época de oro del cine mexicano, incluyendo su amistad y millonaria alianza con Cantinflas. A la muerte del marido, su espléndida colección europea (con 81 obras de Bacon, Dali, Picasso o Matisse) pasó al Metropolitan Museum de Nueva York. La mexicana acaba de salir hacia España, cedida al Banco Santander, tras décadas girando por el mundo, huyendo de un pleito entre herederos sin que se pudiera cumplir el supuesto deseo de Natasha de que se quedara en México, plasmado en un testamento que nadie ha podido corroborar. Un movimiento que ha causado revuelo en el país, que además tiene una férrea legislación de protección de patrimonio. El Gobierno ha movido ficha anunciando que parte de la colección se expondrá esta primavera temporalmente en Ciudad de México, como primera parada de una gira internacional. Pero detrás de este último capítulo hay una larga historia de misterios, intrigas y giros más propios de una película de suspense. La niebla empieza ya con los dos coleccionistas ricachones. De él, se decía que venía de una familia de terratenientes de San Petersburgo, que había estudiado en París, que tenía joyas del último zar ruso. De ella, que nació en Moravia, actual República Checa, que ambos salieron de Europa cada uno por su lado huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Y que en México se encontraron y fue amor a primera vista. Se casaron en 1941 y nunca más volvieron. Jacques monta una productora y se hace de oro con el negocio de la exportación y distribución de películas al mercado estadounidense, con un joven Cantinflas como reclamo. Ahí comienzan con su faceta como coleccionistas. La primera, la importante, siempre fue la europea. La mexicana fue en origen más bien un accesorio, casi un capricho de Natasha, que fue creciendo hasta convertirse en otra joya. Luis-Martín Lozano, historiador del arte especializado en arte moderno mexicano, la conoció ya viuda en la década de los noventa. “Jacques nunca pensó que los cuadros de Frida o Rivera fueran tan valiosos como los Picasso o los Matisse. Pero ella amaba la colección mexicana, que al principio tuvo una función más de estatus social”. Según el historiador, la pareja no llegó a México con tanto dinero y se construyeron a sí mismos como unos personajes glamurosos a través de los cuadros. De ahí, los retratos por encargo. El de Rivera, de 1943, que muestra a Natasha como una estrella de Hollywood, es el que dio el pistoletazo de salida a la colección mexicana. Entran en el mundo de la alta sociedad. En sus casas de Nueva York y Ciudad de México son famosas las fiestas con políticos, actores, empresarios y artistas, que se emborrachaban entre los cuadros de Dalí o Braque que colgaban de las paredes. Estaban en la cima. ¿El albacea villano? El primer punto de inflexión llega con la muerte de Jacques y