Grupos de WhatsApp, la nueva forma de conexión emocional en las familias
2026-03-15 - 03:13
“Somos una familia muy unida, pero nos vemos poco. Mis hermanos viven en Mendoza, mis padres y yo en Buenos Aires. El grupo de WhatsApp es, básicamente, el lugar donde nos hablamos”, dice Romina Ferreira, contadora de 41 años. Cada mañana, antes de levantarse, revisa el grupo. Hay audios de su madre contando cómo amaneció, memes que manda su hermano menor, fotos de los sobrinos. “No importa que nos encontremos poco. Sé exactamente qué está pasando en la vida de cada uno”. Lo que describe Romina es moneda corriente. Según un estudio de la firma Kaspersky realizado en noviembre de 2025, el 98% de los argentinos mantiene algún tipo de contacto digital con su familia, y el 91% lo hace a través de aplicaciones de mensajería como WhatsApp. El dato convierte a estas plataformas en el principal canal de comunicación familiar del país, por encima de las llamadas telefónicas tradicionales y las visitas. Además, el 35% usa videollamadas de manera regular para mantenerse en contacto, y el 58% intercambia memes, videos o publicaciones donde el humor y las referencias culturales compartidas se convirtieron en una nueva forma de conexión emocional. La nueva geografía del vínculo El altísimo uso de Whatsapp no sorprende dado que Argentina alcanzó los 41,2 millones de usuarios de Internet en 2025, lo que equivale al 90,1% de la población total, según un estudio de DataReportal y Kepios. La misma fuente menciona que las líneas móviles son más de 64 millones, y equivalen al 141%. Dicho esto, si hace 20 años, el teléfono fijo era el nodo de comunicación familiar, y una llamada implicaba disponibilidad, atención y tiempo dedicado, WhatsApp llegó para dar por tierra esos detalles. Ahora la comunicación es continua, fragmentada, asincrónica. La familia ya no se llama: se manda señales todo el día, y los integrantes del grupo toman parte activa y pasiva según lo deseen. La Doctora en Antropología Social Victoria Irisarri explica que este cambio responde a una transformación más profunda en la forma en que las personas gestionan sus vínculos. Hoy, las redes sociodigitales funcionan como un sistema que permite “escalar” las relaciones sociales. Es decir, ajustar el tamaño, la visibilidad y el nivel de intimidad de cada interacción. “Mientras redes como Facebook facilitaron la creación de comunidades amplias, aplicaciones de mensajería como WhatsApp trasladaron esa lógica a grupos pequeños donde todos pueden participar. El antropólogo Daniel Miller llama a este fenómeno “socialidad escalable”: la posibilidad de mantener distintos grados de cercanía con otras personas, incluidos familiares, simplemente sosteniendo cierto nivel de contacto -explica la experta-. Hoy, las redes y Whatsapp permiten mantenerse al tanto de la vida de otros sin la obligación de sostener interacciones más intensas, como una llamada telefónica o una visita. En la práctica eso generó comunicaciones que no existían, como el audio de la abuela contando algo que le pasó en el día y que nadie le pidió, el meme enviado a las once de la noche como señal de que alguien pensó en el otro o la foto del plato que cocinó la tía. Pero esa continuidad tiene un costo que no siempre se nombra: la expectativa de respuesta inmediata. María Eugenia Quatrini, decana de la Escuela Superior de Ciencias del Comportamiento y Humanidades de la Universidad de Morón, plantea que, por ejemplo, el “me clavó el visto”, suele generar más inconvenientes de los chicos con los padres o en las parejas. “La necesidad de respuesta rápida de los adolescentes o en una pareja, no es la misma que se da en otros vínculos de familia”, explica. Frente a esta situación, que equivale a hablarle a una persona y que no te conteste, la psicóloga recomienda dejar en claro qué siente uno con ese tipo de gestos. “El poder conversarlo o expresarlo, clarifica de algún modo lo que uno siente cuando ello ocurre, para evitar así malos entendidos en el grupo familar”. Valentina Sosa tiene 38 años y durante tres años fue administradora del grupo familiar que incluía a sus padres, sus dos hermanas, sus cuñados y cuatro sobrinos. “Lo empecé yo con las mejores intenciones. Quería que todos estuviéramos conectados”, cuenta. Pero el grupo fue creciendo en conflictos: un audio del padre que algunos interpretaron como una crítica, una foto de las fiestas que desató una discusión sobre quién había invitado a quién, un meme político que terminó en silencio durante semanas. “Al final salí yo. La que lo había creado”, dice, entre resignada y divertida. Para Quatrini, lo que le pasó a Valentina tiene una lógica clara. “Desde que se popularizó el uso de WhatsApp en la mayoría de los integrantes de una familia, hubo un aumento creciente de conflictos generados a partir de las interacciones. Desde lo psicológico, se empezaron a visibilizar en el espacio terapéutico malestares en relación con esto”. De todos modos, Quatrini también enumera los beneficios: “Whatsapp no solo genera el contacto rápido, sino también la posibilidad de poder expresar ciertas emociones, sentimientos, enojos por ese medio, que quizá no hubieran podido haberse puesto en palabras de otro modo”. Por otra parte, los grupos donde coexisten abuelos y nietos ilustran otra dimensión: la generacional. Y es que los mayores usan WhatsApp como si fuera el teléfono para transmitir información puntual, e incluso se extienden en audios de varios minutos. En tanto, los más jóvenes lo usan como un flujo continuo, como las redes sociales. Eso genera malentendidos permanentes porque la nieta le responde con un sticker al comentario de la abuela. Hablan idiomas distintos. Esta brecha también se nota en lo que cada generación considera urgente: para los mayores, no responder un mensaje es una señal de alarma; para los jóvenes, simplemente es que estaban haciendo otra cosa. Jorge Méndez tiene 67 años, jubilado, y vive solo desde que enviudó hace tres años. Sus dos hijos viven en el exterior. “El grupo de WhatsApp es lo que más me acerca a ellos. Me mandan fotos de mis nietos todos los días. Cuando no hay mensajes, me preocupo”, dice. Para Jorge, la plataforma no es una herramienta sino una extensión de la familia. En este sentido, un estudio de la Family and Health Information Trend Survey analizó cómo y para qué las familias usan Whatsapp y concluyó que para adultos mayores de 64 años, pertenecer a una comunidad familiar online se asocia con mayores niveles de bienestar, menor soledad y una percepción más positiva del propio envejecimiento. Romina lo siente así también, pero reconoce los límites. “Hay cosas que no se pueden decir por WhatsApp. Mi mamá tuvo un problema de salud el año pasado y durante semanas el grupo estuvo raro: todos cuidadosos, todos midiendo cada palabra. Nadie sabía cómo hablar de eso por escrito”. Los especialistas señalan algo importante: WhatsApp es excelente para mantener el hilo cotidiano, para la presencia simbólica. Pero cuando hay algo emocionalmente complejo, el texto falla. “La familia necesita saber cuándo cambiar de canal: cuándo dejar de escribir y llamar, o cuándo dejar de llamar y verse”, detalla Quatrini, quien observa que el humor, los memes, el compartir el día a día con fotos, avisos de encuentros y saludos en ocasiones especiales, hacen al beneficio más importante del uso de la red.