Graciela Fernández Meijide: “La dictadura dejó un gran temor a gobiernos dictatoriales”
2026-03-21 - 03:10
Hasta la madrugada del 23 de octubre de 1976, el día en el que se rajó la tierra bajo sus pies, Graciela Fernández Meijide llevaba una vida apacible como docente de francés y madre de tres hijos chicos, lejos de los sobresaltos políticos y la militancia partidaria. Pero desde que un comando de tareas entró en su casa y se llevó a su hijo Pablo, de 17 años, todo cambió para siempre. Hoy, a 50 años del golpe, sigue sin tener información sobre el cuerpo de su hijo. Solo sabe que después del secuestro lo llevaron a Campo de Mayo. Para ella, Pablo sigue siendo “Pablito”, la imagen congelada en la adolescencia o en los juegos de la infancia junto con sus hermanos. “El 3 de marzo pasado, Pablo hubiera cumplido 67 años”, evoca Fernández Meijide, que acaba de cumplir 95. La tragedia familiar catapultó a Fernández Meijide al activismo en Derechos Humanos, primero en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH); luego, en la Conadep, la comisión de la verdad creada por Raúl Alfonsín que permitió construir la prueba del delito y, por tanto, la condena de los comandantes militares. Ese parteaguas en su vida la condujo posteriormente a la política partidaria con la Alianza y a la enorme desilusión política, que compensó con la escritura de varios libros, entre ellos, La historia íntima de los derechos humanos en la Argentina y Eran héroes, no humanos. A cinco décadas del golpe militar de 1976, Fernández Meijide dice que lo que dejó la dictadura es, precisamente, “un gran temor a gobiernos dictatoriales” y aunque considera que en la Argentina hay “una democracia imperfecta” con grandes asignaturas pendientes, hasta ahora los conflictos y las demandas se han resuelto dentro de la institucionalidad. -En los meses previos al golpe de Estado de 1976, en buena parte de la sociedad se había construido un consenso en torno a la necesidad del regreso de los militares. Me gustaría saber cómo era el clima que se vivía en su casa y cómo era la relación que ustedes tenían con ese consenso. ¿Estaban a favor o en contra del golpe? -Justo me haces acordar a la última Navidad antes del golpe. A mi casa venían muchos amigos y familiares a festejar todos juntos y, a veces, esperábamos hasta el día siguiente. Por supuesto, había muchas conversaciones políticas y había gente que decía, “ahora tienen que venir los militares”. Y yo les decía que miraran el ejemplo de Pinochet y lo que había pasado en Chile, porque el golpe de Pinochet fue anterior al de la Argentina. “Miren lo que es una dictadura, por favor”, les decía. Se puede arreglar cualquier cosa, pero las muertes de la dictadura no se arreglan. Y mi posición era esa. Yo era profesora, nada más. No participaba de ningún partido político; empecé a hacerlo después. Pero me daba cuenta de lo que se venía. -Incluso, aunque uno advirtiera lo que se venía, quizás nadie imaginó la naturaleza y la escala del horror: los desaparecidos, los bebés apropiados, los vuelos de la muerte. Quizás nadie imaginó la ruptura civilizatoria que trajo ese momento histórico. -Nadie lo imaginó, salvo los que la preparaban, porque me acuerdo del discurso de Videla cuando dijo, “morirán todos los que tengan que morir”. Y como Alberto Numa Laplane, que fue comandante general del Ejército antes de Videla, no quiso entrar en esta componenda, renunció. -Tampoco imaginó usted que esto marcaría dolorosamente a su familia. No imaginó que una de las víctimas de esa dictadura iba a ser su hijo Pablo, de 17 años. -No. Nunca lo imaginé. No tenía por qué imaginarlo. Mis hijos no militaban en ningún partido político. Eran jóvenes inquietos que discutían, pero no estaban en ninguna organización armada clandestina. -¿Cuánto sabe hoy de Pablo, cincuenta años después? ¿Qué información fehaciente tiene? -A través del juicio que se hizo, sé que era amigo de varios chicos de la Juventud Guevarista. Era novio de una de las chicas que sí había estado en Juventud Guevarista, pero ya no estaba más. Y cuando se lo llevaron, se llevaron a esa chica, María, y a su hermana, Miriam. Sé que a Pablo lo llevaron a Campo de Mayo. Y después no sé más nada. -Cuando se lo llevan a Pablo empezó su búsqueda y la peregrinación por distintos lugares para tener información. ¿Cuándo perdió definitivamente la esperanza de encontrarlo con vida? -Al año, año y medio, más o menos, viajé a Europa para hablar con el único sobreviviente de ese grupo de amigos de Pablo. Ese chico había estado en un viaje de estudiantes. Cuando volvió, la madre lo metió en la Embajada de Italia y lo fletaron para Europa. Me encontré con él y le pregunté si Pablo estaba en el grupo con ellos. Y me dijo que no, que no estaba. A partir de ese momento y de algunos testimonios pensé que no podían tener a tanta gente en un lugar clandestino, porque ya teníamos en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) más de 2500 denuncias. Entonces, a partir de eso cambié de posición: en lugar de pensar en meterle un balazo a Videla, Massera y Agosti, algo que era muy loco porque no se podía hacer, empecé a pensar en meterlos presos, que también era muy loco en ese momento. En un momento dejé de pensar en matarlos para pensar en hacer justicia. Nadie podía imaginar que con el poder que conservaban las Fuerzas Armadas se las podía juzgar. Hay una frase que jamás voy a olvidar. Yo no iba a todas las sesiones del juicio a las juntas porque tenía que trabajar en la Asamblea Permanente, pero un día que fui, escuché cómo una señora, cuando terminó su testimonio, se dirigió a los jueces y les dijo: “Señores jueces, yo sé que mi hijo ponía bombas, pero se merecía un juicio como este”. Yo creo que esa frase debería estar en un cartel abriendo el lugar de lo que decidan hacer como monumento a esa época, que fue muy contradictoria. -El trabajo de la Conadep fue primordial para construir la prueba del delito que terminó con la condena a los comandantes y permitió que se conociera lo que pasó verdaderamente. En ese sentido, todos los que trabajaron allí fueron parte de una epopeya, de una gesta inmensa. ¿Tiene conciencia de eso? ¿Cómo lo ve a la distancia? -Me ayudan a verlo los que hablan de eso. Yo estaba tan metida adentro que no me daba cuenta. No te das cuenta cuando estás haciendo semejante esfuerzo. Yo me enfocaba en lo que tenía que hacer o lo que yo creía que tenía que hacer. Y hacia ahí iba. -¿Qué dejó la dictadura? ¿Qué cosas aprendimos y qué cosas quedan pendientes? -Lo que dejó la dictadura fue un gran temor a gobiernos dictatoriales. Estoy convencida de eso. Es más, creo que mucha gente que votó en contra de Milei lo hizo porque sentía que su discurso tenía un contenido violento. Creo que en la Argentina no hubo una conjunción de ideas y acciones que permitieran establecer una democracia al estilo de Canadá, que durara para siempre y que tuviera los cambios que tenía que tener en cada época. Creo que a esta democracia le falta más participación, más intensidad democrática. Guillermo O ́Donnell hablaba de “democracias imperfectas”. Quedan asignaturas pendientes, pero hasta ahora los conflictos se han resuelto dentro de la institucionalidad. -Aquellos años dejaron una inmensa cantidad de duelos, marcas y heridas traumáticas en las vidas de los argentinos. ¿Cómo es su relación con Pablo hoy? ¿Lo nombra? ¿Lo sueña? ¿Sigue refiriéndose a “Pablito” o es Pablo? -Es Pablito. Tengo la imagen de los 17 años y recuerdos anteriores, también. Su hermana Alejandra siempre cuenta anécdotas sobre lo creativo que Pablo era en sus juegos. No lo nombro. No lo sueño. No. No puedo. Seguramente sueño, porque todo el mundo lo hace, pero no recuerdo lo que soñé. El 3 de marzo pasado, Pablito hubiera cumplido 67 años.