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Fue la actriz más amada de su época, se hartó de su hija y la dejó sin herencia: adiós a 2,5 millones de dólares

2026-03-05 - 22:13

En el universo del cine clásico, Bette Davis era sinónimo de ferocidad. Sus personajes nunca cedían ni perdonaban, jamás retrocedían un milímetro. Esta descripción no era solo un rasgo de sus roles en pantalla: era también un retrato fiel de la mujer detrás de la cámara. Cuando la actriz murió en París el 6 de octubre de 1989, a los 81 años, y su testamento se abrió un mes después en Nueva York, Hollywood comprendió que su última actuación, silenciosa, definitiva y sin posibilidad de réplica, había sido un documento legal de diez páginas. En la décima página se leía con toda claridad: “Declaro que intencionalmente y con pleno conocimiento omito dejar herencia a mis hijas, Margot Mosher Merrill y Barbara Davis Hyman, así como a mis nietos Ashley Hyman y Justin Hyman”. No había ambigüedad ni lugar para la duda. Una fortuna dividida en dos Al momento de su muerte, el patrimonio de Davis se estimaba en alrededor de un millón de dólares, el equivalente a unos 2,5 millones de dólares actuales. Una cifra modesta para una carrera de seis décadas y más de cien películas, que refleja tanto las batallas legales que libró contra los estudios como los costos de cuatro matrimonios y de una larga enfermedad. Esa suma quedó dividida en partes iguales entre dos personas de su círculo íntimo: su hijo adoptivo Michael Woodman Merrill y Kathryn Sermak, su secretaria y confidente. Bette Davis: tres hijos ( B.D. Hyman, Margot Merrill y Michael Merrill) y una herencia conflictiva Sermak había llegado a su vida en 1979, cuando tenía apenas 22 años, y con el tiempo se convirtió en su colaboradora más cercana. En los últimos años antes de la muerte de Davis vivía con ella en su departamento de Los Ángeles. Como parte de la herencia recibió también objetos personales: joyas, muebles, libros y platería con las iniciales “B.D.” grabadas. Las iniciales de la hija desheredada. El libro que lo cambió todo: “Alcohólica y manipuladora” Para entender por qué Davis tomó esa decisión hay que retroceder al año 1985, cuando Barbara Davis Hyman, la hija biológica de la actriz, conocida públicamente como B.D., publicó un libro de memorias titulado My Mother’s Keeper. En sus 347 páginas describía a Davis como “una mujer alcohólica, manipuladora y emocionalmente destructiva”, cuya “obsesión por la carrera y los maridos sucesivos” había dejado poco espacio para el amor materno. Lo más llamativo no fue solo el contenido del libro, sino su momento de aparición: llegó a las librerías mientras Bette Davis aún estaba viva y luchaba contra el cáncer de mama que la aquejaba desde hacía dos años. La publicación fue, en todos los sentidos, una declaración de guerra. La ironía del episodio tenía otra lectura. Apenas siete años antes, en 1978, Christina Crawford, hija de Joan Crawford, la gran rival de Davis, había publicado Mommie Dearest, unas memorias que retrataban a su madre como una alcohólica violenta. En aquel entonces, Davis había salido públicamente a defender el buen nombre de Joan Crawford, ya fallecida, y llegó a declarar que jamás podría imaginar que su propia hija le hiciera algo semejante. Cuatro años después de esa declaración, B.D. Hyman hizo exactamente lo mismo. El silencio como respuesta Davis nunca volvió a hablarle a su hija. El silencio duró hasta la muerte. Michael Merrill, el hijo adoptivo, también cortó el vínculo con B.D. y nunca retomó el contacto. El exmarido de Bette, el actor Gary Merrill, definió la motivación del libro con dos palabras: “Crueldad y codicia”. La respuesta de Davis llegó por escrito, como había sido la provocación. En 1987 publicó su última autobiografía, This ‘N That. En el último párrafo del libro le dirigió una carta abierta a su hija. La encabezó con una sola palabra: “Hyman”. No “hija”, no “Barbara”, no “B.D.”. Solo el apellido del marido, como si el vínculo de sangre hubiera dejado de tener nombre. Ese mismo año, Davis firmó el testamento. El caso de Margot Entre los desheredados había también una figura cuya exclusión tenía una dimensión diferente, más silenciosa y más dolorosa. Margot Mosher Merrill, la otra hija adoptiva de Davis, había recibido de pequeña un diagnóstico de daño cerebral con discapacidades mentales y de desarrollo. Al momento de la muerte de su madre vivía en un establecimiento de cuidados especializados en las cercanías de Nueva York. El testamento la incluyó en la misma cláusula de exclusión que a Barbara, aunque sin las palabras cargadas de reproche que describían el caso de su hermana. La omisión de Margot fue presentada como una decisión consciente, sin más explicaciones. Las razones, si las hubo, quedaron en el silencio del expediente. El heredero fiel y el legado que perduró Michael Merrill, el único de los tres hijos que apareció en el testamento, fue también el único que mantuvo una relación constante con su madre hasta el final. Refutó siempre las acusaciones del libro de su hermana y estuvo presente durante los años más duros de la enfermedad de Davis. En 1997, ocho años después de la muerte de su madre, creó junto a Kathryn Sermak la Fundación Bette Davis, una organización que otorga becas a actores y actrices jóvenes con talento. El legado artístico de Davis, al menos, encontró una continuidad más ordenada que el familiar. El giro evangélico de B.D. Hyman El destino posterior de Barbara Davis Hyman tomó un rumbo que pocos habrían previsto. Después de la muerte de su madre, abandonó toda actividad vinculada al mundo del espectáculo y abrazó la fe evangélica. Publicó un segundo libro de contenido religioso titulado Narrow Is the Way y con el tiempo creó su propio canal de YouTube dedicado al ministerio cristiano. En esos espacios sostuvo que su madre había practicado brujería y lanzado una maldición sobre su familia. Lo que comenzó como un ajuste de cuentas literario terminó en un relato sobrenatural. El caso de Bette Davis resulta el retrato de una época y de una manera particular de ser madre: la de las grandes estrellas de Hollywood que construyeron carreras extraordinarias a costa de una vida privada fragmentada. Cuatro matrimonios, tres hijos criados en buena medida sin la presencia constante de un padre estable, una carrera que exigía todo y dejaba poco. En su epitafio, en el cementerio de Los Ángeles donde está enterrada, se puede leer la frase que ella misma eligió: “She did it the hard way”. Lo hizo del modo difícil. El testamento, en ese sentido, no fue una excepción.

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