“Era como si no existiera”: la historia de Juan, el artista sin techo que pinta desde la vereda de Palermo
2026-03-23 - 18:01
Juan Donadio tiene 41 años y es un artista. No tiene casa y vive en situación de calle. Hace poco más de cinco meses empezó a dibujar y pintar y, desde entonces, ya realizó más de 60 cuadros en los que retrata a sus vecinos y a quienes pasan frente al lugar donde duerme. Hoy busca sostenerse con su trabajo, salir de la vulnerabilidad y conseguir un techo. El pintor nació en el barrio porteño de Floresta y empezó a diseñar desde muy chico, alrededor de los tres años. “Empecé a dibujar porque tenía muchas pesadillas. Tuve una vida un poco traumática. Mi papá era golpeador”, contó. Con el tiempo, ese mundo interior empezó a aparecer cada vez más en sus obras. “De grande seguía dibujando lo que tenía en la cabeza. Todo lo que pensaba o soñaba. Era una mezcla entre la realidad y mis sueños, mis pensamientos y mis miedos. Algo medio surrealista”, explicó. A los seis años, ese interés se volvió más constante. En ese entonces, sus padres trabajaban en cocinas y pasaban gran parte del día fuera de casa. En esas jornadas largas, él y sus hermanos quedaban solos. “Nos dejaban encerrados en la habitación para que no nos pasara nada. Éramos chicos y ellos querían salir a jugar, pero a mí no me gustaba. Yo dibujaba, dibujaba y dibujaba”, dijo. Su madre había estudiado en la escuela técnica Fernando Fader y tenía libros que marcaron sus primeros pasos. “Ahí aprendí las primeras técnicas de pintura de grandes artistas como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Rafaello, Tiziano, Tintoretto, Diego Velázquez y Pedro Pablo Rubens. También tenía colecciones de Disney, de animales y de plantas”, recordó. Realizó estudios anatómicos a partir de esos libros y con esa edad ya copiaba a Miguel Ángel. Había incorporado técnicas y nociones de historia del arte “Siempre quise ser autodidacta, porque creo que el arte no se aprende: se nace y se vive de una forma natural. Adquirir una técnica no te convierte en artista, ni en pintor, ni en un buen pintor, ni en un buen artista”, explicó. A los 11 años empezó a vivir con sus abuelos, luego de la separación de sus padres. “En ese tiempo, mi mamá empezó una relación con el mejor amigo de mi papá. Mi papá sospechaba de lo que pasaba y durante unos días trató de comprobarlo, incluso nos hizo seguirla en un remis. Finalmente, pudo verla con su mejor amigo y ahí se confirmó todo. Después de eso, se separaron y nos fuimos a vivir con mis abuelos. Desde ese momento, ellos se hicieron cargo de nosotros: nos criaron, nos educaron y estuvieron siempre presentes”, explicó Juan. Años más tarde, ya instalado con sus abuelos, tuvo una experiencia que lo marcó. “Una vez mi mamá me vino a visitar y me llevó al Museo Nacional de Bellas Artes”, recordó. Allí vio la muestra de Picasso a Barceló y se encontró con una obra que lo impactó profundamente: El enigma sin fin, de Salvador Dalí. Ese cuadro lo fascinó. Le parecía algo completamente distinto dentro del arte clásico. Si bien Juan dibujaba, todavía no pintaba. Para poder hacerlo, empezó a juntar monedas. “Mis abuelos me daban plata para ir al colegio en colectivo. Yo me iba caminando y me la guardaba. Con eso me compré mis primeras pinturas”, contó. Sin embargo, ese camino se interrumpió cuando sus abuelos perdieron el trabajo. A los 19 años, Juan dejó de dibujar y pintar para dedicarse de lleno a trabajar y ayudar en la casa. “No tenía tiempo. Pintar lleva un proceso, requiere dedicación. En mi casa necesitaban que yo saliera a trabajar para generar ingresos. El arte, en ese momento, no alcanzaba”, explicó. Así fue como empezó a encadenar distintos empleos: trabajó como cadete, mozo en bares, en obras de construcción, en carpinterías y en parrillas. Hubo períodos en los que llegó a tener hasta tres trabajos al mismo tiempo. Más adelante consiguió trabajo en una carpintería en el Partido de la Costa donde se radicó varios. Fue en ese contexto donde sufrió un accidente que marcaría un antes y un después en su vida. “En una obra se me vino encima un pilar de luz de 1000 kilos. El dueño de la constructora era amigo mío y para no comprometerlo, no dije nada”, contó. Las consecuencias fueron graves. Para poder afrontar las cirugías, tuvo que desprenderse de todo lo que tenía, ya que trabajaba de manera informal y no contaba con cobertura médica. “Todos los bienes que tenía los vendí para poder operarme. Tuve triple fractura de fémur, cabeza de fémur, cadera y pelvis. También fracturas en los peronés y perdí piezas dentales a raíz del accidente. Hoy, poder estar parado y caminando como estoy es muchísimo. Yo siento que todo pasa por algo”, dijo. Durante un tiempo vivió en casas de amigos, pero un día decidió irse. No quería depender de otros. “Uno no puede depender de otra persona. No quiere vivir de prestado. No es orgullo, pero tengo una forma de ser... y eso me afectaba psicológicamente. Me fui y dije: bueno, a ver qué pasa en la calle”, sostuvo. Para hacerlo se instaló en Palermo. “Elegí Palermo porque me gustaba. Me gusta el paisaje, la gente. Es un barrio donde hay mucha solidaridad. Si sos buena persona, la gente se da cuenta. Además, me gustan los parques, es un lugar más natural dentro de la ciudad”, contó. Hoy Juan sigue viviendo en la calle, sobre Arenales, cerca del Jardín Botánico. Allí arma su espacio cada noche y ahí también pinta durante el día. Es el rincón que eligió —y el que lo eligió a él— dentro de un barrio que lo conoce, lo saluda y lo ayuda a sostenerse mientras intenta salir de la vulnerabilidad. También señaló que, para alguien en su situación, el barrio ofrece ciertas ventajas: “Hay más lugares, más plazas donde podés quedarte. Y la gente está más acostumbrada a ver personas en situación de calle. En el centro, en cambio, te echan. Porque hay muchos que se hacen pasar por personas en situación de calle y en realidad están robando o mirando qué tenés”. Con el tiempo, terminó instalándose en la calle Arenales. Allí conoció a un vecino que lo ayudaba económicamente. “Siempre me daba una mano, me tiraba una moneda. Un día, hace aproximadamente un año, me dijo: ‘Creo que ya no te voy a poder ayudar’”, recordó. Y Juan le dijo: “‘No pasa nada’. Me levanté y me puse a trabajar, como siempre. ‘Pensé, si no me ayuda, tengo que salir a buscar para comer. Juntaba metales, latas, papel blanco, ropa. Todo lo que recolectaba luego lo vendía’”, explicó. En la basura, la primera señal Un día empezaron a aparecer en la basura materiales de pintura: acrílicos, telas, pinceles. Al principio no les prestó demasiada atención, pero la situación empezó a repetirse. “Y yo decía: ¿qué pasa? Iba a otro lugar y lo mismo. Más papeles, más telas. Llegué a tener dos valijas llenas de materiales y pensaba: ¿qué hago con todo esto?”, sostuvo Juan. Intento vender esos insumos, pero ,nadie los compraba, fue ahí que decidió volver a dibujar. Su primer retrato estuvo inspirado en una imagen que había visto en una revista. “Hay una foto de National Geographic que un fotógrafo hizo para ayudar, de alguna manera, a una chica que vivía en la pobreza total. La asocié con mi vida. Él ayudó a esa chica, y la persona que me ayudaba a mí hacía algo parecido. Sentí que había una relación con mi historia, y la dibujé”, explicó. Ese primer retrato se lo regaló justamente a quien lo había acompañado durante mucho tiempo y que no le podía ayudar hoy en día. “Cuando pasó, le dije: ‘Mirá que esto es para vos’. Y me respondió: ‘Dejate de joder’. Le insistí: ‘Es para vos en serio’. Y no lo podía creer”, recordó. Mientras trabajaba en ese dibujo, otros vecinos comenzaron a acercarse y a pedirle retratos. “En ese momento tenía cuatro o cinco dibujos, no eran cuadros. Estaba trabajando a lápiz”, contó. Otra vecina que vivía enfrente, artista plástica, se acercó junto a una persona que venía de España, de Asturias. “Vieron lo que estaba haciendo y me dijeron: ‘¿Me hacés un retrato?’. Se lo hice ahí mismo y terminaron comprándome todo lo que tenía: su retrato y los demás dibujos”, explicó. La sorpresa fue aún mayor cuando vio cuánto dinero le dejaron. “Me dio 400 euros, de regalo, porque le pareció poco lo que le estaba cobrando”, recordó Juan. Con ese dinero pudo comprar algo que necesitaba desde hacía tiempo: un teléfono celular. Poco a poco, sus dibujos empezaron a hacer visible algo que antes parecía invisible: su propia presencia en el barrio. “Desde el primer momento quise mostrar que una persona, por más que esté en situación de calle, no es un don nadie. Yo estaba acá sentado, leyendo un libro, como con la capa de invisibilidad de Harry Potter: nadie me veía, nadie me miraba”, sostuvo. Y añadió: “Me empezaron a saludar recién cuando empecé a dibujar. Antes, nada. Era como si no existiera”, explicó. En apenas cinco meses, ya realizó 64 cuadros. “Son todos por encargo. No hice nada por iniciativa propia. Al principio quería testimoniar lo que veía en la calle, pero trabajo a partir de fotografías para que también tengan algo de instantáneo, como una especie de selfie. No siempre el mismo retrato con la misma expresión”, explicó. Su idea es capturar escenas cotidianas, momentos reales. Los retratos suelen estar listos en muy poco tiempo y, muchas veces, los entrega de un día para el otro. Un cuadro tiene que ser como una ventana hacia otro mundo. Es eso: una ventana. Por eso está colgado en una pared. Yo trato de que cada obra funcione así, como una entrada a otra realidad”, sostuvo en diálogo con LA NACION. Para pintar, utiliza distintas técnicas. “Uso una base donde mezclo todos los colores primarios: negro, azul, rojo, amarillo y blanco. Es como tener todos los colores en uno. A partir de eso, después puedo ir sacando los tonos que necesito”, sostuvo. Luego trabaja la composición de la obra. “Existe una zona áurea dentro de la imagen para que el ojo vaya hacia donde vos querés. Primero calculo eso. Trato de ubicar la imagen en uno de los puntos principales”, explicó. Mientras Juan muestra sus dibujos a LA NACION, algunos vecinos se pararon en la vereda. “Lo queremos un montón”, dijo Karina, que trabaja en la farmacia de al lado. “Me hizo un cuadro de mis perritos, es espectacular. Él cambió el clima a la cuadra. La gente se detiene, mira. Hay personas que vienen todos los días solo para ver lo que está haciendo”, explicó. Y añadió “Me parece que él se sintió más valorado desde que empezó a pintar porque ganó visibilidad. Muchas veces, las personas en situación de calle no la tienen. Y él pudo mostrarse desde el lugar de la pintura”. Desde la pizzería Pirandello, al lado, también destacaron su presencia. “Es una excelente persona, como artista y como vecino. Incluso antes de empezar con todo esto, ya tenía buena relación con todos”, comentó el dueño del local. Otro vecino sumó: “Él está atento a lo que pasa en la cuadra, nos avisa si ve algo. Es alguien que cuida el lugar. Eso también es importante”. Para Juan, lo importante es demostrar su valor a través de su trabajo. “Lo hice para demostrar que no todos somos lo mismo, que hay gente honesta en la calle. Es como si en un pantano creciera una flor. Así lo veo yo: como un renacer, una forma de salvación a través de la pintura”, afirmó. Su objetivo ahora es conseguir más clientes para poder salir adelante. Y, como todo artista, ya piensa en el próximo paso de su obra. “Estoy pensando en crear un estilo donde se entienda que en la realidad hay múltiples puntos de vista sobre una misma escena”, explicó. La idea es mostrar distintas perspectivas de una misma persona. “Si la ves de espaldas, ves lo que esa persona está viendo. Si la ves de frente, ves lo que ella no ve. También los perfiles. Juego con todas esas miradas. Es como un hipercubismo”, concluyó.