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Encanto francés: el pasaje más parisino de Buenos Aires, y la única calle en espejo, estrena galería de arte y futuros hoteles

2026-03-27 - 06:10

En el Pasaje Rivarola no suele pasar nada o, mejor dicho, lo que pasa no siempre se ve. Por eso, cuando a fines de 2025 volvió a marcar la hora el reloj del antiguo taller de Miguel Raab, la noticia tuvo un giro inesperado en la vida cotidiana de los vecinos. Meses antes sobre la misma vereda habían celebrado la apertura del Café Rivarola, un acontecimiento inédito en la historia de este atajo urbano considerado el más parisino de Buenos Aires. Esta saga de pequeños gestos fue una señal inequívoca para Mariela Ivanier: “Una noche, al regresar a casa, Javier -el encargado de mi edificio- me contó que un vecino había costeado su reparación. Cuando bajé para comprobarlo, el reloj estaba en hora, justo debajo de mi ventana. Había una luna enorme colgada del cielo y brindamos con espumante en la vereda. Sentí que todo conspiraba para tomar la decisión” recuerda. En los días posteriores concretó el alquiler de uno de los ocho espacios comerciales ubicados en la planta baja del pasaje con la intención de cumplir un sueño: abrir su propia galería de arte, a pasos de su casa. El lugar elegido para el proyecto tiene una magia adicional: se hizo famoso por haber albergado “el restaurante de La China” en la serie Envidiosa, protagonizada por Griselda Siciliani, cuyo personaje vivía en el número 139 de la calle. “Colección Rivarola. El local” promete ser es una rara avis dentro del circuito ya que se concibe como una galería de galerías, un proyecto colaborativo que alojará exhibiciones de galerías de arte que necesiten sumar metros cuadrados para presentar sus obras. “Está creado para albergar propuestas de artistas, escritores, cineastas, músicos y poetas con quienes disfruto trabajar y compartir proyectos”, afirma Ivanier mientras recorre el espacio de techos altísimos y materiales nobles, característica de la época, comienzos del siglo XX. Aquí nomás está Paris La ciudad aloja en su extensa cartografía unas 577 cortadas, dice en su Misteriosa Buenos Aires el escritor Germinal Nogués. Se trata de pasajes, o su traducción “paso público”, entre dos calles que, por lo general, no conducen a ninguna parte. Algunos son angostos, otros conectan calles que no son paralelas o bien están ubicados dentro de un conjunto de viviendas colectivas; los hay sin ningún encanto y casi todos son verdaderas burbujas urbanas, materia prima de escritores, artistas y directores de cine, como el Rivarola, que es set de filmación constante. Una vista cenital permitiría observar la división de esta (ex) manzana comprendida entre Mitre, Perón, Talcahuano y Uruguay, barrio de San Nicolás. Son pocos metros, pero su extensión alcanza a condensar un paisaje estable dentro de un entorno decididamente desparejo en el que conviven construcciones de gran calidad y aberraciones de la arquitectura reciente, todo eso enmarcado por un espacio público ceniciento (veredas rotas, residuos que esperan días para ser retirados y tanto más). Próximo al Pasaje de la Piedad (en Bartolomé Mitre), el Rivarola se distingue de los demás por la simetría: los edificios son idénticos a ambos lados de la vereda. Recuerda en su blog el investigador Pablo Bedrossian que el proyecto fue realizado por los ingenieros Petersen, Thiele y Cruz entre 1924 y 1926 por encargo de la compañía de seguros La Rural, cuyo objetivo era levantar viviendas para alquilar (entonces, y hasta 1948, cuando se sancionó la ley de Propiedad Horizontal, solo se autorizaba la construcción de edificios como inversión para renta), razón por la que originalmente el lugar tomó el nombre del comitente (Pasaje La Rural). Se sabe que el estudio es autor de algunos emblemas de la arquitectura de Buenos Aires, como el edificio de ATC en Barrio Parque, IBM en Catalinas Norte, la torre Pirelli en Retiro y los Pabellones II y III de Ciudad Universitaria. Fuera de la ciudad levantaron el Estadio Mundialista de Mendoza (hoy “Malvinas Argentinas”) y la Central Nuclear Atucha II. La ejecución estuvo a cargo de la empresa Geopé (Compañía General de Obras Públicas S.A.) de capitales alemanes, también conocidos por haber hecho el Correo Central y el Colegio Nacional de Buenos Aires, además de dos iconos porteños: el Obelisco y “La Bombonera”, la cancha de Boca Juniors. Los ocho edificios desarrollados a lo largo del pasaje presentan un aspecto notablemente afrancesado, no solo por recrear el estilo Beaux-Arts que tanto obsesionó a la elite local a fines del siglo XIX, sino por la ausencia de carteles publicitarios de esos que estropean los frentes, razón por la que el transeúnte puede apreciar con claridad los detalles ornamentales, la herrería de balcones y puertas, entre otros elementos. Cada bloque posee planta baja comercial y cinco pisos con tres unidades de departamentos; en las esquinas, cuatro torres rematan en pequeñas cúpulas con miradores que acentúan la composición en espejo del conjunto. Todos tienen sótano, vivienda de encargado y una generosa terraza con vistas directas al Barolo y al mar de cúpulas de la zona céntrica: “En la década de los setenta y ochenta le decían ‘Punta Rivarola’ porque estaban conectadas y los vecinos más jóvenes hacían fiestas, subían a tomar sol” – recuerda Marta Soto, vecina memoriosa radicada en el pasaje desde 1984. El anecdotario es largo, y tiene sus desvíos. Hubo dos relojerías célebres en la misma vereda, apunta: en una, la esposa del dueño apareció un día con una maza y destruyó el local luego de comprobar que su marido la engañaba; en la otra el escándalo sucedió cuando tras la muerte de Raab aparecieron tres mujeres con sus respectivos hijos reclamando parte de la herencia, recuerda. Entre swingers, libros y bulones Respecto del uso comercial, la ley preserva la condición patrimonial del pasaje y en algunos casos su aplicación ha sido oportuna. “Al ser patrimonio histórico el uso comercial de los locales está bastante limitado. Ese argumento fue clave cuando en uno de la esquina se filtró sin que supiéramos un boliche swinger, un escándalo, pero funcionó pocos meses hasta que juntamos firmas y logramos su clausura” recuerda Mercedes García Mansilla, vecina desde hace dos décadas. La apertura del Café Rivarola, en cambio, fue posible gracias a que sus instalaciones son eléctricas (no cuenta con gas), un requisito fundamental que exige la normativa en caso de propuestas gastronómicas en edificios antiguos. En los extremos del pasaje siguen firmes dos comercios históricos: la Vidriería del Centro, sobre Mitre, y la ferretería GA-TA, el emporio del bulón, sobre Perón; también la librería Asunto Impreso y el Museo de la Mujer. Entre futuros hoteles y pasajeros El movimiento cultural del centenario pasaje coincide con un fenómeno curioso en su entorno inmediato. En los últimos meses varios edificios que durante años estuvieron supuestamente abandonados aparecieron con el cartel de habilitación de obra, lo que despertó las sospechas de los parroquianos. Apenas advirtió los movimientos, García Mansilla empezó a averiguar buscando información en los códigos QR. “Llamé al gobierno de la ciudad y enseguida me contestaron, aclarando que tienen permiso de obra. Efectivamente, hay varios emprendimientos hoteleros, algunos casi terminados que yo misma verifiqué preguntando a los obreros. Ojalá sirva para reactivar el área y devolverle parte de su antiguo protagonismo” sostiene. Mientras el futuro llega, el pasaje se activa gracias a la voluntad de sus vecinos que comenzaron a organizarse para ponerlo en valor. Además de las muestras en la galería de arte - que inauguró con una exposición curada por Ana Stjerne, de la galería Valk, y reúne obras de las artistas Mariana Jasper y Débora Staiff – en abril comienza en el Café Rivarola la cuarta edición de un ciclo de charlas con escritores argentinos, sumándose al calendario de encuentros que realiza la librería Asunto Impreso.

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