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Emprender a los 60; vendió su empresa para abrir, con su mujer, una cafetería en Palermo: “Nos trataban de locos”

2026-03-24 - 06:10

Walter Chiari y Patricia Romano tienen 63 años y están casados hace 18 años. Walter viene de una familia de Italia, de Lombardía. Su abuelo, Alessandro Chiari, llegó a Brasil desde el puerto de Génova en el año 1984 y trabajó en una finca cafetera, luego, viajó a Argentina. Una parte de la historia familiar que Walter conoció al empezar los trámites para obtener la ciudadanía italiana. En pandemia, su hijo mayor -de un matrimonio anterior- decidió estudiar para ser barista, se recibió y creó junto a un amigo el Club del Café. Pero además consiguió la calificación SCA que se otorga al café de especialidad y como premio lo invitaron a un viaje al Museo del Café en San Pablo. Cuando leyó la dirección recordó que en algún otro lugar él ya había leído aquellas coordenadas, volvió a los papeles y descubrió que el museo está ubicado donde estaba la finca cafetera a la que llegó Alessandro. La sorpresa lo entusiasmó: “De alguna manera por mi sangre, por mi antepasado ya venía la veta cafetera y yo sin saberlo”, asegura Walter. La cafetería que inauguraron en diciembre Walter y Patricia es parte de un proyecto que se viene gestando desde el 2024, es decir 130 años después de la llegada de su abuelo a Brasil. “Papá, dejate de embromar, ¿por qué no te ponés una cafetería?” En el 2018, la pareja decidió dar un vuelco a su vida. Él tenía una empresa de logística, y ella, técnica universitaria en cosmetología, estética y cosmiatra, estaba al frente de su gabinete de estética, pero los sueños estaban pidiendo un lugar entre los negocios ya establecidos. ¿Sería Argentina el lugar del cambio? Junto a un matrimonio italiano comenzaron un proyecto para abrir una cafetería en Italia en la zona del Lago Di Como. El plan era vender café y productos envasados tercerizados para acompañar la bebida de los turistas del norte que son habitúes de aquel lugar. “Patri había vivido cuatro años en Italia y teníamos ganas de terminar nuestros años allá con una actividad comercial tranquila como es una cafetería”, cuenta Walter que además aquel matrimonio italiano quería también dejar su actividad en la ingeniería para comenzar este proyecto juntos. Pero llegó la pandemia y el mundo cambió al igual que los proyectos. Situación que también tocó al hijo de Walter que se fue a vivir a Pamplona, España. Eran tiempos para esperar. Cuando la cuarentena lo permitió, Walter viajó a visitar a su hijo, y los encuentros con extensas charlas dejaron al descubierto planes antiguos: el deseo de emprender en el rubro cafetero se había reavivado. “Con mi hijo barista, mi nuera que es repostera y cocinera, y el socio del Club del Café, las cenas eran un despliegue de complicaciones laborales actuales mezcladas con ideas y deseos, por eso nunca olvido la pregunto de mi hijo: “Papá dejate de embromar, qué haces con la logística, que hacés peleándote con los sindicatos, ¿por qué no te ponés una cafetería?”, recuerda Walter. El mensaje quedó girando en su cabeza. Volvió a Buenos Aires con el plan de abrir una cafetería, pero esta vez en España incluyendo producción propia en la gastronomía. Comenzaron con Patricia a armar el proyecto pero se dieron cuenta de que implicaba una movida muy grande: vender propiedades, autos y girar dinero a Europa. “Pero seguimos insistiendo con la cafetería, analizamos con Patri qué probabilidades había y dijimos hagámoslo en Argentina”, explica Walter sobre los pro y los contra de emprender. La decisión estaba tomada. “Ustedes están locos” Su hijo fue quien lo contactó con Fernando Lozano, fundador del café de especialidad Negro Café (que recientemente entró en el ranking de The World ́s 100 Best Coffee Shops) y quien les propuso a Walter y a Patricia una propuesta superadora, abrir una cafetería bistró. “Bistró para definirlo con una palabra pero con el concepto de hacer foco en lo porteño, de hecho uno de nuestros cafés se llama café porteño”, detalla Walter. El alma de la cafetería estaba, pero faltaba el espacio para concretarlo. Empezaron la búsqueda de local por la zona de Palermo hasta que encontraron uno que los conquistó: era una gran esquina, allí había funcionado durante años la pizzería La Peca, un clásico punto de encuentro del barrio. “La gente con más tiempo en el barrio viene siempre y nos cuentan historias de la pizzería, es lindo porque ves que disfrutan sentarse en el mismo lugar, si bien tiene un aspecto diferente, para muchos vecinos es un espacio propio en el barrio. Acá la gente viene, charla, te haces amigo, encontrás el espíritu de barrio, como era antes, y hoy es muy difícil de encontrar esa sensación. Yo creo que los clientes van a ser fieles a la propuesta”, asegura Walter. Con todo planeado, quedaba dividir tareas y empezar a cumplir el deseo. Así, dividieron tareas. Él se dedicó a la obra civil con los arquitectos, ella al mobiliario y decoración del local que cuenta con una cocina de 58 metros cuadrados para brindar el servicio de bistró. Walter vendió su empresa, al principio continuó en paralelo trabajando con ambos porque tenía que capacitar a los nuevos dueños. Patricia, jubilada, bajó el ritmo de su actividad aunque reconoce que ahora que el proyecto está encaminado puede ir retomando sus pacientes. El 12 de diciembre abrieron Negro El Salvador: “Estamos cansados y contentos”, describe Walter. Son horas de mucho trabajo y aprendizaje, “cuando uno no entiende mucho hace las cosas más lentas y con algo de duda, pero dicen que quien va lento va seguro, y quien va seguro va lejos. Utilizando esa política me parece que vamos bien”, se ríe. Hoy sienten que con sus amigos de toda la vida les cuesta encontrar temas en común, “en las reuniones nos decían ustedes están locos, arrancar con esto, de dónde sacan la energía, no entendían”, cuenta Walter. Pero sí, se siente enérgicos, mantienen una vida sana, van al gimnasio, durante un mes y medio estuvieron sin encargada en el local y ellos mismos se ocupaban de la cafetería de 8 de la mañana a 8 de la noche, “siempre estuvimos rodeados de gente joven que te da energía. No te voy a decir que me siento un chico de 20 pero sí un tipo de cuarenta y pico”, admite Walter a sus 63 años.

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