Elogiado por el Papa Francisco, cómo el Palacio Pereda se convirtió en residencia del embajador de Brasil: “Vivís en la mejor casa de Buenos Aires”
2026-02-06 - 15:26
“El Palacio Pereda está considerado el mejor palacio de Buenos Aires”, asegura Jorge Fernández Cruz, guardián de uno de los edificios más majestuosos de la Ciudad de Buenos Aires. Pocos conocen la residencia como él, hace 48 años que administra el lugar. Para principios de 1900, los Pereda eran, junto a los Anchorena, los Santamarina y los Duhau, miembros de la elite porteña. Celedonio Tomás Pereda estaba casado con María Girardo y era un empresario ganadero, uno de los grandes terratenientes de la Argentina e importante miembro de la Sociedad Rural Argentina. Venía de comprar las estancias “La Asunción” en 1884, “La Encarnación y, en 1900, “La Unión” en Gral. Madariaga. Con el tiempo sumaría “Villa María”, en Máximo Paz. Pero, a fines de 1917, adquirió un amplio terreno –de la sucesión del general Benjamín Victorica-y planeó construir allí su residencia familiar. “Tenían como diez hijos”, detalla Jorge. A la vez que recorre el lugar, asegura cuidadosamente los ventanales que dan al jardín y saca a relucir algunos de sus secretos. “Durante mucho tiempo se pensó que la fachada era ésta, porque este fondo, el jardín, no existía. Daba directo a la calle. Pero ése es un mito, porque en realidad el edificio es un pastiche”, aclara su guardián. “Pastiche es una denominación en arquitectura que implica crear algo relacionado a otra obra hecha antes, una imitación. Pereda le pidió al arquitecto que le hiciera una réplica del Jacquémart-André de París (hoy una cafetería, prácticamente un shopping, con un café carísimo y que nada tiene que ver con esto)”, se lamenta. “El frente es idéntico” El estanciero eligió al arquitecto francés Louis Martin, un egresado de la Ecole des Beaux Arts de París y autor de varias residencias porteñas. Sin tapujos, le señaló como modelo el edificio Hôtel Jacquémart-André de París, construido en 1969, hogar del banquero y coleccionista Edouard André y de su esposa, la artista Nelie Jacquemart (y que, en 1913 se convertiría en el Museo Jacquemart-André de París). Pereda conocía bien al magnífico edificio, no solo su exterior también el interior, con su colección de muebles, esculturas y pinturas, y ansiaba poseer un clon de este en Buenos Aires. “El frente, cuando vas llegando, es idéntico. Al ver el de París, a mí me temblaron las piernas. La fachada es igual, al instante te das cuenta. Es todo simétrico, con un portón de entrada y un portón de servicio, que son iguales. Por entonces, los carruajes entraban por una puerta, bajaban a la gente, y salían por la otra. Con el tiempo se convirtieron en cocheras”. La escalera de la discordia Durante el transcurso de la construcción, un detalle lo cambió todo. El arquitecto se había tomado algunas libertades. “A diferencia de este edificio, el Jacquémart-André tiene una escalera de mármol de carrara entrelazada. El dueño pedía que imitaran los ambientes, pero imagino que la proporción acá no les permitió darle lo que él quería. Le hicieron una escalera espectacular -simple, sencilla y de una vuelta-, pero se ve que él tenía otra cosa en mente”, se lamenta Jorge. Aquel fue el punto de inflexión. En 1919, con la obra en marcha, Martin fue despedido. “Se trataba del ingreso, del hall. Y, en protocolo,