Elena Placci: “No pienso en récords ni en marcas extraordinarias, pienso en mantenerme activa”
2026-03-08 - 03:14
CÓRDOBA.- A los 90 años, Elena Placci entra a la pileta de natación con la concentración de una atleta profesional. Calcula brazadas, controla la respiración, mide el momento exacto del giro y afina cada movimiento como si estuviera preparando una final. Entrena dos veces por semana, acepta que el cuerpo ya no responde como antes y sabe que el cansancio llega más rápido. Pero no negocia la disciplina ni el placer de nadar. El agua es su lugar, incluso el ambiente donde calma los dolores “típicos de la edad”. Placci nació en Río Cuarto el 22 de octubre de 1935. Empezó a nadar a los 62 años, cuando se jubiló como profesora de inglés. En agosto pasado participó del Campeonato Mundial de Natación realizado en Singapur, donde ganó dos medallas doradas y obtuvo, además, tres cuartos puestos. Conquistó el oro en los 100 metros libres y en los 200 metros free, mientras que en los 50 metros espalda, 50 metros crol y 100 metros espalda alcanzó la cuarta posición. Más allá de los premios, festejó que en todos los casos mejoró sus propios tiempos. Soy más que Rada. La caja que le cambió la vida, el traje de Wonka y el día que se tuvo que bajar del escenario Aunque de chica, en los veranos, iba a la pileta del club Estudiantes de Río Cuarto -de la que todavía recuerda su “agua helada”- hace casi tres décadas descubrió por azar que existía un circuito competitivo para personas adultas, “los masters, de más de 25 años”. Vio en televisión a un hombre de 80 y tantos contando su experiencia y decidió que le podría gustar. Desde entonces, su vida se organizó alrededor del entrenamiento, los torneos y los viajes. Compitió en Sudamérica, Estados Unidos, Oceanía y Asia; sumó medallas, amistades y experiencias. Combina dos pasiones, la natación y viajar. En estos años y con la experiencia del deporte, también aprendió a convivir con los límites, el paso del tiempo, las lesiones, el cansancio. Placci no da vueltas para hablar de la vejez, la nombra así, sin eufemismos. Recibe a LA NACION en la casa familiar, donde crio a sus tres hijas a las que ahora recibe junto a sus cuatro nietos. Quedó viuda hace 14 años; su marido, que cuando ella empezó a nadar la miró extrañado, la terminó acompañando en torneos. Disfruta de conversar, de entrenar, de cultivar su huerta y de estudiar. Realiza cursos de literatura comparada, de cine y de memoria. Lee novelas en inglés, en italiano y en español. Mantiene vínculos con amigos y amigas de distintas partes del mundo y solo lamenta haber tenido que dejar de manejar su auto a los 82 por una maculopatía. “Me quitó independencia”, advierte. De joven estuvo becada en los Estados Unidos y en Italia, a donde también tiene familia. Está planificando competir en Budapest, donde a mediados de este año habrá un campeonato. “Veremos, porque me quedé sin plata”, dice sin perder las esperanzas. También tiene en vista uno para 2027, que la entusiasma más porque es en un lugar de Australia que no conoce. -¿Cuándo descubrió la natación? -Yo nadaba como nada alguien a quien le gusta el agua, nada más. Iba a la pileta de vez en cuando, sin profesor, sin entrenamiento, sin objetivos. En general solo en verano en Río Cuarto, al club Estudiantes, con agua helada porque era agua de pozo. Era otra época: no se hablaba de cloro, el agua se cambiaba una vez por semana y uno se pasaba el día con frío, pero igual nadaba, me tiraba del trampolín, siempre parada, nunca de cabeza. Después vinieron los estudios, el trabajo, la familia, y la natación quedó como algo ocasional. Un día, ya jubilada como profesora de inglés, mirando la televisión vi hablar de las competencias para mayores a un hombre y ahí empezó todo. -¿Qué pasó ese día? -Vi a un hombre grande, tendría unos 85 años, que hablaba de la natación master. Decía que cualquiera que tuviera ganas, voluntad y tiempo podía entrenar y competir. Que no hacía falta haber sido deportista de chico. Eso me impactó muchísimo. Fue algo muy intuitivo, no lo pensé demasiado. Sentí que eso podía ser para mí. Llamé para averiguar cómo podía hacer para contactarme con los masters. Me dieron el teléfono del capitán del equipo del Círculo de la Fuerza Aérea, me preguntaron si sabía nadar. Yo dije “creo que sí”. Fui esa misma tarde con la malla porque el entrenador evaluaría si podía ingresar. -¿La aceptaron? -Me hicieron nadar 25 metros de cada estilo que, supuestamente, sabía. Cuando salí de la pileta, el entrenador me dijo: “Nadar, nada, pero hay que pulir mucho, corregir cosas, aprender otras”. Me recomendó tomar clases. Empecé con un profesor tres veces por semana, una hora cada vez. A los cuatro meses ya estaba en condiciones de ingresar a los masters. Fueron tiempos intensos, iba tres veces por semana con el profesor y tres veces con el grupo master. Y también los domingos. Tenía ganas, tiempo y entusiasmo. Mis hijas ya eran grandes. Era un momento de la vida en el que podía dedicarme a eso. -¿Cómo reaccionó la familia? Porque era un cambio de vida. -Al principio, a mi marido no le gustó mucho la idea. Le parecía algo raro para una mujer grande. Él no sabía que existían los masters, yo tampoco. Después, cuando empecé a ir a torneos y volvía con medallas, empezó a acompañarme. Se involucró mucho: cuidaba los bolsos, festejaba las copas, compraba champagne cuando ganábamos. Se sentía parte. Ese primer día, al regresar de la prueba, les dije a todos “ahora tendrán que empezar a cocinarse, a poner el agua, los fideos. Porque yo volveré tarde”. Mi marido, ese día, se giró y le hizo un gesto a las chicas como de “ya se pasará”. No dije nada, pero hice. La primera medalla de su vida -¿Recuerda su primer torneo? -Perfectamente. Fue en Rosario. No era un torneo master propiamente dicho, pero me sirvió para debutar. No me tiré de cabeza, entré parada. Me dieron una medalla, la primera de mi vida. Una compañera dijo que la iba a tirar en un canal, estaba molesta por la forma en que estaba organizado y también estaba acostumbrada a ganar medallas. Para mí fue un honor enorme. La guardo hasta hoy. -¿En qué piensa cuando nada? -Me concentro completamente en el nado. Pienso en cómo muevo los brazos, en el trabajo de las piernas, en la respiración, en cuántas brazadas necesito hacer antes del giro. Eso te obliga a estar presente, no pensás en otra cosa. Es una concentración muy fuerte. No dejo que la mente se vaya para cualquier lado. “Yo nadaba como nada alguien a quien le gusta el agua, nada más. Iba a la pileta de vez en cuando, sin profesor, sin entrenamiento, sin objetivos [...]. Era otra época: no se hablaba de cloro, el agua se cambiaba una vez por semana y uno se pasaba el día con frío, pero igual nadaba” -Lleva casi 30 años nadando, ¿entrena distinto?, ¿qué cambió en este tiempo? -Tengo mucho más cuidado. Entreno dos veces por semana. Más no puedo, porque me canso demasiado. Antes iba seis o siete veces. La edad limita, eso hay que aceptarlo. El cuerpo no responde igual. Pero mientras pueda, sigo. Ahora entreno martes y jueves, de 8 a 9 de la mañana, en la pileta del colegio Peña, que es de 25 metros. Tengo un entrenador que me gusta mucho y eso también es importante. No es ir a nadar por nadar: está planificado, exige concentración y esfuerzo. Uso aletas, manoplas, a veces las dos cosas juntas. Hay tramos fuertes y tramos suaves, y todo eso hay que cumplirlo. No puedo improvisar. Antes hacía ciertos tiempos, hoy hago otros. No me comparo. Me concentro en hacer bien lo que puedo hacer hoy. -Además de nadar, hace otras cosas, ¿qué le gusta? -Tengo huerta, leo mucho, estudio literatura comparada, cine. Tengo siempre varios libros empezados; leo en español, en inglés, en italiano. Me interesa cómo se aborda el tema de la vejez en la literatura y en el cine, cómo se la representa. Eso también te ayuda a pensarte. La actividad te mantiene viva, te da curiosidad. No me gusta aburrirme ni depender de otros. No podría vivir en un departamento. Abrir la puerta y ver un ascensor me daría angustia. En mi casa, abro la puerta y veo las plantas, los pájaros, el cielo, siento el aire. Trabajo la tierra. Eso también es vida para mí. De joven, de chica siempre decía que quería viajar y la natación también me permitió hacerlo, he viajado muchísimo. Sudamérica, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, Singapur. Los torneos me dieron la posibilidad de conocer el mundo. Viajar siempre fue un sueño para mí y la natación me lo permitió cumplir. Los torneos son una excusa para viajar y conocer. Después del torneo siempre trato de quedarme unos días más y recorrer. Después de Singapur, una de mis hijas se me unió en Bali unos días, después ella regresó y yo me fui a Bolonia a visitar familia. -Cuándo soñaba, de joven, con viajar, ¿qué la atraía? -Conocer gente. Me encanta, todavía tengo varias amigas en el exterior. Por ejemplo, una de Acapulco con la que nos escribimos todos los días. Ella me muestra cómo nada, yo le cuento lo que hago. Tiene 89 años; la acompañan hasta el mar porque tambalea para caminar, pero nada en aguas abiertas en la Bahía de Acapulco, hace cinco kilómetros y casi que no puede mover las piernas. Nada con la mitad de su cuerpo prácticamente y, cuando sale la tienen que ir a buscar porque no se puede casi parar. Yo he ido a Miramar, después de la pandemia, y también me tuvieron que acompañar porque si la ola me toma las piernas me tira abajo porque ya no tengo fuerzas. -¿Cómo se lleva con el competir, con medir fuerzas con otros? -Me gusta competir, pero no desde la agresividad. Cuando estoy esperando para largar, me gusta concentrarme. Pienso cómo me voy a tirar, cómo voy a nadar, qué prueba me toca. A veces hay gente que está al lado, otros competidores, que empiezan a hablar de dolores, de enfermedades. Yo trato de cambiar de tema. No me gusta hablar de eso, no me gustan esas cuitas, no me gusta hablar de enfermedades. Prefiero concentrarme en lo que tengo que hacer. -Uno creería que quienes compiten, más allá de la edad, no hablan de enfermedades. -Sin embargo, sí. Hay una tendencia de la gente grande a hablar de eso, de los achaques. Yo trato de escucharlos con educación, pero no engancharme demasiado. No me interesa girar todo el tiempo alrededor de la enfermedad. -El último campeonato, el de Singapur, ¿fue especial? Ganó mucho. -Fue particular porque fui sola. Mi compañera, otra mujer que nada, tuvo un problema de salud y no pudo viajar. Yo pensé en no ir, pero tenía todo pago y pensé “¿por qué no voy a ir? Estoy bien de salud, tengo ganas, tengo todo organizado”. Hablé con mis hijas y les anuncié que me iba sola. En Ezeiza nos encontrábamos con otras compañeras de Buenos Aires y Neuquén. Viajar sola a los 90 años no es lo mismo que hacerlo a los 40. Todo requiere más atención. Fue una experiencia fuerte, pero muy linda. A esta edad un torneo mundial requiere mucha organización y mucha conciencia de lo que implica. No es solo nadar. Antes hay que hacer estudios médicos completos; después están los trámites con las federaciones provincial, nacional e internacional. Nada es automático. Cada nadador tiene que demostrar que está en condiciones de competir, anotarse en las pruebas y cumplir con tiempos exigidos. Si no se llega a las marcas mínimas, no se puede participar. Durante muchos años yo no pude anotarme en los 50 metros libre porque no daba; en Singapur, por primera vez pude hacerlo. Para mí fue un logro personal enorme. Independencia -¿Es de buen humor? Pareciera que sí. Se la ve optimista. -Diría que sí. Igual, algunas cosas me enchinchan, me enojan, pero trato de estar bien. -¿Qué la enoja? -Me enchincha que mis hijas me digan “no subas la escalera, no pises ahí”. Si tengo que cortar una rama, me subo a la escalerita y corto. Si me va a pasar algo, pasará. Siempre traté de ser independiente. No me gusta molestar a mis hijas, no me gusta llamar para decir que estoy aburrida. La política me pone de mal humor, me parece espantoso mucho de lo que se hace. Parece que no se dan cuenta de algunas cosas. Los noticieros me cansan, los veo pero son repetitivos, me aburren. Tengo mis intereses, mis actividades. Eso te lo da la vida como consejo: mantenerse ocupada para no apagarse. “No podría vivir en un departamento. Abrir la puerta y ver un ascensor me daría angustia. En mi casa, abro la puerta y veo las plantas, los pájaros, el cielo, siento el aire. Trabajo la tierra. Eso también es vida para mí” -¿Cómo convive con la palabra “vieja”? -No me molesta. Para algunas cosas soy vieja, y está bien. Tener 90 años es ser vieja. No hay que disfrazarlo con metáforas. Lo importante es aceptar lo que uno puede hacer y seguir viviendo con eso. Siento el paso del tiempo en el cuerpo. Me canso más, necesito más recuperación. Antes, por ejemplo, desde el banderín hasta la pared hacía seis brazadas; ahora, hago ocho. Son detalles, pero marcan la diferencia. El cuerpo avisa y hay que escucharlo. No me gusta disfrazar la palabra vieja, usar eufemismos. “Vieja” no es un insulto, es una etapa de la vida. Lo importante es cómo se la transita. Yo trato de aceptar lo que no puedo y disfrutar lo que sí puedo. El cuerpo cambia, las fuerzas no son las mismas, pero la cabeza puede seguir activa. Hay que adaptarse, cambiar objetivos, no compararse con lo que uno fue. -¿Cómo cree que la sociedad, en general, mira a los viejos? -No siempre la sabe mirar, a veces se infantiliza a las personas grandes o se las corre un poco de la escena. Yo creo que mientras uno tenga ganas y capacidad, tiene derecho a seguir eligiendo qué hacer con su tiempo. Cuando subo a un colectivo y no me dan el asiento, cuando veo a los jovencitos que miran y se ponen con el celular, les toco el hombro y les pregunto “¿vas a llegar a mi edad? Si es así, por favor, dejame sentar”. Pero en general, me ayudan, los choferes son amables, los nadadores más jóvenes me asisten, me tratan con mucho cariño, me cuidan, me ayudan a subir al cubo cuando lo necesito. No me siento ejemplo de nada. Hago lo que puedo con lo que tengo. En Singapur tengo una foto en la que me está abrazando una china que tiene 96 años y había otra de 97. Esas no son rivales mías, porque las de mi categoría van de 90 a 94. Ahí se ve que somos bastantes los grandes que nadamos. -¿Qué la impulsa a seguir? -Las ganas, básicamente. Mientras tenga ganas y pueda, voy a seguir. El día que no pueda más, aceptaré otra cosa, como acepté muchas cosas en la vida. Pero mientras tanto, el agua sigue siendo mi lugar. Yo no pienso en récords ni en marcas extraordinarias. Pienso en mantenerme activa, en mover el cuerpo, en no quedarme quieta. Para mí eso es fundamental. Competir me da sentido, un objetivo, me preparo, organizo el viaje, entreno para algo concreto. -¿Cómo se mira el futuro a los 90? -Hay que cambiar objetivos. Por ejemplo, ya no puedo ir sola a nadar a los ríos o al dique La Quebrada. Antes iba con una amiga, ahora ya no. Sigo pensando en torneos, en la vida. Es una locura, pero lo hago. Tengo expectativas. Yo sé que soy vieja, no tengo problema en decirlo. Tengo limitaciones, me canso más, me duele el cuerpo. Pero también tengo experiencia, calma, cabeza. -Cuando mira para atrás, ¿qué se dice? -Que me animé. Que no me quedé quieta esperando. Que usé el tiempo que tuve para hacer lo que me gustaba. Eso es lo más importante.