El sueño, ese otro examen que hay que aprobar
2026-03-21 - 19:10
NUEVA YORK.— Estas líneas comenzaron a ser escritas camino al desayuno de cumpleaños de la amiga argentina de la ciudad que, del grupo de íntimas, el consenso es que “luce como la más joven”. “Tomo mucha agua y duermo ocho horas”, diría otro tipo de gente. No hay datos sobre su ingesta líquida más allá del vino y los tragos que acompañan nuestros encuentros. Lo que sí ha comentado muchas veces es que duerme poco. No importa a qué hora se acueste: a las cuatro de la mañana está despierta. Cuando se lo cuenta al grupo, bien a lo argentino, siempre hay cinco con historias aún peores, listas para relativizar la tragedia: la que se despierta a las tres, la que no duerme desde que nació el segundo hijo, la que corrige pruebas hasta el amanecer, la que tiene el marido que ronca. El insomnio, en esa mesa, no es vergüenza sino competencia olímpica. Pero en la Gran Manzana la actitud general parece que es muy distinta. Según un artículo publicado por The Wall Street Journal, contar que uno no duerme aquí es activar una forma sutil —y no tan sutil— de juicio moral. El matutino lo resumió con una etiqueta perfecta: sleep shaming, algo así como el avergonzar con lo relacionado con el sueño. Las maneras en que las personas juzgan —y minan— cómo y cuánto cada uno descansa. El fenómeno no llega solo a quienes duermen poco. También roza a quienes se van temprano de cualquier encuentro para “cuidar sus ocho horas”, a los que se quedan hasta tarde y se levantan tarde, a los que se quedan hasta muy tarde y se levantan muy temprano. La vigilancia es transversal. Esta cronista pertenece a un grupo particular: el de quienes trabajan desde casa y, cuando los chicos llegan del colegio, están durmiendo la siesta para poder encarar la noche. Encima, en su década en España aprendió que siesta no es tirarse vestida en un sofá para una cabezadita exprés, sino lo que llamaban la regla de las tres P: pijama, padrenuestro y palangana. Lo que opina la propia familia tan neoyorquina sobre esa disciplina ibérica es, por razones diplomáticas, imposible de transcribir. “Nos avergüenzan si expresamos nuestra necesidad de dormir y nos avergüenzan si no dormimos lo suficiente”, dijo al matutino Wendy Troxel, científica especialista en conducta del think-tank Research and Development. “Pero así no funciona el sueño: no es un examen que haya que aprobar”. Para los tecnófilos elegantes, además, existe el auto–sleep shame: el momento en que el anillo Oura o alguno similar informa seis horas de “deuda de sueño” y convierte a la mañana en un boletín de calificaciones. El Oura es un anillo inteligente de diseño minimalista estilo alhaja escandinava que registra fases de sueño y nivel de recuperación. Lo que promete es bienestar; lo que a veces entrega, según un estudio de la Universidad de Stanford, es mayor ansiedad. La obsesión por el descanso óptimo, al cual llamaron ortosomnia, termina siendo contraproducente: cuanto más se intenta controlar el sueño, puede ser que más se lo espante. La ironía es evidente. Nunca hubo tanta información sobre los riesgos de dormir poco —y son reales: cardiovasculares, cognitivos, emocionales— ni tanta literatura especializada ofreciendo recomendaciones sensatas. Pero tampoco hubo tanta culpa asociada con un acto tan primitivo y tan poco voluntario del cuerpo. “A mí, el sitio web donde se descargaban los datos del anillo me despertaba con mensajes estilo: ‘Y bué, qué se la va a hacer, tómatelo con calma’”, bromeó la cumpleañera, que fue de las primeras en probarlo y ya lo descartó. Igual, va a seguir buscando soluciones. Y si para el próximo cumpleaños tampoco puede decir que toma mucha agua y duerme ocho horas día, de cualquier manera el consenso seguro que se mantiene. Nada sabe cuál es la fórmula para que no se note el estrés por no dormir –ni que hablar el paso de los años- pero saber reírse de la libreta de calificaciones del sueño al soplar las velitas es muy posible que colabore.