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El pragmatismo económico versus el pragmatismo comunicacional

2026-03-29 - 03:10

Para comenzar, permítanme definir el pragmatismo económico como un enfoque que prioriza los resultados prácticos por sobre las teorías económicas dogmáticas. Con el correr del mandato presidencial, el programa económico fue, sin dudas, ganando pragmatismo. De la agenda electoral solo quedaron el necesario orden fiscal, una mayor apertura comercial y la desregulación burocrática, ambas partiendo de niveles asfixiantes. Las imprudentes propuestas de dolarización y cierre del Banco Central terminaron siendo, en los hechos, eslóganes de campaña. Pragmatismo. Tras la devaluación inicial, durante la primera etapa del programa se mantuvo el cepo y se implementó un esquema de crawling peg (tablita) como mecanismo, junto con el superávit fiscal, para reducir la inflación desde niveles muy elevados. Cuando la apreciación del tipo de cambio real (TCR), la ampliación de la brecha y la escasez de reservas ya no dejaron margen de acción, se avanzó en un acuerdo con el FMI para fortalecer las reservas, desarmar parte del cepo y flexibilizar el esquema cambiario. Otra vez el pragmatismo. Creo que las bandas cambiarias del primer acuerdo con el FMI tenían errores de diseño. La banda superior, en términos reales, no era muy distinta del promedio histórico reciente. Conocer el TCR de equilibrio es imposible, pero fijar una banda superior con poco margen, en un país sin crédito internacional, con reservas escasas y donde la principal oposición política todavía discute si llueve de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba era, a mi juicio, un error de diagnóstico. Ese esquema se agotó en septiembre pasado. La incertidumbre electoral, sin dudas, jugó un papel clave, pero las fallas propias del diseño hicieron su parte. Esas fallas no se explicaban solo por las bandas, sino también por un esquema monetario que generaba una volatilidad en la tasa de interés tan dañina como innecesaria. Superada la incertidumbre electoral, el equipo económico dio una nueva muestra de pragmatismo. Se priorizó la acumulación de reservas, mejoró la política monetaria para reducir la volatilidad en las tasas y se ajustó la política cambiaria, ahora indexada a la inflación pasada, lo que reduce la probabilidad de que la banda superior se atrase en términos reales y tengamos un problema de balance de pagos. Sin embargo, los recientes altos datos de inflación dejan en claro que la inercia es persistente. El kirchnerismo no solo disipó los mejores términos de intercambio en décadas, sino que además volvió a empujar al país hacia un régimen de alta inflación, mientras nuestros vecinos crecían con estabilidad de precios y acumulaban reservas. En estos últimos dos años, la exitosa reducción en los niveles de inflación ha disminuido el componente inercial, pero no lo ha eliminado. La guerra en Irán, que eleva los precios de la energía por un período incierto, complicará la dinámica de los próximos meses. El aumento del precio internacional de la carne ya generó tensiones en los meses recientes. Y, muy probablemente, los salarios, en su intento por recuperar el terreno perdido en el último semestre, también contribuyan a sostener la inercia inflacionaria. Tengo la intuición de que veremos una nueva cuota de pragmatismo por parte del equipo económico. El primer paso ya fue mencionado: se pasó de un esquema de tablita que atrasaba el TCR a uno que ajusta por la inflación pasada. Estos esquemas no permiten desinflar rápido, pero sí hacerlo de manera sana y sostenible. Tras la crisis de 1982, el equipo económico de los Chicago Boys II en Chile continuó con la agenda de reformas promercado y un sólido programa fiscal del primer equipo, pero sustituyó la tablita que generó la crisis del ’82 por un esquema similar al argentino actual. La inflación tardó casi una década en descender a niveles de un dígito, pero lo hizo sin crisis cambiarias. Durante ese proceso gradual de desinflación, el PBI y las reservas prácticamente se duplicaron. Algo similar ocurrió en Uruguay a comienzos de los años 90. Desde una inflación inicial del 130% anual al implementar el programa, el proceso tomó cerca de ocho años hasta alcanzar niveles de un dígito. En el camino, el país acumuló reservas por más de 5 puntos del PBI (equivalentes a unos US$30.000 millones en la Argentina actual) con un crecimiento económico consistente. El pragmatismo es, ante todo, paciencia. Reconocer que la inercia inflacionaria heredada es compleja y que el país necesita recomponer sus reservas y su acceso al crédito externo. El camino no será lineal. Sostener la disciplina fiscal, acumular reservas y evitar apreciaciones cambiarias excesivas nos permitirán converger hacia las economías más sanas de la región. Contamos con una ventaja: el agro, la minería y la energía aportarán los dólares necesarios para que este proceso de desinflación sea menos traumático. En este contexto, deben continuar con la compra de divisas mientras la oferta lo permita y, en caso de una reversión de los flujos (algo siempre probable en nuestro país), deben permitir que el dólar ajuste, evitando vender reservas hasta alcanzar la banda superior. Esto favorecerá un TCR más alto y reducirá la presión alcista sobre las tasas de interés. Si bien podría implicar una desinflación algo más pausada, contribuirá a dinamizar el sector transable y la construcción, favoreciendo una recuperación que viene siendo lenta y heterogénea geográficamente. La incorporación de Ernesto Talvi al equipo es una señal positiva de que la agenda pragmática seguirá ganando terreno. Dicho esto, el pragmatismo de la agenda económica no encuentra su correlato en la agenda comunicacional. El Gobierno sostiene que la inflación caerá a un dígito en el corto plazo, destaca máximos de actividad cuando el PBI per cápita está estancado desde hace 15 años, minimiza la compleja situación de la industria, especialmente en los centros urbanos y, además, recurre a una retórica agresiva hacia ciertos sectores del empresariado. El Gobierno debería reorientar su discurso. Podría, por ejemplo, enfatizar el incremento en términos reales de la AUH; explicar que el gran esfuerzo realizado por la clase media en los últimos dos años, asociado a la actualización de las tarifas de servicios públicos, está llegando a su fin; señalar que parte del proceso de apertura se intenta compensar con una reducción de impuestos y una simplificación burocrática; y hacer hincapié en que se mantienen los altos aranceles del Mercosur y que las importaciones se ubican bien por debajo de los niveles de 2022 y 2023, aun con un PBI mayor. Una mejor comunicación implicaría moderar las expectativas del público y no menospreciar los costos de la normalización macroeconómica. Los procesos exitosos de Chile y Uruguay comparten una característica clave: la continuidad de políticas entre administraciones de centroderecha y centroizquierda. Dado que el camino es largo y existe alternancia democrática, la construcción de consensos resulta indispensable. Consensuar con el espacio kirchnerista es muy complejo. Pero de ahí a confrontar con todo aquel que no piense exactamente igual hay una gran diferencia. El autor es economista jefe de Cucchiara & Cia

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