El patrimonio cultural iraní, tesoros milenarios en peligro de extinción como daño colateral de la guerra
2026-03-23 - 00:10
Ahora en el centro de la escena por la coyuntura bélica, y con un régimen ciertamente oscurantista, Irán atesora una historia milenaria mayormente desconocida en Occidente, que se refleja en mezquitas, palacios, bazares y sitios arqueológicos, aunque cada nuevo misil enemigo que cae sobre su territorio pone en riesgo de muerte este vasto patrimonio universal. La UNESCO y otras entidades de difusión y defensa de la cultura alzaron la voz por el daño que está causando la guerra a estas valiosas reliquias orientales, tesoros ancestrales no solo de Irán, sino del mundo entero, incluso cuando no han sido alcanzadas directamente. Cada bombazo contra un blanco estratégico cercano, sea civil o militar, abre también heridas en estos antiguos edificios si tienen la desgracia de situarse en las inmediaciones, mudos rehenes de la guerra, víctimas que no pueden escapar a la onda expansiva y las vibraciones. “Lo que está sucediendo es claro para todos: en estos conflictos cada vez más modernos, son los civiles quienes pagan el precio, es la infraestructura civil la que paga el precio, y todos hemos visto la destrucción de un patrimonio histórico invaluable", lamentó el vocero de la ONU, Stéphane Dujarric, en una rueda de prensa. La UNESCO reconoce 29 lugares en Irán como Patrimonio Mundial, un récord que lo coloca entre los diez países con más tesoros culturales del planeta. Entre ellos está el Palacio de Golestán, en el centro de Teherán, uno de los edificios afectados por la guerra y devenido en el símbolo máximo de los sitios culturales en peligro. El Palacio de Golestán data de la era Qajar (1789-1925), marcada por el gobierno de una dinastía turca que unificó Irán después de décadas de disturbios civiles. La familia Qajar convirtió a Teherán en la capital de Irán. Es un palacio amurallado que combina la artesanía y la arquitectura persas con motivos y estilos europeos. Cuenta con jardines, piscinas y adornos. Se trata, según explicó el historiador del arte Robert Hillenbrand a la cadena Al Jazeera, de “la estructura más grandiosa que ha sobrevivido en la ciudad en los últimos 200 años”. El edificio sigue en pie, como buen sobreviviente. Pero las ricas decoraciones quedaron algo maltrechas por el impacto cercano de misiles, cuyo objetivo directo fue una estación de policía en el centro de la capital. Se vieron cristales rotos de los techos de espejos, arcos y ventanas rotas, así como molduras dañadas y esparcidas bajo las paredes. Otro palacio dañado fue Chehel Sotoun, en Isfahán, una ciudad milenaria que alberga puentes, palacios, templos y bazares, varios de ellos damnificados. Chehel Sotoun es célebre por sus extensos frescos que representan batallas, recepciones reales y escenas de la mitología persa. Pero su celebridad nada pudo hacer contra el rugido de las bombas que sacudieron la zona en un ataque lanzado contra la sede del gobernador. La lista de daños incluye azulejos rotos, murales caídos, espejos dañados, frescos agrietados y ventanas rotas. En el inventario de estructuras dañadas sobresale además la Mezquita del Viernes (Masjed-e Jāmé), también en Isfahán, un templo de más de mil años y cuya evolución, según los expertos, muestra el desarrollo del arte islámico a lo largo de 12 siglos. Su influencia supera lo nacional: Masjed-e Jāmé ha sido un prototipo para los diseños de mezquitas posteriores en toda Asia Central. Nada está a salvo Estos son solo algunos de los 56 casos registrados y denunciados por el Ministerio de Cultura iraní. Y no serán los últimos mientras siga el conflicto. Mañana puede ser Persépolis, por ejemplo, fundada por Darío I como capital ceremonial del imperio persa, una potencia que se extendió de los Balcanes a la India. O la ciudad de Yazd, una de las urbes continuamente habitadas más antiguas del mundo. O Pasagardae, donde está la tumba de Ciro el Grande. Contactado por LA NACION, el comité estadounidense de Blue Shield, una ONG internacional que trabaja para proteger el patrimonio cultural durante guerras y desastres, dijo en un comunicado que la destrucción del patrimonio cultural es “irreversible, dado que borra la identidad, la historia y la memoria compartida de las civilizaciones”, y llamó a tomar medidas para identificar, mapear y proteger sitios culturales en toda la región, especialmente en Irán. “Irán alberga algunos de los patrimonios culturales más importantes del mundo, incluidos sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, como Persépolis, Pasargadae e Isfahán. Miles de sitios arqueológicos, estructuras históricas y centros religiosos de culto y aprendizaje abarcan milenios de civilización humana. Estos sitios pertenecen no sólo al pueblo iraní, sino a toda la humanidad”, precisó Blue Shield. Persépolis ya vio pasar en su momento una fuerza occidental que la arrasó con saña. Fueron las tropas de Alejandro Magno, que en su avance irrefrenable sobre el imperio persa, y a diferencia de lo sucedido en Babilonia o Susa, donde se moderaron, sembraron el terror con incendios y saqueos. Los restos de Persépolis recuerdan la grandeza de la cultura persa, como tantos edificios y sitios dispersos por el país que dan cuenta de su rica cronología. “Los monumentos históricos de Irán no son simplemente sitios arqueológicos o atracciones turísticas. Forman parte de una identidad cultural formada por miles de años de tradiciones artísticas, literarias y arquitectónicas (...). Simbolizan una sensación de continuidad que vincula el antiguo pasado persa, el período islámico y la nación moderna”, escribió la historiadora del arte iraní Katayoun Shahandeh en el sitio The Conversation. También es cierto que los esfuerzos de preservación enfrentan obstáculos internos. La baja financiación y la mala gestión han ejercido presión sobre la capacidad de Irán para mantener su vasta herencia arqueológica e histórica, según coinciden los expertos. Nada de lo cual justifica que encima le lluevan bombas. Aunque a menor escala, también el patrimonio cultural israelí muestra cicatrices de guerra. Dos edificios de la Bauhaus en la Ciudad Blanca de Tel Aviv, construida entre las décadas de 1930 y 1950, y declarada Patrimonio de la Humanidad, fueron impactados por un ataque iraní. Y en el Líbano, la UNESCO confirmó que la guerra causó daños en la ciudad de Tiro, también Patrimonio de la Humanidad, y dijo que estaban brindando apoyo técnico a las autoridades para proteger los bienes culturales con intervenciones “de emergencia”. Tiro es una de las ciudades más antiguas del mundo, joya de los fenicios y con restos de la antigüedad romana y las cruzadas medievales. El derecho internacional abordó estos peligros con la Convención de La Haya de 1954 para la Protección de los Bienes Culturales en Caso de Conflicto Armado, que prohíbe atacar sitios culturales y obliga a evitar el uso de esos lugares con fines militares. La destrucción de esos sitios puede cortar los vínculos psicológicos de un pueblo con su patria, por lo que a veces el daño es deliberado y no necesariamente un efecto colateral del conflicto. No se pueden descartar en este ni en ningún conflicto los ataques intencionales a la memoria y la identidad. Sucedió en Ucrania, donde los rusos dispararon expresamente contra iglesias, esculturas y monumentos en su ofensiva contra un país que el Kremlin considera suyo y no merecedor de territorio, historia y población independientes. Cuesta imaginar que alguna autoridad civil o militar esté pensando en proteger el patrimonio cuando ordena un bombardeo contra el enemigo, con apego a la Convención de la Haya. La realpolitik se lleva por delante este tratado internacional, como tantos, y apretar el gatillo requiere menos esfuerzo mental que razonar sobre historia. Pero eso no cancela la validez de las normas, ni hace bajar los brazos a quienes intentan atenuar el conflicto.