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¿El mejor consejo para escribir? Conseguirse un perro

2026-03-24 - 21:31

Como muchos escritores, Alice Hoffman [Hechizo de amor, Las puertas invisibles] lleva una vida solitaria, pero rara vez se ha sentido sola. Y es porque a lo largo de su carrera casi siempre ha tenido un perro a su lado. “Estás totalmente sola sin estar sola”, dice sobre lo que implica escribir en presencia de un perro. El primer amor canino de su vida fue Houdini, un pastor alemán que inspiró a varios pastores alemanes de sus obras de ficción. Houdini era un perro tan tranquilo que andaba sin correa por Manhattan y hasta en el colectivo, los restaurantes y el teatro. “Es más difícil crear un personaje de perro que uno humano”, apunta Hoffman. “Los perros son como un misterio”. Cuando le pidieron que editara El mejor perro del mundo, una antología de ensayos de escritores destacados sobre sus perros, Hoffman no lo dudó, y los escritores a los que contactó para el proyecto —entre ellos Bonnie Garmus, Jodi Picoult, Elizabeth Strout y Emily Henry— se entusiasmaron tanto como ella. Mientras Hoffman trabajaba en la antología, su querido perro Shelby, un pastor polaco de las tierras bajas, murió de viejito. La desconsolada dueña empezó a asistir a un grupo de duelo y luego, en un movimiento impulsivo pero predecible, consiguió un cachorro, un travieso terrier tibetano al que llamó Violet. A diferencia de sus perros anteriores, que eran profundamente leales y parciales hacia ella, Violet ama absolutamente a todo el mundo, al punto que hace poco en la plaza saltó a los brazos de un extraño. “Está super conectada con la gente y desborda de alegría”, cuenta Hoffman. A continuación, otros cinco autores explican por qué los perros son el mejor amigo de un escritor. Perla y Fabio (Isabel Allende) En cualquier libro de Isabel Allende se encontrará con un perro. En su debut literario, La casa de los espíritus, Allende nos presenta a un mítico gran danés llamado Barrabás, y mientras escribía su espeluznante novela policial El juego de Ripper, la escritora se dio cuenta de que tenía que elegir entre matar al héroe de la historia o a su perro Atila. (Spoiler: el perro sobrevivió). Allende incluso ha escrito tres libros infantiles ilustrados sobre uno de sus propios perros. “En todas mis novelas hay perros”, dice la escritora. “¡Perros y más perros, siempre perros!” View this post on Instagram Allende vive en el norte de California con Perla, una perra de 10 años, y Fabio, un mestizo de nueve meses con bastante de caniche. Perla sigue a Allende a todas partes y Fabio sigue a Perla: “así que sola no estoy nunca”, dice. “Escribo en casa con ellos en la habitación. Si me levanto para tomar un vaso de agua o voy al baño, ellos me siguen. A menudo me encuentro preguntándoles algo sobre lo escrito. No hablo sola, ellos escuchan y entienden”, dijo. “Nos comunicamos telepáticamente”. En parte, ese amor por los perros es herencia de su madre, que creía que los niños debían tener contacto con animales. “Desde que era chica, los perros me enseñaron a ver el mundo a través del corazón, las emociones, las relaciones, la intuición, el instinto”, dice Allende. “Soy mucho mejor persona cuando hay un perro cerca”. Max (Roxane Gay) Cuando la escritora Roxane Gay estaba pronunciando el discurso de apertura de un evento en el Centro LGBT de Los Ángeles, un rebelde integrante del público interrumpió con fuertes e insistentes quejidos. Era su perro Max, que estaba entre la audiencia con la esposa de Gay, Debbie Millman, y lo angustiaba por no estar al lado de su dueña. Finalmente, Millman llevó a Max al escenario, donde se instaló tranquilo y contento junto a la autora mientras daba su discurso. Gay no era una amante de los perros. De hecho, nunca le gustaron hasta que consiguió a Max, un perro raza maltipoo —mezcla de caniche y bichón maltés—de 5 años y medio. Ahora está obsesionada con su perro, y la obsesión es mutua. A Gay hasta le encantan los rasgos molestos de su perro, como ese constante reclamo para que le rasquen la cabeza. Y el perro también es amante de la moda: Max tiene un amplio guardarropa de suéteres y mantitas, y cuando los usa en sus paseos por Manhattan, “estiliza su postura y hace piruetas”, apunta su dueña. Cuando Gay se sienta a escribir, Max se acurruca sobre el escritorio junto a la laptop. “En cierto modo ha pasado a ser parte de mi vida como escritora”, dijo Gay. “Cuando estoy lista para meterme a trabajar en mi oficina, digo: ‘Vamos a trabajar’ y él automáticamente sabe adónde ir”. Eddie (Ann Leary) La novelista Ann Leary siempre adoró los perros hasta un punto casi maníaco. “Soy una fanática de los perros”, dice la escritora. Pero con excepción fue la Eddie. De todos los perros que tuvo a lo largo de los años, Eddie, un “loco hiperactivo” ansioso y rebelde, es el único al que le costó querer. “No me gustaba para nada”, recuerda. “¡Era tan problemático!”. Cuando Leary lo acogió, tenía alrededor de un año y era tan salvaje y asustadizo que su nueva dueña pensó que tal vez ser en parte coyote. Pero le hicieron una prueba de ADN y el resultado arrojó que era un 50% perro ganadero australiano, con algo de husky, pitbull y chihuahua. Nada de coyotes. Hoy Eddie tiene casi 11 años, y sigue teniéndole miedo a la gente, a los niños, a las bicicletas, a las sirenas y a sus congéneres. También es pasmosamente observador: reconoce los jingles de los comerciales donde aparecen animales y cuando escucha la melodía entra corriendo a la habitación y ataca el televisor cuando aparecen los animales. Y sabe cuándo Leary está buscando desesperadamente sus llaves o su teléfono, y corre por la casa para encontrarlos. Su relación cambió un día que estaban jugando a “arrojar y traer”: Leary se dio cuenta de que Eddie estaba más interesado en ella que en la pelota. Entonces Leary aprendió a canalizar su intensa concentración y lo entrenó para hacer piruetas complejas, como girar, saltar y zigzaguear entre sus piernas como si estuvieran bailando. Ahora está casi siempre a su lado. Se acuesta en la cama junto a Leary mientras ella escribe, y cuando considera que ya ha trabajado suficiente, le cierra la tapa de la laptop con su pata. “Antes eso me enojaba, pero ahora me doy cuenta de que es bueno para mí”, dice sobre las interrupciones de Eddie. “Es casi como si fuera un perro de servicio que no pedí”. Con el tiempo, Leary se dio cuenta de que ella y Eddie comparten algunos rasgos esenciales. “Tal vez por eso no lo quería tanto al principio”, dice. “Yo pensaba, ¿por qué es tan complicado, tan asustadizo, ansioso y obsesivo? Y me doy cuenta de que son todas cosas con las que lucho yo”. Bobo (Amy Tan) Bobo, el Yorkshire terrier de 13 años y dos kilos de peso de la escritora Amy Tan, estornuda cada vez que quiere atención, algo que ocurre todo el tiempo. “Es el perro más egocéntrico que me tocó tener”, apunta Tan. “Es muy narcisista: todo gira en torno a él”. La autora, obsesiva de los perros y fan de los “yorkies”, viene hablando y escribiendo desde hace años sobre sus compañeros caninos, que la han acompañado en giras de presentación de libros y lecturas públicas. Una vez, uno de sus yorkies saltó de un bolso al escenario cuando Tan estaba dando una charla TED sobre creatividad, justo después de que dijo que la musa creativa puede tomar formas sorprendentes. Bobo no es una gran musa inspiradora, pero se ha insertado a fondo en la vida de escritora de Tan: cuando está trabajando en el comedor o en su cama, no se separa de ella. “No se separa de mí”, dice. Bobo también tiene fuertes opiniones sobre los libros y realiza una pirueta celebratoria que implica su aprobación literaria. Por ejemplo, Tan le pide que elija un libro y le da a elegir entre su novela, El club de la buena suerte y un libro de no ficción, The Genius of Dogs: How Dogs Are Smarter than You Think (“El genio de los perros: por qué son más inteligentes de lo que pensás”). Sin dudarlo, Bobo elige este último, lo olfatea y lo golpea con la pata. Óscar (Paul Yoon) Hace doce años, el novelista Paul Yoon y su esposa, la escritora Laura van den Berg, adoptaron a un labrador mestizo de tres meses, flaco e inquieto, al que llamaron Oscar. Yoon nunca había tenido perro y no muy estaba seguro de querer tenerlo... “Me había hecho una vida que era como una caja perfectamente ordenada, en parte porque en esa caja me sentía segura y la vida parecía manejable”, dice Yoon. “Pero de pronto pasa algo sobre lo que no tenés control y que rompe completamente esa caja, y Oscar fue eso para mí, algo que entró en mi vida y destrozó por completo el armazón de mi vida. Rompió todos los patrones”. Hoy Yoon no puede imaginar una vida sin Oscar, que descansa su cabeza en el regazo del escritor cuando se recuesta a escribir con su laptop en el sofá, y que duerme presionado contra Yoon o tumbado encima de él como una frazada de 35 kilos de peso. Cuando Yoon se sienta a la mesa de la cocina, Oscar le apoya una pata en el muslo. “Como la conexión entre nosotros es permanente, empecé a sentir que literalmente mi vida se había hecho más grande”, comenta Yoon. “Gracias a Oscar empecé a pensar el mundo de otra manera, y eso también me llevó a pensar en cómo escribir ficción de otra manera”. Oscar dio forma directa a la próxima obra de Yoon, una novela titulada Etna narrada desde la perspectiva de un ex perro militar que sobrevive al combate e intenta encontrar el camino de regreso a casa. “Entrar en la mente de un perro para mí fue un gran salto”, concluye el escritor. (Traducción de Jaime Arrambide)

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