El último gigante, un drama familiar que busca la emoción y se olvida de todo lo demás
2026-03-26 - 22:30
El último gigante (Argentina/2026). Dirección y guion: Marcos Carnevale. Fotografía: Horacio Maira. Edición: Alberto Ponce. Música: Iván Wyszogrod. Elenco: Oscar Martínez, Matías Mayer, Inés Estévez, Yoyi Francella,Silvia Kutika, Alexia Moyano, Luis Luque. Duración: 101 minutos. Nuestra opinión: regular. Hacia la media hora final de El último gigante se cuelan en escena sutiles indicios de una comedia negra, negrísima, que la película protagonizada por Oscar Martínez, Matías Mayer e Inés Estévez no es. Aunque nunca es aconsejable plantear una reseña describiendo o ponderando las formas de un film distinto al que llegó a la pantalla, en este caso la mezcla de géneros y tonos de lo que se cuenta es tan variada que llega un punto en el que casi sería esperable que la trama virara hacia la comedia. Pero no lo hace. Porque lo que cuenta el director y guionista Marcos Carnevale es un drama familiar de esos que apuntan a la emoción por sobre todo lo demás. No importa si para llegar a ella el espectador deba esperar casi hasta la mitad de la película, acompañando a unos personajes construidos entre estereotipos y una falta de lógica que ni las buenas interpretaciones del trío protagónico logra rescatar. La historia del film -estará disponible en Netflix desde el 1 de abril-, rodado en parte en el Parque Nacional Iguazú gira en torno a Boris (Mayer), un guía turístico al que de un momento para otro la vida se le da vuelta cuando Julián (Martínez), el padre al que no ve desde la infancia, reaparece con la intención de hablar con él. Está claro desde el primer minuto que la ausencia dejó al muchacho lleno de bronca, dolor y resentimiento. Unos sentimientos que afloran con la insistencia en verlo de su padre. De hecho, todos sus afectos lo animan a ese encuentro. Su novia Mich (Yoyi Francella), su madre Leticia (Estévez) y hasta su excéntrico amigo Bebe (Luis Luque) están convencidos de que lo mejor es darle una oportunidad al padre que lo abandonó hace 28 años. Especialmente cuando se revela que Julián se está muriendo y que no le queda mucho tiempo para enmendar los errores que cometió con Boris en el pasado cuando eligió quedarse con su “otra” familia y no volver a verlo. Lo que sigue tras ese telegrafiado giro de la trama es una suerte de drama de enredos en el que padre e hijo se encuentran y desencuentran sin resolver ninguno de sus conflictos y de hecho, prácticamente sin cruzar más que unas pocas palabras. La imagen de Martínez tolerando estoicamente la caída de agua que lo empapa durante el tour por las cataratas que conduce su hijo resulta trágicamente hilarante o hilarantemente trágica, es difícil precisar cuál de las dos. Pero en última instancia esa es la falta de lógica y ritmo que atraviesan toda la película. Boris está furioso, más que justificadamente, con el egoísmo de sus padres y con los años que le tocó imaginar que Julian volvería a verlo; sin embargo, su dolor se diluye mágicamente tras un fugaz momento en el que por fin logra expresar lo que siente durante una escena que Mayer resuelve notablemente a pesar de las limitaciones del guion que confunde evasión y manipulación con anticipación. Tras ese breve estallido, el relato toma un camino que no conviene revelar, aunque a esa altura de su desarrollo el público no tendrá dificultades para predecirlo, y termina por resolverse mediante situaciones y diálogos torpes y artificiales. Boris ensaya unas disquisiciones espirituales y filosóficas tan ajenas al personaje que los espectadores conocieron durante la casi hora y media de relato que hasta él mismo se ríe de lo que dice. Lo que, por supuesto, no hace más que resaltar lo fuera de lugar de todo el pasaje que deviene en un desenlace donde, a último momento, aparecen esas pinceladas de humor negro que no corresponden a la película que El último gigante es, sino a la que tal vez podría haber sido.