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El lenguaje de Milei en el Parlamento es algo más que un cambio de estilo

2026-03-07 - 03:13

La alocución de apertura de sesiones del Congreso no es un discurso cualquiera. En buena parte de las democracias del continente -desde el State of the Union en Estados Unidos hasta el Throne Speech en Canadá- este momento cumple una función casi litúrgica: es el acto en el que el Poder Ejecutivo se dirige al Legislativo y, a través de él, a la ciudadanía que ejerce la soberanía popular. En la Argentina democrática, ese ritual ha mantenido una notable estabilidad en su lenguaje. Sin embargo, el análisis comparado de las últimas cuatro décadas muestra que el actual presidente ocupa una posición claramente singular dentro de esa tradición, aunque su intervención más reciente introduce un desplazamiento que matiza dicha singularidad. Para observar cómo ha evolucionado ese lenguaje desde 1983, analicé sistemáticamente los vocabularios de 43 aperturas de sesiones, desde Raúl Alfonsín hasta Javier Milei, mediante herramientas de estadística textual que permiten comparar discursos de distinta extensión y sintetizar miles de ocurrencias léxicas en unas pocas dimensiones estructurales. El resultado no es una línea ideológica, sino un espacio organizado por dos tensiones persistentes. La primera es de registro. En un extremo aparece el lenguaje del ceremonial republicano: “democracia”, “instituciones”, “pueblo”, junto con las fórmulas dirigidas al “Honorable Congreso”. Es un tono deliberativo que construye autoridad invocando marcos compartidos. En el otro, un registro más performativo y conversacional: “ustedes”, “creo”, “quiero”, “voy”, “saben”. Aquí la escena se organiza como contacto directo y la autoridad se afirma en primera persona. En este eje, dos presidencias resultan decisivas para estructurar el espacio: Alfonsín y Cristina Kirchner, netamente contrapuestos, concentran la mayor parte de la contribución estadística que lo define. El clivaje más marcado del período no es “izquierda versus derecha”, sino la distancia entre el tono fundacional de 1983 y una modalidad más directa y personal de enunciar la autoridad, encarnado por la expresidenta. La segunda tensión refiere al eje temático. De un lado, discursos dominados por una agenda de presión -“inflación”, “pobreza”, “emisión”, “narcotráfico”- acompañada de llamados a la movilización como “juntos”, “necesitamos”, “cambiar”, “crecer”. Del otro, intervenciones que privilegian un encuadre institucional y explicativo, con términos como “república”, “parlamento”, “participación”, “ejecutivo”. En este plano, Mauricio Macri y Alberto Fernández también se desplazan hacia la lógica de urgencia, aunque sin alcanzar la concentración léxica que caracteriza a Javier Milei. En el conjunto del mapa, Milei aparece como el presidente más distante del núcleo que estructuró el lenguaje presidencial desde 1983. El mandatario más cercano a él es Macri -comparten un léxico económico recurrente-, pero incluso allí la separación es considerable. El contraste más fuerte no es con un adversario ideológico contemporáneo, sino con Alfonsín. La diferencia no es programática, sino en la concepción misma de qué significa hablar como presidente ante el Congreso. Del lado fundacional predominan términos como “república”, “diálogo”, “instituciones”, “derechos humanos”, “integración”, “historia”. Alejado de ese núcleo, lo que estructura al discurso de Milei son términos altamente distintivos que combinan tecnicismo y confrontación moral, donde el diagnóstico económico se entrelaza con la denuncia: “emisión”, “cuasi-fiscal”, “auditamos”, “empobrecedor”, “brutalidad”, “orgía”, “desenfrenada”, etc. No se trata de una simple diferencia de tono. Es un contraste en la arquitectura del discurso. Mientras un polo organiza la autoridad en torno al “nosotros” cívico y la apelación institucional, el otro la construye desde la urgencia, la técnica y el antagonismo. El discurso de este año introduce, no obstante, un matiz. Se desplaza hacia una posición menos extrema que la observada en 2025, especialmente en el eje de urgencia temática. Por ejemplo, la invocación explícita del artículo 99 de la Constitución y las referencias a la “Cámara de Diputados” y a la “Cámara de Senadores”, junto a varios otros elementos, sugieren un intento de reinscribir al acto en el ritual institucional. Pero ese desplazamiento no equivale a una moderación de fondo. La apelación directa, la polarización y la descalificación de adversarios -medios, empresarios, oposición a la que acusa de “golpista”- siguen ocupando un lugar central. El registro confrontativo no desaparece. Más bien se reordena. La transgresión ya no compite con el ritual: lo habita. Y cuando el lenguaje del conflicto ocupa el centro del acto más solemne del calendario democrático, ya no estamos ante un simple cambio de estilo. Cambia el umbral de lo que la democracia admite como voz del Estado. Armony es profesor titular del departamento de Sociología, Universidad de Quebec en Montreal, Canadá

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